Desafortunandamente en la sociedad capitalista el deporte tiene un tratamiento de mercado que desvirtua sus valores y finalidades. Patronos y medios de comunicación a sueldo tratan de impornernos como algo normalizado las exorbitadas cantidades de dinero que mueven determinados eventos deportivos no pasando, en algunos casos, de criticar con la boca pequeña algunos lujos o trenes de vida de los deportistas mejor pagados... los mismos que representan mayores ganancias y beneficios para sus patronos.

Aunque en los últimos años se está visualizando la inclusión de personas con discapacidad en el deporte, gracias a la lucha que está realizando este colectivo agrupado en asociaciones, tristemente, las federaciones deportivas no pasan de cubrir expediente realizando puntuales actividades.

En las sociedades capitalistas la práctica del deporte  tiene relación directa con  la  clase social. La edad, el sexo y  los ingresos  son  determinantes.   El tiempo  y dinero   resultan  imprescindibles  y  la clase trabajadora   no  anda precisamente sobrante de ninguno de ellos.   

Las  cada vez más horas diarias  que  pese a los supuestos controles horarios  hay que dedicarle a  todo tipo de trabajo,  cada vez más precarios   y,  la concatenación de ellos incluso en una misma jornada,  para  poder sobrevivir ,   suponen un   agotamiento físico  que imposibilitan  que  ni concebido como parte del  ocio ni aun considerando  el deporte como mejora de la salud  esté  entre las actividades  de trabajadoras y trabajadores.

El pasado mes de julio se estrenó en España la película “Diego Maradona”, del director británico Asif Kapadia. Dos meses antes había sido presentada en el Festival de Cannes sin la ansiada presencia del protagonista. La razón oficial esgrimida por los promotores del documental fue una lesión de hombro. Sin embargo, el propio Maradona aclaró el motivo: el subtítulo elegido por la productora “Rebelde, Héroe, Estafador, Dios” es profundamente engañoso e injusto con un jugador del que, quienes le conocieron bien, destacan precisamente su lealtad tanto dentro como fuera del campo de fútbol. Ya sabemos de qué es capaz el capital, ningún problema en utilizar el insulto denigrante como reclamo comercial para rentabilizar su inversión.

 

La concesión de la nacionalidad española al joven jugador barcelonista Ansu Fati en el Consejo de Ministros del pasado 20 de Septiembre, y el anuncio el día anterior, a bombo y platillo, del presupuesto de la entidad blaugrana para la temporada 2019/20 por un importe de 1.047 millones de €, me hizo cambiar el artículo preparado días antes para esta edición de UyL. La sangre culé que uno lleva dentro, se puso a hervir y a destilar profundo odio y desprecio al club de fútbol con el que uno más disfruta sus victorias. Afición, entretenimiento y, si se quiere, hasta pasión, siempre hemos defendido que lo entendemos, pero complicidad y orgullo con unos oligarcas que trascienden todos esos sentimientos, y representan todos y cada uno de los valores que más despreciamos quienes amamos el deporte, no se puede consentir.

En un país en el que un mínimo de 2 millones de trabajadores y trabajadoras cobran el salario mínimo y existe una cifra de desempleo superior a los 3, cuesta encontrar las palabras que puedan definir el espectáculo del llamado “mercado de fichajes” del fútbol profesional. Nauseabundo, degenerado, vergonzoso…cualquier calificativo de este estilo puede ser útil para mencionar la sucesión de noticias que nos vienen salpicando desde el final de las diversas competiciones del periodo 18/19.

Resulta casi imposible sustraerse del día a día de este “mercado”, pues con solo abrir un periódico o ver las noticias en la televisión, la mayoría del espacio lo ocupa esta multimillonaria compra venta de jóvenes que, representados por elementos de muy dudosa ética comercial y vinculados a multitud de contratos, expresan los peores valores de esta sociedad degeneradamente decadente. Cierto que no todos los casos son iguales, que Neymar, Florentino, los jeques y alguno más que se les suma, son los casos más paradigmáticos de la dinámica corrupta en la que desde hace décadas lleva instalado el fútbol profesional; pero lo grave es que el modelo que representan es el triunfante y el que constituye la referencialidad de todo lo que se mueve alrededor del fútbol.

