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Confieso que cuando inicio esta crónica me siento enormemente influenciado por el espeluznante relato que sobre el exterminio de indios y de esclavos negros hace el escritor norteamericano Howard Zinn en su obra maestra La otra historia de los Estados Unidos, de 1492 a nuestros días.

Utilizando testigos directos de los sucesos narrados, así como documentos de historiadores de la época o de religiosos que acompañaron a los conquistadores españoles como los del fraile Bartolomé de las Casas (Sevilla, 1474 – Madrid, 1566), Zinn pone los pelos de punta describiendo el genocidio de los pueblos azteca, maya, inca o arawak. También narrando la llegada, durante los siglos XVII y XVIII principalmente, de millones de esclavos traídos de África en condiciones de transporte espantosas (en las calas pútridas de los barcos negreros) para -los que sobrevivían- ser explotados en las grandes plantaciones de algodón del sur de Estados Unidos. Respecto al trato dado a los nativos, Las Casas escribe en su libro Historia de las Indias (1547): “(…) numerosos testigos prueban el temperamento pacífico de los indígenas. Sin embargo, nuestra actividad ha consistido en saquear, asesinar, mutilar y destruir”. Y más adelante, “(…) cuando llegué a Cuba (1511), los hombres morían en las minas explotadas por los españoles, sus mujeres fallecían en el trabajo y los niños por falta de alimento materno. (…) He visto con mis propios ojos todos esos actos contrarios a la naturaleza humana y tiemblo cuando los describo”. No está mal recordarlo en este 12 de octubre. En cuanto al comercio de esclavos negros, fueron los colonos ingleses, herederos de los Peregrinos del Mayflower, quienes, para conseguir el máximo rendimiento de sus plantaciones agrícolas, tuvieron la maquiavélica idea que traer negros del continente africano para hacerles trabajar como verdaderos animales de carga. Una práctica que duraría varios siglos en el modélico país del Tío Sam.

Después de todas esas tropelías en nombre de la propiedad privada, sucedieron cruentas guerras locales y mundiales con el terrible resultado de centenas de millones de muertos y mutilados; y siempre sin olvidarse del objetivo primordial: dominar el mundo y saquear sus riquezas naturales; a la usanza de los sanguinarios conquistadores españoles y de otras nacionalidades. O, si prefieren, como consecuencia lógica de la tétrica construcción del capitalismo. Solo la lucha por el socialismo (victoriosa en varios países) y por la liberación de los pueblos colonizados a lo largo del siglo pasado puso freno a tanta barbarie. Entonces los trabajadores de todo el mundo vislumbraron esperanza en su futuro, y, efectivamente, “un mundo mejor” fue realmente posible para todos ellos. Hoy, la desaparición del bloque socialista y el debilitamiento del movimiento obrero internacional no han traído nada bueno para los currantes; al contrario, ello ha dado alas al imperialismo que, como demostró Lenin en su famoso libro, es la fase superior del capitalismo. Una fase en la que, actualmente y ante los peligros de su progresiva pero ineluctable descomposición, resuenan tambores de guerra con mayor redoble por todas partes: en Ucrania, Iraq, Libia, Afganistán, Siria, Irán, Cuba, Corea del Norte, Venezuela, etc. Es decir, en todos aquellos lugares del globo terráqueo donde el capitalismo estima oportuno consolidar su poder político y económico. Como dignos sucesores de los infames conquistadores y de los insaciables traficantes de esclavos. Vamos, compañeros/as, para dudar luego de de la necesidad de hacer la Revolución y construir el Socialismo…

José L. Quirante