DESTACADO

Durante el Campeonato Mundial de Atletismo de 2009, Caster Semenya, sudafricana de 18 años, ganó los 800 metros lisos con una ventaja de dos segundos, convirtiéndose en una de las 15 corredoras más rápidas del mundo. Solo tres horas después de ganar la medalla de oro, la IAFF empezó una investigación para determinar que Semenya era una mujer debido a “la increíble mejoría del rendimiento de la atleta… y el hecho de que un blog sudafricano afirma que ella es una atleta hermafrodita”. La absurdidad de estas razones muestra los tres principales prejuicios con el deporte femenino: 1) Una atleta mujer, por el solo hecho de su alto rendimiento, está bajo sospecha de no ser una mujer “verdadera”. 2) Un hombre, por el solo hecho de ser varón, es superior físicamente a una mujer. 3) La verdad última de una persona está en su sexo (binario). Semenya se vio entonces sometida a un juicio público, y obligada a pasar por exámenes médicos de verificación de sexo (también conocidos como certificados de feminidad) para mantener su medalla olímpica y poder seguir compitiendo.

 

En la actualidad y debido en gran medida a los medios de desinformación y a los deportes de masas como, por ejemplo el fútbol, con todo el espectáculo mediático y los intereses económicos que llevan detrás, la práctica deportiva y los valores que de esta se pueden derivar han quedado en entredicho, ya que nos inundan de noticias en las que tanto deportistas de alto nivel como amateurs y sus seguidores, protagonizan actos en los que los valores esenciales de la práctica del deporte quedan muy en entredicho, convirtiendo dicha práctica en una actividad dominada por los egos, el narcisismo y la búsqueda de placer personal. Como contraposición a la ausencia de valores en el deporte actualmente, encontramos el RUGBY.

Desafortunandamente en la sociedad capitalista el deporte tiene un tratamiento de mercado que desvirtua sus valores y finalidades. Patronos y medios de comunicación a sueldo tratan de impornernos como algo normalizado las exorbitadas cantidades de dinero que mueven determinados eventos deportivos no pasando, en algunos casos, de criticar con la boca pequeña algunos lujos o trenes de vida de los deportistas mejor pagados... los mismos que representan mayores ganancias y beneficios para sus patronos.

Aunque en los últimos años se está visualizando la inclusión de personas con discapacidad en el deporte, gracias a la lucha que está realizando este colectivo agrupado en asociaciones, tristemente, las federaciones deportivas no pasan de cubrir expediente realizando puntuales actividades.

En las sociedades capitalistas la práctica del deporte  tiene relación directa con  la  clase social. La edad, el sexo y  los ingresos  son  determinantes.   El tiempo  y dinero   resultan  imprescindibles  y  la clase trabajadora   no  anda precisamente sobrante de ninguno de ellos.   

Las  cada vez más horas diarias  que  pese a los supuestos controles horarios  hay que dedicarle a  todo tipo de trabajo,  cada vez más precarios   y,  la concatenación de ellos incluso en una misma jornada,  para  poder sobrevivir ,   suponen un   agotamiento físico  que imposibilitan  que  ni concebido como parte del  ocio ni aun considerando  el deporte como mejora de la salud  esté  entre las actividades  de trabajadoras y trabajadores.

El pasado mes de julio se estrenó en España la película “Diego Maradona”, del director británico Asif Kapadia. Dos meses antes había sido presentada en el Festival de Cannes sin la ansiada presencia del protagonista. La razón oficial esgrimida por los promotores del documental fue una lesión de hombro. Sin embargo, el propio Maradona aclaró el motivo: el subtítulo elegido por la productora “Rebelde, Héroe, Estafador, Dios” es profundamente engañoso e injusto con un jugador del que, quienes le conocieron bien, destacan precisamente su lealtad tanto dentro como fuera del campo de fútbol. Ya sabemos de qué es capaz el capital, ningún problema en utilizar el insulto denigrante como reclamo comercial para rentabilizar su inversión.

 

La concesión de la nacionalidad española al joven jugador barcelonista Ansu Fati en el Consejo de Ministros del pasado 20 de Septiembre, y el anuncio el día anterior, a bombo y platillo, del presupuesto de la entidad blaugrana para la temporada 2019/20 por un importe de 1.047 millones de €, me hizo cambiar el artículo preparado días antes para esta edición de UyL. La sangre culé que uno lleva dentro, se puso a hervir y a destilar profundo odio y desprecio al club de fútbol con el que uno más disfruta sus victorias. Afición, entretenimiento y, si se quiere, hasta pasión, siempre hemos defendido que lo entendemos, pero complicidad y orgullo con unos oligarcas que trascienden todos esos sentimientos, y representan todos y cada uno de los valores que más despreciamos quienes amamos el deporte, no se puede consentir.

En un país en el que un mínimo de 2 millones de trabajadores y trabajadoras cobran el salario mínimo y existe una cifra de desempleo superior a los 3, cuesta encontrar las palabras que puedan definir el espectáculo del llamado “mercado de fichajes” del fútbol profesional. Nauseabundo, degenerado, vergonzoso…cualquier calificativo de este estilo puede ser útil para mencionar la sucesión de noticias que nos vienen salpicando desde el final de las diversas competiciones del periodo 18/19.

Resulta casi imposible sustraerse del día a día de este “mercado”, pues con solo abrir un periódico o ver las noticias en la televisión, la mayoría del espacio lo ocupa esta multimillonaria compra venta de jóvenes que, representados por elementos de muy dudosa ética comercial y vinculados a multitud de contratos, expresan los peores valores de esta sociedad degeneradamente decadente. Cierto que no todos los casos son iguales, que Neymar, Florentino, los jeques y alguno más que se les suma, son los casos más paradigmáticos de la dinámica corrupta en la que desde hace décadas lleva instalado el fútbol profesional; pero lo grave es que el modelo que representan es el triunfante y el que constituye la referencialidad de todo lo que se mueve alrededor del fútbol.

Damos un giro puntual en esta sección deportiva de UyL y aprovechamos para hablar del papel de la dignidad y la privacidad en un mundo – el del deporte profesional – absolutamente dominado en todas sus expresiones por el dinero. Usaremos el caso de dos deportistas de élite y cada quien que saque sus conclusiones.

Famosos por saber tocar con maestría un balón y entrenar duramente para ello, los dos – Luis Enrique y Sergio Ramos – son personajes mediáticos, cada uno con sus particularidades, desde hace mucho tiempo. Desde lo mínimo posible del primero y limitado a cuestiones profesionales sin atender a posturas pretendidamente glamurosas, al esperpento exhibicionista del segundo; cada uno de ellos ha construido su realidad vital y profesional con diferentes posiciones respecto al dinero y la fama.

 

Desde el reconocimiento y la valoración de la necesidad de realizar tantos esfuerzos institucionales como sean necesarios para la promoción del deporte femenino, el caso del fútbol femenino nos sitúa muy diversas preguntas que necesitamos responder para saber cuál es la realidad de este nuevo fenómeno de masas que, con la asistencia de decenas de miles de aficionados y aficionadas entusiasmadas, llena los estadios y consigue altas cuotas de pantalla.

Justo un día antes de cerrar estas líneas el Barça femenino perdía la final de la Copa de Europa y la respuesta de la directiva del club blaugrana es que se hace necesario contar con un presupuesto mucho mayor para ser líderes y aspirar a títulos. Toda su reflexión se ha limitado a la ecuación: si los 3,5 millones de € de presupuesto de este año no permiten derrotar a los 8 millones del Lyon, la solución, si se quiere estar en la élite del fútbol femenino, es lograr más millones. Más claro agua.