Es preciso señalar que la forma de abordar el concepto de paz será examinándolo de forma materialista, es decir, en su relación con una realidad concreta que la favorece o la impide, y no como una idea sin relación con un contexto determinado. Junto a ello, manifestar que la paz es hoy la gran ausente ante la omnipresencia de la guerra. En el momento actual, el viejo orden colonialista-capitalista-imperialista occidental experimenta una profunda crisis e intenta salir adelante siguiendo una lógica belicista. Frente a él, está surgiendo un nuevo orden mundial del que son protagonistas algunas de las antiguas civilizaciones y regiones del mundo que fueron afrontadas y/o sometidas durante siglos por Occidente. En dicha oposición entre el viejo orden y el nuevo, no sólo tienen lugar los conflictos armados, es decir, la guerra convencional desarrollada en el campo de batalla, sino también la guerra que se desarrolla por medios no convencionales como la desestabilización económica, la manipulación ideológica, o el terrorismo. Aproximarse al concepto de paz supondrá, por tanto, situarlo en el contexto de la guerra imperialista que se desenvuelve día a día ante nuestros ojos.

  1. El dividendo de la paz

A finales de los 80 y principios de los 90, George Bush, el presidente número 41 de EE. UU., y Margaret Thatcher, la primera ministra británica, popularizaron el eslogan de peace dividend [el dividendo de la paz]. Con él se aludía al beneficio económico que supondría reducir los gastos militares una vez desaparecida la URSS. Sin embargo, este dividendo de la paz no llegó a materializarse. Tampoco hubo un fin de la historia como decía Francis Fukuyama, un apologista estadounidense reclutado por el Departamento de Estado y la RAND Corporation. La realidad de los años 90 fue demostrando que la guerra imperial protagonizada por EE. UU. desde el final de la Segunda Guerra Mundial continuaba su curso histórico en un escenario mundial no exento de resistencias a la dominación occidental, pese a la derrota de la URSS.

La otra línea: La teoría de la pirámide y sus problemas

La otra línea de comprensión del imperialismo considera a todos los países como imperialistas. El razonamiento es que todos los países son capitalistas y operan en el seno del sistema imperialista global. Esta teoría no examina las relaciones cualitativas entre naciones opresoras y oprimidas, sino solamente las diferencias cuantitativas entre naciones iguales cualitativamente – manifestadas a través de la posición de un país en una “pirámide imperialista”.

¿Cómo se alinea esta teoría de la “pirámide imperialista” con los principios marxista leninistas? Esta teoría minusvalora – o niega abiertamente– la diferencia entre nación opresora y nación oprimida como algo fundamental. Afirma que, dado que el capitalismo monopolista se ha convertido en un fenómeno global, todos los países capitalistas – de los más poderosos a los relativamente pequeños y dependientes – comparten los mismos rasgos imperialistas básicos, sólo en distintos niveles.

Las personas que abogan esta teoría rechazan la idea de que el imperialismo puede ser atribuido a un pequeño número de países. Argumentan que todas las naciones capitalistas, sin tener en cuenta su tamaño o poderío económico, participan activamente en el sistema imperialista. De acuerdo con esta interpretación, la referencia de Lenin a “un puñado de estados [que] saquean a la gran mayoría” no pretende ser una división estricta entre naciones imperialistas y oprimidas, sino una descripción sencilla de una jerarquía del poder global, donde incluso países capitalistas débiles tienen sus intereses imperialistas (aunque limitados) y se benefician del sistema imperialista.

Estos defensores señalan que la burguesía en pequeñas naciones capitalistas invierte en países vecinos, apoya intervenciones extranjeras, y se alía con las potencias imperialistas dominantes para incrementar su influencia regional. Por ende, estos países se consideran como plenamente integrados en el sistema imperialista.

Donde la pirámide imperialista fracasa teóricamente

En este texto, explicaré las dos líneas que existen hoy en las organizaciones revolucionarias con respecto al imperialismo. Hay varios matices dentro de cada lado, pero en esencia, todas caen en uno u otro bando.

Esta cuestión es de la máxima importancia, no solamente porque divide al movimiento comunista tanto a nivel nacional como internacional,  también porque configura básicamente cómo nuestra línea de acción debe estar orientada si queremos tener éxito en la superación del imperialismo.

La perspectiva global y el rol de los movimientos antiimperialistas

Lo que observamos a escala global es una lucha entre naciones opresoras y oprimidas – entre países imperialistas y países que han sido sometidos al imperialismo. Países cuyo desarrollo ha sido históricamente subordinado a los intereses de las potencias imperialistas están ganando cada vez más independencia económica y política. Aunque los países imperialistas han sido capaces de contener este desarrollo por un tiempo, éste no puede ser eterno. Esta no es una situación estática. Las fuerzas de clase que aspiran a desarrollarse siguen existiendo y continúan su lucha.

