Vi Los favoritos de Midas principalmente por un motivo: en ella actúa Guillermo Toledo. Los años de represión laboral que ha padecido un buen actor son ya tan comunes y extendidos que casi ni nos escandalizamos. Tampoco lo hacemos cuando, hasta en grandes empresas, se hacen limpias de meros afiliados sindicales antes incluso de que les dé tiempo a realizar un mínimo trabajo de organización. Por eso mismo, no le imputo las limitaciones ni la concepción de la protesta política de la serie. Todos hacemos nuestro trabajo sorteando como podemos ciertas contradicciones.

La serie se pretende de “izquierdas”, siempre que restrinjamos el significado a la crítica de la injusticia intrínseca al capitalismo y a una supuesta avaricia del gran capital. Pero posee un gran acierto en su construcción que es, a su vez, su mayor debilidad.

Se podría afirmar que el mensaje de la serie es que en el mundo del capitalismo la eticidad es insostenible. Por supuesto, no parte de un análisis de la competencia como impulsor de una dinámica de crecer o morir, sino del concepto casi feudal de la codicia. Para ello, va a narrar la conversión de un empresario de un individuo moral en un desalmado capaz de ordenar la muerte de la mujer que ama por dinero.

“Solo sé que yo cuando “me hice orador” hablaba siempre mentalmente para los obreros y los campesinos. Mi única preocupación era que ellos lo entendiesen. Y donde quiera que habla un comunista, debe pensar en las masas, hablar para ellas”. V. I. Lenin.

Un año más, este 7 de noviembre los y las comunistas conmemoramos el aniversario de la Revolución que lo cambió todo, marcando un punto de inflexión para el movimiento obrero: respecto de la posibilidad de tomar el poder y construir una sociedad distinta, se pasa del dicho al hecho. Algo más de 70 años durará este primer intento serio de acabar con la barbarie capitalista, un proceso al que debemos volver constantemente, no como un acto de nostalgia, sino como una fuente de inspiración y una valiosísima experiencia, trufada de aciertos y errores de los que aprender.

Partamos de una afirmación axiomática: sin Partido revolucionario no hay revolución, sin amplio movimiento de masas, tampoco. Nos centraremos en cómo la clase obrera y las capas populares se organizan y movilizan, normalmente de forma espontánea espoleadas por la necesidad, y la influencia bolchevique en el proceso.

Recientemente, el presidente de la Asociación de Centros y Empresas de Hospitalización Privada de Madrid, Isidro Díaz de Bustamante, se rasgaba las vestiduras a través de un artículo en un vocero digital de la sanidad privada. En dichas líneas, tildaba de forma bastante pomposa, de “maniobra de agitación y propaganda falaz que perturbará la convivencia” a la tramitación ante el Congreso de los Diputados de la Iniciativa Legislativa Popular (ILP) por una Sanidad Pública, por parte de la Coordinadora Antiprivatización de la Sanidad (CAS).

Si no fuera por ser quien es, bien pudiera encajar en la sección de humor, o confundirse como noticia sarcástica de “El Mundo Today”, por la sonora tomadura de pelo que supone la argumentación, bajo la que se pretende justificar el saqueo al sistema público de salud por parte de la patronal de la sanidad privada.

Unos días antes los dos partidos del llamado “gobierno más progresista de la historia” (PSOE y U. Podemos) junto con PP y Vox, sumaban fuerzas en la Mesa del Congreso, impidiendo que se aceptara a trámite esta ILP, con la que se pretende recoger firmas para blindar nuestra sanidad pública.

Este artículo, bien podría ser una segunda parte de aquel “PGE 2021, estafa socialdemócrata” que publicó Unidad y Lucha a finales del 2020 de la mano de Carmelo Suárez, donde se analizaba la inamovilidad del modelo productivo y los escasos cambios que el gobierno socialdemócrata había implementado, más allá de las retóricas proclamas propagandísticas sobre el cambio de modelo, sobre ecología, feminismo, cohesión social, etc.,

Los Presupuestos Generales del Estado del 2022, confirman esa sumisión lacayuna del “gobierno más progresista de la historia de España” a los intereses leoninos de la oligarquía.

Las condiciones de vida de este 2021 han empeorado ostensiblemente con un aumento de los niveles de pobreza con las mujeres al frente de familias monomarentales como protagonistas principales. Asimismo, las más diversas violencias aumentan y se sitúan en algunos casos por encima de los niveles prepandemia.  Aún así la ministra de Igualdad Irene Montero afirma que “…desmontamos las grandes mentiras sobre las que se ha sustentado el consenso sobre el sistema económico capitalista en esta fase neoliberal. Que si subir el salario mínimo iba a destruir la economía, que garantizar derechos iba en contra de la prosperidad económica, que los derechos de las mujeres eran una cuestión accesoria y no central del debate político de un Estado... Esos mantras, sobre los que se sustentaba esta forma de organización económica y social, los estamos destruyendo uno por uno”.

