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¿Qué creían estos indignados griegos de pacotilla que era el capitalismo? ¿Una asociación caritativa para niños y ancianos en dificultad? ¿Una institución solidaria con los más necesitados? ¿O quizás pensaban que la plutocracia europea (cuya cabeza visible es su servil “Troika”) era las “Hermanitas de los Pobres”? Qué desfachatez tan grande, qué jetas las de estos Tsipras, Varufakis y compañía defendiendo como obsesos ayer “el capitalismo con rostro humano”, como remedio a todo mal; e imponiendo hoy a la clase trabajadora helena (como no habían osado hacer en anteriores gobiernos los socialdemócratas del PASOK o los conservadores de Nueva Democracia) todas las exigencias de la Unión Europea: aumento del IVA, no a la restructuración de la deuda, prolongación de la edad de jubilación y reducción de las pensiones, privatizaciones, reforma laboral, etc.

Y todo a cambio de poder recibir préstamos que servirán, principalmente, para pagar intereses de préstamos anteriores. Como se dice coloquialmente: “para mear y no echar gota”. Pero quizás lo más grotesco se halle en alguna que otra declaración del ex ministro de Finanzas griego, Yanis Varufakis, al mensual Le Monde diplomatique del mes de agosto, asegurando —después de reconocer la humillación sufrida y la capitulación en toda regla del gobierno griego ante la UE—, que con ello “desaparece la Europa que yo siempre había considerado, desde mi adolescencia, como mi punto de referencia, como mi brújula: la Europa de Konrad Adenauer, Charles de Gaulle, Willy Brandt, Valéry Giscard d’Estaing, Helmut Schmit, Helmut Kohl y François Mitterand”. Una declaración en defensa de la Europa capitalista que echa por tierra, estrepitosamente, las ilusiones de quienes creyeron en las promesas de “cambio radical” y de justicia social hechas por estos “rebeldes”, más que nunca sin causa.

Salvarnos con nuestras luchas.

Hoy, una vez consumada la felonía del gobierno Tsipras, y probado empíricamente que su propuesta política en defensa de los intereses de “los de abajo” era pura falacia, las aguas vuelven a su cauce: el capitalismo se afianza en Grecia demostrando de ese modo que no se le doblega así como así, y la opción comunista del KKE (Partido Comunista de Grecia) aparece con más brío que nunca. Es decir, dispuesta a organizar a la clase trabajadora griega para, según palabras del eurodiputado comunista Kostas Papadakis, “desafiar todo el poder de la oligarquía”, verdadera causa de todas las injusticias sociales que sufren las y los currantes. Lo demás, Syriza y otros inventos, son milongas para adormecer a incautos e incautas, para tratar de impedir la alternativa revolucionaria y perpetuar el poder de la burguesía.

Ahora, con las próximas elecciones legislativas en España, se abre un nuevo capítulo del folletín “que todo cambie para que todo siga igual”, cuyo prólogo han sido las elecciones del 24M y sus consabidas transformaciones radicales. En esta ocasión, de la mano, entre otros cantamañanas, del inefable Podemos. Una mano temblorosa y dubitativa después de la claudicación vergonzosa de sus mentores griegos, pero que goza de cierto apoyo en sectores populares de la sociedad española. Esperanzados todavía en que el prestidigitador saque de la chistera el “conejo indignado” que lo solucione todo. Pero la magia es para el circo, y la cruda realidad exige otro análisis: que se asuma que no hay salvadores ni mesías, y que la clase trabajadora y otras capas populares han de salvarse por sus luchas, sus decisiones, y por enfrentarse a la UE, la OTAN y los monopolios que las explotan en su beneficio. La elección es simple: barbarie capitalista o socialismo. La tercera vía no existe.

José L. Quirante