Estas fuerzas progresistas no solamente están compuestas por la clase trabajadora del Sur Global, sino también incluyen partes de la pequeña burguesía y de la burguesía nacional en los países oprimidos. La principal atadura en la cadena de opresión actualmente es el imperialismo. Aquello que convierte a un movimiento en uno progresista es su postura en la lucha contra este sistema.

El imperialismo no puede simplemente ser reducido a una serie de datos aislados – como por ejemplo cuánto capital exporta un país. Es una relación económica y política cualitativa – una parasitaria – que extrae el plusvalor del Sur Global para el beneficio de los países capitalistas. Cuando países comienzan a salirse de esta relación, ellos debilitan a todo el sistema imperialista. Aunque estos movimientos no son necesariamente socialistas, ellos crean las condiciones para un futuro socialista. Por lo tanto, en el Partido Comunista Danés apoyamos todos los esfuerzos del Sur Global para desarrollar sus fuerzas productivas y fortalecerse a ellos mismos política y económicamente contra el imperialismo.

La historia de la tecnología y la ciencia en la segunda mitad del siglo XX, tanto en la economía capitalista como en la socialista, incluye la automatización de la producción de mercancías para las masas y en este contexto surgen las computadoras y más tarde la interconexión de las mismas en lo que conocemos hoy como Internet. La red digital en occidente fue en principio un proyecto militar, después limitado al mundo académico y desde 1990 accesible para el público en general. La esperanza de los primeros internautas, de haber encontrado un sistema democrático, abierto a todo el mundo y capaz de resolver muchos problemas de la humanidad, coincidió en muchos aspectos con el movimiento contracultural de la costa oeste de los años 1960. Pero pronto, el capitalismo descubrió las posibilidades de negocio en la red digital. Además, en la economía de los países occidentales imperaban desde los años 70/80 las ideas neoliberales que pretendían hacer de cualquier actividad humana un modelo de negocio promocionando el individualismo extremo.

El movimiento de la contracultura de los años 1960 se extendió rápidamente y dio el salto a los países de la Europa occidental.  Las protestas contra la cultura conservadora de la generación de los padres, contra el consumismo, el racismo y la homofobia, contra la violencia de la policía y la guerra de Vietnam aparecieron mayoritariamente entre los jóvenes estudiantes y las hijas y los hijos de clase obrera se unían (México, Francia 1968).

Tanto la contracultura como la nueva izquierda (New Left) nunca tenían la cuestión de la clase o el imperialismo del sistema capitalista en cuenta. No cuestionaron el capitalismo como sistema económico y sistema de opresión.

Cuando aparecieron los primeros ordenadores en las universidades los estudiantes se rebelaron contra la nueva tecnología; rechazaron ser tratados como números y formados para encajar en las empresas y en la burocracia antiguas. Pero la contracultura perdió a finales de los 1960 fuerza y muchos se retiraron en comunidades que fundaron en las montañas y en el campo (también en Europa).

Para entender la lógica socio-económica del capitalismo digital es necesario dirigir el foco hacia la teoría de su modelo de producción. En los países industrializados se pretenden, después de la Segunda Guerra Mundial,  introducir nuevas tecnologías y ampliar la automatización. 1 En los años 1960 y más en los 70 se introducen los ordenadores en la administración de las empresas y también en la producción material. La introducción en la fábrica y la oficina de las tecnologías de los medios de comunicación, de la informática y de las telecomunicaciones es la culminación de un largo proceso de separación de la fuerza de trabajo de su participación directa en la producción. La vanguardia que lideró este proceso en la economía capitalista y que hasta hoy en día domina la ciencia y los medios de comunicación empezó en los USA y su centro tecnológico, económico e ideológico fue California. 2

El artículo se divide en varias partes y el método para descifrar los sucesos y episodios, el papel de los individuos y las condiciones de su actuación debe ser el Materialismo Histórico como lo desarrollaban Friedrich Engels, Karl Marx y Lenin. La filosofía subjetivista afirma un conflicto entre la necesidad histórica y el papel de los individuos; acusa al marxismo de ser un exponente del determinismo absoluto de la materia, lo que anula toda posibilidad de participación creadora del hombre en la historia. El desarrollo del capitalismo digital muestra que en realidad, son los hombres los que hacen la historia, pero la hacen en condiciones de existencia bien determinadas: la forma en que los hombres producen los bienes materiales e inmateriales y las relaciones sociales que realizan esta actividad productiva.