Mientras los países imperialistas preparaban la Guerra Mundial (1914-1918) y el problema nacional adquiría gran importancia, Lenin defendió la unidad internacional de la clase obrera, al tiempo que comprobaba que el movimiento revolucionario ruso, en pleno desastre bélico, crecía en medio de importantes huelgas económicas y políticas. Igualmente, desde su exilio en Suiza donde permaneció hasta el 27 de marzo de 1917, el dirigente bolchevique criticó el posicionamiento de la socialdemocracia internacional, que tras desistir de la necesidad de alzar a la clase obrera contra la guerra y por el derrocamiento del capitalismo, pidió su participación en la contienda. Lenin, sin embargo, le proponía votar contra los créditos de guerra, retirar a sus representantes de los gobiernos burgueses y apoyar las acciones revolucionarias obreras y la fraternización de los soldados en el frente. 

Atraviesa la intelectualidad burguesa uno de sus momentos más decadentes. Sus máquinas de guerra ideológica se han esclerotizado y se refugian en argumentos filantrópicos inverosímiles a la sombra de la pandemia y las dádivas de vacunas mercantilizadas. Todo barnizado con tecnologías.

Ya no les alcanzan las maromas silogísticas más recurrentes para esconder la lucha de clases. No podrán ocultar el crimen económico monumental durante la pandemia que arrasó con la clase trabajadora y enriqueció, como nunca, a las burguesías imperiales. No podrán esconder la bofetada lacerante contra el derecho básico a la alimentación, la vivienda, la educación... la dignidad. Es inocultable la inmoralidad del capitalismo en un mundo despojado de infraestructura mínima para los pobres y con una industria militar creciendo con cifras récord.

En los cenáculos de la intelectualidad burguesa dirimen la invención de un «capitalismo humano», «capitalismo social», «socialismo capitalista»... que no cuadra en práctica alguna la aberración de sus sofismas. Hoy, para sobrevivir ellos, solo cuentan con sus maquinitas de fake news y algunos reformistas desvergonzados. A la intelectualidad burguesa no le alcanza la saliva docta para apagar el «incendio» de la emancipación. Cada día se oculta menos el carácter criminal de los bloqueos que no son otra cosa que extorsión, saqueo y marginación con premeditación, alevosía y ventaja... todas las agravantes indefendibles del propio «derecho» burgués.

¿Es la monarquía corrupta? Cuando los medios informan de las actividades económicas de la monarquía, y muestran, a modo de escándalo, los pelotazos millonarios que el Borbón se han procurado durante décadas, no estarán haciendo tal vez una falsa atribución, la de considerar que la casa real procede según la misma justicia que los demás. Acaso no es olvidar el hecho de que siempre ha sido tarea de reyes la gestión personal de todo tipo de favores. Que cuando el poder se ejerce por nacimiento el verdadero escándalo es que siga habiendo monarquía en pleno siglo XXI.

Este es el cuento, mientras que vamos con aires de autosuficiencia dando lecciones de democracia, nos tragamos la fantasía del principito que trajo la democracia. Añadiendo así a la conflictiva, reaccionaria y caciquil historia de España, el “y fueron felices y comieron perdices” desde aquel 1981,  en el que con ayuda de unos y de otros Juan Carlos se consagró como el rey del pollo frito -perdón- de la democracia. De Juan Carlos sabíamos que fue un joven de 18 años, que siendo cadete de la academia militar de Zaragoza, disparó por error a su hermano, también sabíamos que su vida marital no era la de un esposo ejemplar, que le encanta la caza mayor, al alcohol, y las mujeres, y hasta sabíamos que deliberadamente la prensa nunca informaba sobre todo eso. Ahora también sabemos que su economía era más propia de un emprendedor bien relacionado que de un leal servidor del estado en funciones diplomáticas.

Como proyecto reformador de la ley de Memoria Histórica 52/2007 parida por el Gobierno de Rodríguez Zapatero, esta nueva ley  llamada de Memoria “Democrática” está redactada bajo el aparato ideológico de la sacro santa y “modélica” Transición y la Constitución del 78, modelo que desde la muerte del dictador han guiado tanto a la derecha neofranquista, la socialdemocracia y la izquierda reformista, todo ello amparado por un sistema monárquico burgués, heredero del franquismo y garante del actual sistema de dominación.

La voluntad del Gobierno es la reconstrucción de un discurso idílico de la Transición, período donde se gestaron los grandes pactos de vergüenza y olvido para con las víctimas del franquismo y que también supusieron el desarme de la clase obrera.

Prueba de ello es la propuesta de la nueva ley  de la celebración del Día de las Víctimas del Franquismo el 31 de octubre, fecha que simboliza la aprobación en el Parlamento en 1978 del texto de la Constitución. ¿Qué tienen que celebrar las víctimas del franquismo ese día? Nada.

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