Se dice que en la vida no todo es blanco y negro, que también existen los grises, y que mientras el blanco y negro es propio de los extremos, lo gris representa la moderación. No siempre es así. En la vida hay cuestiones, como los Derechos Humanos, en las que el gris suele ser un color tan tétrico como el negro. Uno de esos grises, que ponen de todos los colores al teóricamente gobierno más progresista de España en décadas, es el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska. Su pasado ya invitaba a pensarlo, sus últimas medidas lo demuestran sin poco margen a la duda. 

Existe estos días mucha polémica en torno a la posible reforma del Código Penal. El Gobierno ha dejado la puerta abierta a su modificación, transaccionando una rebaja de penas para el delito de sedición (que van de 8 a 15 años) con un aumento de las penas por rebelión, acompañada de un endurecimiento de la legislación en los casos de delitos medioambientales y de género. Esta medida, homologaría la legislación española con la de otros países de la UE, donde el delito de sedición conlleva penas menores. Como cabía esperar, la oposición de derecha extrema  y extrema derecha se ha lanzado al cuello, demostrando una vez más que no tiene más planteamiento político que la represión, presentando la medida como “indulto camuflado” para las presas y presos políticos catalanes, que se beneficiarían de una mengua en sus penas.

“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo” (tesis nº 11 sobre Feuerbach, Carlos Marx 1845)

Joaquín y Alberto llevan sepultados por un corrimiento de tierra en el basurero de Zaldibar desde el 6 de febrero. Ante este suceso la prioridad del Gobierno Vasco fue reabrir la AP-8 frente al rescate de los 2 trabajadores enterrados vivos.

Éste es otro macabro ejemplo de la nula importancia de las vidas de los y las trabajadoras en el capitalismo. Dos días antes de ser sepultado, Joaquín advirtió a sus superiores de que había una grieta en el vertedero, y llevaba semanas avisando de los riesgos de seguir echando basuras al ritmo que se estaba haciendo.

Igualmente, los y las bomberas que participaron en el rescate el primer día no supieron que se trataba de un basurero hasta que lo descubrieron in situ, además Osalan, esperó a que se reabriese un carril de la AP-8 para informar que había amianto en el vertedero.

Este vídeo, que publica Unidad y Lucha, es un acto de solidaridad del PCPE con la clase obrera colombiana, que lucha valientemente por sus derechos y por su emancipación.

La brutalidad de las imágenes demuestra, de forma incuestionable, la violencia extrema que la burguesía colombiana, presidida por Iván Duque, ejerce contra la clase obrera y contra el pueblo, para defender los intereses dictatoriales del capital. 

La serie de Watchmen supone al mismo tiempo la continuidad y la renovación del cómic y de la versión cinematográfica, que reproduce de manera bastante fiel la novela gráfica de Alan Moore. La serie mantiene la atmósfera, los juegos temporales, aunque sólo alguno de los personajes resiste que la trama la traslade a un presente ucrónico frente a los momentos álgidos, los de la mutua destrucción asegurada, de la Guerra Fría en los que se sitúan las producciones previas. La serie, sería importante al menos ver también la película, narra una trama doble en la que por un lado unos personajes buscan, para destruirlo y ocupar su lugar, al Dr. Manhattan, trasunto de la divinidad, y por otro hay una especie de KKK que quiere acabar con los derechos políticos de los afroamericanos.

Pero, como no todos somos fans de Watchmen, me centraré en dos cuestiones en que la coherencia ideológica entre cómic y serie se ve, a pesar de la continuidad aparente, seriamente comprometida.

El fetichismo de las efemérides y sus rituales responden a la mitomanía burguesa por el sistema métrico decimal. En el marco del caduco parlamentarismo del Régimen monárquico neofranquista de 1978, de cara a la investidura del gobierno del PSOE y sus acólitos, hubo señorías que parafrasearon en el hemiciclo algunos párrafos aludiendo a Galdós, compitiendo quienes se echaban en cara sus diatribas carnavalescas apostilladas por menciones a Galdós, aprovechando, cómo no, el centenario de su muerte. Resulta patético que sus señorías esperen cien años para mencionarlo. Pues bien, las patéticas escenas en el atril bien merecerían una novela de enredo por entregas dentro de unos ridículos episodios nacionales de la decadente Corte de Felipe VI. Sus pantomimas clownescas quizás se aproximen más a los Esperpentos. Pero en este caso nos centraremos más en Don Benito, que en Valle Inclán.

Joachim Fiebelkorn (Leipzig, 5 de abril de 1947), neonazi alemán y legionario español, es un desconocido para la mayoría —gracias a que su historia, ya publicada, ha sido omitida por los grandes diarios españoles, como El País o El Mundo— y, sin embargo, se trata de una de los personajes más singulares del siglo pasado y el actual. 

Fiebelkorn posee un castillo con símbolos nazis y franquistas en la costa mediterránea española (Rojales, Alicante), en el que se celebraban reuniones organizadas por la Hermandad de Antiguos Caballeros Legionarios de la Vega Baja. Sin embargo, Joachim Fiebelkorn es mucho más que un hermano mayor de antiguos legionarios: es historia viva de los últimos ochenta años, es el nexo de unión entre nazis, la CIA, la Legión española, el Bundeswehr, la cúpula militar española, altos mandos de la Guardia Civil, las sangrientas dictaduras latinoamericanas del siglo XX y algunas de las masacres terroristas más sangrientas de las últimas décadas.

Las contradicciones nacionales en el seno del capitalismo español no pueden negarse hoy. La crisis de régimen es evidente; el sistema de partidos, la monarquía y el encaje de las naciones que conforman el Estado están en cuestión. El bloque de poder, cada vez más desgastado, no encuentra una salida satisfactoria.

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