Damos un giro puntual en esta sección deportiva de UyL y aprovechamos para hablar del papel de la dignidad y la privacidad en un mundo – el del deporte profesional – absolutamente dominado en todas sus expresiones por el dinero. Usaremos el caso de dos deportistas de élite y cada quien que saque sus conclusiones.

Famosos por saber tocar con maestría un balón y entrenar duramente para ello, los dos – Luis Enrique y Sergio Ramos – son personajes mediáticos, cada uno con sus particularidades, desde hace mucho tiempo. Desde lo mínimo posible del primero y limitado a cuestiones profesionales sin atender a posturas pretendidamente glamurosas, al esperpento exhibicionista del segundo; cada uno de ellos ha construido su realidad vital y profesional con diferentes posiciones respecto al dinero y la fama.

 

Desde el reconocimiento y la valoración de la necesidad de realizar tantos esfuerzos institucionales como sean necesarios para la promoción del deporte femenino, el caso del fútbol femenino nos sitúa muy diversas preguntas que necesitamos responder para saber cuál es la realidad de este nuevo fenómeno de masas que, con la asistencia de decenas de miles de aficionados y aficionadas entusiasmadas, llena los estadios y consigue altas cuotas de pantalla.

Justo un día antes de cerrar estas líneas el Barça femenino perdía la final de la Copa de Europa y la respuesta de la directiva del club blaugrana es que se hace necesario contar con un presupuesto mucho mayor para ser líderes y aspirar a títulos. Toda su reflexión se ha limitado a la ecuación: si los 3,5 millones de € de presupuesto de este año no permiten derrotar a los 8 millones del Lyon, la solución, si se quiere estar en la élite del fútbol femenino, es lograr más millones. Más claro agua.

En noviembre de 2006 el Comité Olímpico Cubano, bajo el auspicio del Comité Olímpico Internacional (COI) y en colaboración con la OMS y la UNESCO, organizó el XI Congreso Mundial “Deporte para Todos/as”, en el que más de 1000 expertos/as de 106 países debatieron en torno a los beneficios y retos de la actividad física. En el acto inaugural el Presidente del Comité Olímpico Cubano, José Ramón Fernández, afirmó el compromiso de la Revolución Cubana con las actividades deportivas desde su triunfo en 1959. Las conclusiones del Congreso se plasmaron en la Declaración de La Habana de 2006 “Deporte para Todos/as” que, entre otros hechos reconoce “que los factores socio-económicos, incluyendo la pobreza, son un factor clave en la incidencia de obesidad; que las mujeres y desfavorecidos sufren el mayor riesgo,…, y en conjunto la tendencia a la inactividad (física) es peor en las áreas urbanas pobres.”

 

Pensando en el éxito del deporte en la URSS y en el conjunto de países socialistas, me viene a la cabeza la máxima que, a modo de resumen, expresaba la fórmula de ese triunfo en un inmenso mural a la entrada de unas instalaciones deportivas de La Habana. “El éxito del deporte cubano es su práctica masiva”, o algo muy similar decía ese mural que nada me extrañaría que, casi 20 años después, siga iluminando las constantes victorias del deporte cubano y el día a día de su planificación. En otro momento hablaremos del deporte en el Socialismo y, en concreto en Cuba, haciendo referencia a las declaraciones del padre de la Escuela Cubana de Boxeo, Dr Alcides Sagarra, en la que para pasmo de idiotas y consumistas, afirma con total naturalidad que el eje primario de su filosofía para el triunfo deportivo es la educación del deportista en “una formación sociocultural profunda, basada en la teorías fundamentales de las ciencias humanísticas como el Marxismo – Leninismo”. ¡Qué! ¿sorprendidos? Un ejemplo de plena asimilación y comprensión de lo que es el materialismo histórico y su alcance social totalizador.