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En un país en el que un mínimo de 2 millones de trabajadores y trabajadoras cobran el salario mínimo y existe una cifra de desempleo superior a los 3, cuesta encontrar las palabras que puedan definir el espectáculo del llamado “mercado de fichajes” del fútbol profesional. Nauseabundo, degenerado, vergonzoso…cualquier calificativo de este estilo puede ser útil para mencionar la sucesión de noticias que nos vienen salpicando desde el final de las diversas competiciones del periodo 18/19.

Resulta casi imposible sustraerse del día a día de este “mercado”, pues con solo abrir un periódico o ver las noticias en la televisión, la mayoría del espacio lo ocupa esta multimillonaria compra venta de jóvenes que, representados por elementos de muy dudosa ética comercial y vinculados a multitud de contratos, expresan los peores valores de esta sociedad degeneradamente decadente. Cierto que no todos los casos son iguales, que Neymar, Florentino, los jeques y alguno más que se les suma, son los casos más paradigmáticos de la dinámica corrupta en la que desde hace décadas lleva instalado el fútbol profesional; pero lo grave es que el modelo que representan es el triunfante y el que constituye la referencialidad de todo lo que se mueve alrededor del fútbol.

Damos un giro puntual en esta sección deportiva de UyL y aprovechamos para hablar del papel de la dignidad y la privacidad en un mundo – el del deporte profesional – absolutamente dominado en todas sus expresiones por el dinero. Usaremos el caso de dos deportistas de élite y cada quien que saque sus conclusiones.

Famosos por saber tocar con maestría un balón y entrenar duramente para ello, los dos – Luis Enrique y Sergio Ramos – son personajes mediáticos, cada uno con sus particularidades, desde hace mucho tiempo. Desde lo mínimo posible del primero y limitado a cuestiones profesionales sin atender a posturas pretendidamente glamurosas, al esperpento exhibicionista del segundo; cada uno de ellos ha construido su realidad vital y profesional con diferentes posiciones respecto al dinero y la fama.

 

Desde el reconocimiento y la valoración de la necesidad de realizar tantos esfuerzos institucionales como sean necesarios para la promoción del deporte femenino, el caso del fútbol femenino nos sitúa muy diversas preguntas que necesitamos responder para saber cuál es la realidad de este nuevo fenómeno de masas que, con la asistencia de decenas de miles de aficionados y aficionadas entusiasmadas, llena los estadios y consigue altas cuotas de pantalla.

Justo un día antes de cerrar estas líneas el Barça femenino perdía la final de la Copa de Europa y la respuesta de la directiva del club blaugrana es que se hace necesario contar con un presupuesto mucho mayor para ser líderes y aspirar a títulos. Toda su reflexión se ha limitado a la ecuación: si los 3,5 millones de € de presupuesto de este año no permiten derrotar a los 8 millones del Lyon, la solución, si se quiere estar en la élite del fútbol femenino, es lograr más millones. Más claro agua.

En noviembre de 2006 el Comité Olímpico Cubano, bajo el auspicio del Comité Olímpico Internacional (COI) y en colaboración con la OMS y la UNESCO, organizó el XI Congreso Mundial “Deporte para Todos/as”, en el que más de 1000 expertos/as de 106 países debatieron en torno a los beneficios y retos de la actividad física. En el acto inaugural el Presidente del Comité Olímpico Cubano, José Ramón Fernández, afirmó el compromiso de la Revolución Cubana con las actividades deportivas desde su triunfo en 1959. Las conclusiones del Congreso se plasmaron en la Declaración de La Habana de 2006 “Deporte para Todos/as” que, entre otros hechos reconoce “que los factores socio-económicos, incluyendo la pobreza, son un factor clave en la incidencia de obesidad; que las mujeres y desfavorecidos sufren el mayor riesgo,…, y en conjunto la tendencia a la inactividad (física) es peor en las áreas urbanas pobres.”

 

Pensando en el éxito del deporte en la URSS y en el conjunto de países socialistas, me viene a la cabeza la máxima que, a modo de resumen, expresaba la fórmula de ese triunfo en un inmenso mural a la entrada de unas instalaciones deportivas de La Habana. “El éxito del deporte cubano es su práctica masiva”, o algo muy similar decía ese mural que nada me extrañaría que, casi 20 años después, siga iluminando las constantes victorias del deporte cubano y el día a día de su planificación. En otro momento hablaremos del deporte en el Socialismo y, en concreto en Cuba, haciendo referencia a las declaraciones del padre de la Escuela Cubana de Boxeo, Dr Alcides Sagarra, en la que para pasmo de idiotas y consumistas, afirma con total naturalidad que el eje primario de su filosofía para el triunfo deportivo es la educación del deportista en “una formación sociocultural profunda, basada en la teorías fundamentales de las ciencias humanísticas como el Marxismo – Leninismo”. ¡Qué! ¿sorprendidos? Un ejemplo de plena asimilación y comprensión de lo que es el materialismo histórico y su alcance social totalizador.

