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Durante el Campeonato Mundial de Atletismo de 2009, Caster Semenya, sudafricana de 18 años, ganó los 800 metros lisos con una ventaja de dos segundos, convirtiéndose en una de las 15 corredoras más rápidas del mundo. Solo tres horas después de ganar la medalla de oro, la IAFF empezó una investigación para determinar que Semenya era una mujer debido a “la increíble mejoría del rendimiento de la atleta… y el hecho de que un blog sudafricano afirma que ella es una atleta hermafrodita”. La absurdidad de estas razones muestra los tres principales prejuicios con el deporte femenino: 1) Una atleta mujer, por el solo hecho de su alto rendimiento, está bajo sospecha de no ser una mujer “verdadera”. 2) Un hombre, por el solo hecho de ser varón, es superior físicamente a una mujer. 3) La verdad última de una persona está en su sexo (binario). Semenya se vio entonces sometida a un juicio público, y obligada a pasar por exámenes médicos de verificación de sexo (también conocidos como certificados de feminidad) para mantener su medalla olímpica y poder seguir compitiendo.

Estas pruebas de sexo establecidas por la IAFF han variado en forma, pero no en brutalidad, a lo largo de las décadas. En 1966, las atletas tenían que desnudarse ante una comisión de expertos. En 1968, el Comité Olímpico rechazó ese examen físico y promovió la toma de muestras bucales para detectar los cromosomas sexuales XX en mujeres y XY en hombres. En 1992, se pasó a detectar el gen SRY, ligado al cromosoma Y.  Se deducía que, quien tenía el gen, tenía el cromosoma, y por tanto, no era una mujer. La norma actual viene de 1996 y fue ratificada en 2010, aplicando la máxima de “lo sé cuando lo veo”, pero no aclara por quién y en qué circunstancias una atleta debe ser examinada. Parecer ser que una entrada en un blog es suficiente para cuestionar públicamente la identidad sexual de una mujer. En 2018, tras el caso Semenya, se cambió de nuevo el criterio de la elegibilidad basado en el límite de testosterona para ciertas competiciones. Tras las pruebas no acaba la denigración. Es la misma IAFF la que ofrece a sus competidoras que no superen los test la posibilidad de realizarse intervenciones quirúrgicas, someterse a gonadectomías o tratamientos hormonales (como es el caso de Semenya, donde debe doparse para bajar sus niveles de testosterona si quiere competir, a pesar de que se ha demostrado que la testosterona no mejora el rendimiento deportivo). Otras competidoras con resultados atípicos se retiraron u optaron por someterse a una evaluación posterior para evitar el escrutinio público.

Las pruebas de verificación de sexo nunca se han realizado en hombres. Esto muestra el marcado carácter machista y patriarcal de la IAFF, ya que no se trata de encajar una persona en un sexo u otro por su genética, se trata de cuestionar que las mujeres puedan ser deportistas de élite. Esto no quiere decir que nos debamos olvidar del hecho de que en el deporte, el sexo es binario. La realización de pruebas que determinen que una mujer es una mujer si cumple los requisitos genéticos estrictos, sin tener en cuenta el amplio espectro de situaciones biológicas intermedias. Es decir, en un contexto puramente genético, sin tener en cuenta las construcciones sociales y de género, no hay binarismo, la naturaleza no define hombre y mujer, sino que hay una serie de características intersexuales que forman un amplio espectro.

Es por ello que se trata de feminidad normativa. Se trata de que Caster Semenya, Santhi Soundarajan o Edinanci Silva, entre muchísimas otras, amenazaron los modelos de feminidad, porque son mujeres fuertes, musculadas, resistentes y veloces, que rompen con el estereotipo patriarcal. Semenya tiene 10 competidoras por delante de ella que no son cuestionadas, porque cumplen con los estereotipos femeninos. A Semenya le están juzgando por no tener un cuerpo que represente la fragilidad de la feminidad, le están haciendo poner en duda su sexo, su género y su identidad. Caster Semenya lucha por que se reconozca la diversidad sexual en el deporte, luchemos con ella para derribar los estereotipos patriarcales.

Tamara Manrique