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Hay películas que están hechas para entretener, para pasar el rato, y está bien que sea así; otras sin embargo hacen llorar o conmueven al más pintado, y hay también algunos filmes, ciertamente muy especiales, que están hechos para revolver las tripas y sacar del espectador el desfacedor de entuertos que lleva dentro. Estas últimas son las películas que ni el paso del tiempo ni el mismísimo Alzheimer les hacen mella. Pienso a bote pronto, por citar algunos ejemplos, en la trilogía de “El padrino” de Francis Ford Coppola, en “Novecento” del recientemente fallecido Bernardo Bertolucci o en “El hombre de las mil caras” del español Alberto Rodríguez. Todas magníficas cintas, y creo, representativas de lo que aquí comento. Ahora es otra producción de nuestra tierra, la galardonada en la última ceremonia de los Premios Goya, “El reino”, del joven cineasta madrileño Rodrigo Sorogoyen (Madrid, 1981) ganador del Premio Goya a la mejor dirección, la que sin duda provoca el efecto subversivo referido, puede que incluso elevado a la enésima potencia. Y es que la historia de Manuel López-Vidal (apabullante de veracidad, Antonio de la Torre, e igualmente merecido Premio Goya al mejor actor protagonista), un influyente vicesecretario autonómico que lo tiene todo a su favor para dar el salto a la política nacional, pero que unas inoportunas filtraciones implicándolo en una trama de corrupción lo imposibilitan, es verdaderamente patética e indignante.

Harina de otro costal

El thriller político, que es el género cinematográfico elegido por Sorogoyen para su relato, no tiene desperdicio ninguno. Ni en su continente ni en su contenido. Las dos cuestiones son tratadas de manera impecable. Así, con absoluto dominio del espacio y del tiempo, y con un ritmo trepidante y endiablado, el realizador divide su filme en dos partes bien delimitadas. Una primera parte para presentar a sus personajes: una banda de políticos corruptos pertenecientes a una formación política que gobierna, organizados como la mafia con padrino incluido (soberbio Josep María Pou), y viviendo a cuerpo de rey en lujosos hoteles, restaurantes e islas paradisiacas gracias a onerosos favores hechos a codiciosos empresarios. Y una segunda parte de autentico delirio, que comienza cuando el mencionado López-Vidal se percata que ha sido escogido por sus camaradas de partido como el chivo expiatorio que ha de pagar los platos rotos. Es entonces cuando la película adquiere una dimensión política de mayor alcance, es decir cuando López-Vidal decide “tirar de la manta”, pues será al “reino”, es decir al poder que protege al sistema capitalista, al que tendrá que enfrentarse, y eso, como constatará con estupor, es harina de otro costal.

Evidentemente la película hace pensar en el Partido Popular, en la Gürtel, en los papeles de Bárcenas y en tantas otras tramas corruptas habidas y por haber. Y no erra. Por eso, en las letras de crédito, debería haber aparecido (aunque ligeramente modificado) aquello que expone el cine para curarse de espanto: “Los personajes retratados en esta película no son ficticios, y cualquier parecido con hechos reales no es pura casualidad”

Rosebud