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Acostumbrado a escribir crónicas para Unidad y Lucha en las que la razón, la ironía y la denuncia procuran mezclarse armoniosamente para producir en el lector/a una reflexión crítica sobre el tema planteado, he de admitir hoy que la horrible masacre perpetrada hace unas semanas por el sionismo más inhumano contra el pueblo palestino, sólo estimula en mí primigenios sentimientos de odio y rencor.

Sin duda porque, en esas circunstancias de exterminio de inocentes, no hay espacio para juicios ecuánimes ni tampoco para mesuras sintácticas ningunas. O se está con las víctimas o con los verdugos. O se justifica a los agresores o se defiende a los agredidos. No hay términos medios en estos dramas horrendos. No es hora, pues, de fútiles devaneos interesados sino de clamar justicia a los cuatro vientos.

Cuánta razón tenía el gran poeta comunista, chileno y universal Pablo Neruda, cuando, en plena Guerra española, en su libro España en el corazón explicaba algunas cosas mientras, desde su casa de las flores en Madrid, veía caer bombas lanzadas por bandidos con sortijas y duquesas para matar niños. Entonces, el Premio Lenin de la Paz 1953 y Nobel de Literatura 1971, poniendo su pluma revolucionaria al servicio del pueblo heroico de Madrid, exclamaba con desespero: …Preguntaréis por qué su poesía/ no nos habla del sueño, de las hojas,/ de los grandes volcanes de su país natal? Venid a ver la sangre por las calles, / venid a ver/ la sangre por las calles, / venid a ver la sangre/ por las calles! Hoy la sangre no corre por las calles madrileñas, en aquel entonces asediadas por el fascismo nacional e internacional. Hoy la sangre –manantial de vida– fluye todavía a borbotones por las calles de la asolada Franja de Gaza, un virtual campo de concentración de 1,5 millones de personas bombardeado, torturado, martirizado vilmente, por chacales que el chacal rechazaría, por víboras que las víboras odiaran!. Y desde entonces fuego, pólvora desde entonces. Un fuego y una pólvora que con sus despiadadas guadañas han segado la vida de cientos de niños y niñas inocentes; asesinando con igual saña a miles de civiles indefensos y a épicos/as combatientes palestinos/as. Una metralla infame que en total asimetría militar ha demolido familias y viviendas enteras, dejando tras de sí desolación, muerte y terror. Y todo ese crimen de lesa humanidad, todo ese feroz racismo, todo ese genocidio maquiavélicamente calculado por orden del Antiguo Testamento, bajo la mirada complaciente -y por ello cómplice- de la llamada comunidad internacional, esencialmente Estados Unidos y la Unión Europea, quienes descaradamente, y sin temor a sanción alguna, han armado y arman hasta los dientes al Estado sionista de Israel. Un Estado que desde su creación en suelo palestino en 1948, hace ahora 66 años, no ha respetado ninguna resolución de la ONU por la formación también de un Estado palestino, convirtiéndose así, con el paso del tiempo, en el gendarme implacable de los intereses imperialistas en Oriente Próximo. Por eso, interpretando libremente a Neruda en su famoso poema, yo grito desesperadamente con él:…Frente a vosotros hemos visto la sangre / de Gaza levantarse/para ahogaros en una sola ola / de orgullo y de cuchillos!... Pero de cada casa muerta sale metal ardiendo / en vez de flores / pero de cada hueco de Palestina / sale Palestina / pero de cada crimen nacen balas / que os hallarán un día el sitio / del corazón. ¡Palestina vivirá y vencerá!

José L. Quirante.