Sí, así de claro lo digo y lo afirma toda persona que esté mínimamente al día en relación a la primera liga del balonmano español. Lo denunció el pasado diciembre el club iruñés Anaitasuna (https://www.marca.com/balonmano/liga-asobal/2018/12/27/5c2534edca474110798b45cf.html) y con un mínimo trabajo de campo aseguramos que, efectivamente, salvo Anaitasuna, Barcelona y Logroño que algo paga en B pero muy poco, el resto de clubes de la Liga Asobal pagan aproximadamente el 50% del salario de sus jugadores en B con dinero negro.

Una competencia desleal, denuncia con toda razón el club de la burguesía iruñesa, pero algo más huele a podrido con estos pagos que, si bien no son públicos, sí son notorios.

¿Qué pasa con el Consejo Superior de Deportes que permite que la mayoría de clubes juegue en fraude de ley y dopados financieramente?

¿Qué pasa con Hacienda que no investiga la procedencia de ese dinero y permite que siga circulando sin sacarlo de ese bucle delictivo?.

¿Qué pasa con la seguridad social que permite que se le defraude de forma descarada?

Muy a pesar de que la llamada Ley del Deporte sitúa en términos muy claros su prioritaria función social, al afirmar que <<el deporte se constituye como un elemento fundamental del sistema educativo y su práctica es importante en el mantenimiento de la salud y, por tanto, es un factor corrector de desequilibrios sociales que contribuye al desarrollo de la igualdad entre los ciudadanos, crea hábitos favorecedores de la inserción social y, asimismo, su práctica en equipo fomenta la solidaridad. Todo esto conforma el deporte como elemento determinante de la calidad de vida y la utilización activa y participativa del tiempo de ocio en la sociedad contemporánea>>, y que la propia Constitución señala en su artículo 43,3 que «Los poderes públicos fomentarán la educación sanitaria, la educación física y el deporte. Asimismo, facilitarán la adecuada utilización del ocio», la realidad es muy diferente en nuestro país.

En línea con la idea defendida en esta sección de Deportes de UyL de que, en España, el modelo deportivo imperante está absolutamente mercantilizado y que, lejos de velar por la salud y el disfrute social de quienes lo practican o gozan de él contemplándolo, supone un factor más de alienación y consumismo que contribuye a la degradación social; en este nuevo artículo usaremos la referencia de las cifras de los seis mayores presupuestos de la Liga de Fútbol para demostrarlo.

Nadie en su sano juicio negará la máxima latina que de siempre se ha dicho que debía presidir la práctica deportiva. Un cuerpo sano con una mente culta pudiera llegar a ser la referencia social indiscutible del desarrollo más correcto y equilibrado de la personalidad. Un objetivo que, como ya señalamos en el primer artículo de esta nueva serie de UyL queda abandonado a todas luces por el ejemplo diario de la inmensa mayoría de las personas/productos que produce el deporte profesional de élite, que dan muestras permanentes y ostentosas de un alto grado de alienación derivado de su desprecio a la formación cultural y el compromiso social. Personas que podrían llegar a ser un ejemplo constructivo para millones de jóvenes para los que son un modelo, se construyen mediáticamente como unos verdaderos cretinos abrazados a la ostentosidad y el consumismo. Ejemplos los tenemos en todos los deportes que mueven cifras millonarias y, como consecuencia de ello ocupan la inmensa mayoría del tiempo en los medios de comunicación: fútbol, motos, coches, NBA, golf...deportes que salvo el primero no practicaremos jamás el 99% de la población pero del que es imposible no estar al tanto porque diariamente se nos hace tan presente como el Corte Inglés en Navidad.

Desde sus inicios, el fútbol ha sufrido los golpes de un sistema que lo inmoviliza y lo manipula a su antojo y beneficio propio. Para poder comprender lo que es el fútbol popular y la corriente contra el fútbol negocio, englobado todo a nivel internacional por el movimiento existente “Against Modern Football”, es importante exponer las bases de este deporte globalizado y carente de esencia.

El origen como tal, se suele fechar el 26 de octubre de 1863, día de la creación de la “Football Association”. Tras ésta no tardan en llegar los primeros sesgos de mercantilización, la creación de la “FA Cup” en 1871 implica el cobro de entradas para presenciar los encuentros y como consecuencia los jugadores empiezan a recibir ofertas económicas por jugar. Lo que en principio supuso un rechazo por parte de la “Football Asociation”, el 20 de julio de 1885 se vio forzada a oficializar el profesionalismo. Para financiar los fondos destinados a los jugadores, los clubes más poderosos organizaron una serie de encuentros, así nació la “Football League”, la primera competición de liga de la historia.

Desde este punto hasta la actualidad, el fútbol ha pasado por una gran cantidad de transformaciones mercantiles que han convertido institucionalmente este deporte hasta lo que conocemos hoy en día. El capitalismo lo infecta todo y con el deporte no es diferente, en el fútbol cobra su máximo esplendor. Consecuencias como la ley del deporte 10/1990, en la que aparece la figura de la S.A.D. (Sociedad Anónimo Deportiva) no es más que otra estrategia de control del capital frente a los socios de los clubes de fútbol.