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Los resultados de las Elecciones Municipales y Autonómicas del 24M me pillaron viajando en el extranjero, y confieso que los titulares de los medios de comunicación informándome del asunto me alarmaron un montón. Un vocero de la tele oficial, un joven bien trajeado y de pelo engominado, me despertó la mañana del 25M anunciando con voz algo alterada, que en España se había producido un “seísmo político, un cataclismo de consecuencias imprevisibles”.

¡Hostias! exclamé entre asombro y perplejidad. ¿Podía yo perderme tamaño acontecimiento? ¿Iban a hacer la revolución sin mí? Por su parte, la prensa escrita, la de la voz de su amo, abundaba igualmente en comentarios enfáticos y sensacionalistas afirmando que “el partido de la izquierda radical había conseguido, entre otras importantes capitales de España, los ayuntamientos de Madrid y Barcelona”, que “las elecciones en España sacudían el panorama político español” y que “los indignados triunfaban en toda España”. Por unos instantes creí con cierto estupor que la insurrección popular llamaba a las puertas de mi adocenada España. Así lo creían también algunos conocidos con quienes conversé del tema. Para ellos, lo que está ocurriendo en España es insólito y ejemplar. Demuestra que se puede acabar con las taras del capitalismo practicando formas de luchas diferentes a las empleadas en otras épocas. “Abren perspectivas de futuro, caminos de esperanza ante los fracasos del socialismo real y de la socialdemocracia”, añadían entusiasmados mis correosos interlocutores.

Construir el socialismo

Días después, y ya de vuelta a casa, pude comprobar tranquilamente la realidad del cambio político, la amplitud del pretendido seísmo electoral. Ni “el partido de la izquierda radical” ni los inefables “indignados” habían tomado el Palacio de Invierno. Tampoco asaltado el cielo. ¡Qué va! Todo seguía igual. La sangre no había llegado al río. Los ricos eran más ricos y los pobres, como siempre, más pobres cada día. En realidad las cosas iban por derroteros muy distintos a las ensoñaciones de mis amigos del extranjero. De lo que se trataba no era de acabar con el capitalismo, sino de ocupar puestos municipales y autonómicos pactando hasta con el mismo diablo. Así los de Podemos, que en numerosas ocasiones habían clamado no querer nada con el PSOE, ahora, constatando sus escasos resultados electorales, conciertan descaradamente con quien, junto al PP, es responsable directo de los estragos que, desde hace muchos años, sufren la clase obrera y otros sectores populares. Y donde dije digo, digo Diego. Unas alianzas electorales que muestran el rostro oportunista de una organización política, cuyo verdadero objetivo (por el que ha sido propulsada como un Spútnik) es gestionar el sistema capitalista (“de otra manera”, dicen ellos) y apartar a la clase trabajadora del devenir revolucionario.

Por mi parte, yo sigo pensando que el capitalismo es intrínsecamente cruel e inhumano. Genera desigualdades e injusticias sociales, y existe porque explota al trabajador del que obtiene plusvalía. Por eso hay que superarlo construyendo el SOCIALISMO. La sola alternativa a tanta barbarie. Pero esa nueva forma de sociedad no la construirán estos “indignados”, lleven piercings en las orejas o vayan a los ayuntamientos en mangas de camisa y en bicicleta. No es su deseo. La construirá ineludiblemente la clase obrera y otras capas populares concienciadas para ello y organizadas en el Partido Comunista. Por una razón ya olvidada por muchos viajeros a ninguna parte, porque, como decía Karl Marx, “los trabajadores no tienen nada que perder, salvo sus cadenas. Tienen un mundo por ganar”.

José L. Quirante