Las raíces materiales e ideológicas del capitalismo digital se encuentran en la costa Oeste de los USA, en primer lugar en la Región de Silicon Valley, la cuna de la economía digital. Es ahí donde se habían asentado durante y después de la Segunda Guerra Mundial empresas de tecnología punta. Muchos tenían contratos con los militares y trabajaron colaborando con las universidades de élite como Stanford. “En el corazón de Silicon Valey, nuestro Sunnyvale Campus es dónde los equipos desarrollan sistemas y armas de las próximas generaciones,” anuncia Lockheed Martin en su actual página web.

¿Por qué la Guerra Total contra el Mundo Emergente no es una nueva Guerra Mundial como las anteriores?  

UN REPASO HISTÓRICO (V parte y última)

El Imperio Occidental como un Imperio del Caos ya sin tapujos, fuera de convenciones y tratados, fuera de apariencias morales y definitivamente fuera de la ley -según está demostrando aún más en Palestina-, implica que en su desesperación rompe las propias reglas de “convivencia” que bajo su mando diera al mundo. Su actual prédica de “un mundo basado en reglas” quiere decir que ellos han cambiado las reglas y ya sólo cuentan las que ordenen tener en cada momento, que además podrán ser cambiadas al instante siguiente (un presidente mortífero y a la vez histriónico como Trump sólo es entendible bajo estas premisas y en una coyuntura así). A partir de ahora todo vale con tal de abortar la consolidación de un nuevo mundo multipolar, o revertir la multipolaridad ya realmente existente.

“Es una guerra de supervivencia para Occidente, no solo en términos geopolíticos, sino también ideológicos. El globalismo occidental, ya sea económico, político o cultural, no puede tolerar modelos civilizatorios alternativos. Las élites posnacionales de Estados Unidos y Europa occidental están comprometidas con preservar su dominio. La diversidad de cosmovisiones, la autonomía civilizatoria y la soberanía nacional no se consideran opciones, sino amenazas.” La Tercera Guerra Mundial ya ha comenzado, pero no todos lo entienden.

El unilateralismo estadounidense en el mundo postsoviético

Un repaso histórico III

Una vez eliminado el enemigo sistémico soviético, en los años 90 se terminaría de crear un entramado legal supranacional que consagraba un creciente peso o dominio del capital globalizado sobre las dinámicas de territorialidad política de la mayor parte de los Estados. De hecho, quedaría abolido de facto el sistema internacional basado en el principio de soberanía de los Estados nacionales heredado de Westfalia, que se sacrificaba al objetivo de proteger todas las formas de acaparamiento y propiedad del gran capital, especialmente ya las rentistas. La “soberanía popular” resultaba en la práctica desterrada.

Tal proceso es resultado y a la vez motivo del diverso desmoronamiento de fuerzas sociales que a escala interestatal propiciaron un cierto mayor equilibrio entre el Capital y el Trabajo tras la Segunda Gran Guerra del siglo XX. Lo cual significó al final del período el abortamiento del intento de ruptura del Segundo Mundo o “Mundo Socialista”, y con él, el agotamiento del desarrollismo tanto de independencia (África y Asia) como populista (NuestraAmérica) en el Tercer Mundo (con la consiguiente eliminación de éste como un Bloque-sujeto político internacional, obstruyendo incluso la posibilidad de que de él surgieran actores políticos autocentrados con nacionalismos soberanos[1]), así como el paulatino desmantelamiento de la socialdemocracia u “opción reformista” en el Primer Mundo.[2]

Con ello se produjo el espejismo de la ahistoricidad del Sistema: el capitalismo pasaba a contemplarse como imperecedero, además de como la única realidad pensable; de lo que se trataría en adelante, en el mejor de los casos, era de regular su funcionamiento de la mejor manera posible.

Esta situación de poder unipolar pasaba, asimismo, por conseguir el cerramiento de filas de las formaciones sociales centrales en torno a Estados Unidos en un esfuerzo común por contrarrestar las vías de autonomización de las formaciones periféricas, y arrinconar de una vez las luchas alternativas de sus poblaciones (lo que reforzaba la dependencia estratégica y militar del resto de países centrales respecto de la potencia norteamericana), en la que llamaron una nueva “gobernanza” del mundo. 

La guerra contra el Segundo y el Tercer Mundo como bloques históricos

UN REPASO HISTÓRICO (II)

A) La prolongación de la Segunda Guerra Mundial (o Tercera Guerra Mundial) camuflada como “Guerra Fría” contra el Mundo Socialista

El sistema capitalista que se había hecho mundial sufre la Gran Desconexión soviética, la cual iniciaba un ciclo de rupturas conformador de un Mundo Socialista que iría cobrando entidad y creciendo como un “Segundo Mundo” entre el “Primero” y el “Tercero” –apoyando precisamente también la independización autónoma de este último-. Quedaba, en consecuencia, aquel Sistema Mundial capitalista amputado o incompleto.

Pero en cambio conocerá, tras la Segunda Gran Guerra, una era de cohesión interna sin precedentes bajo el nuevo hegemón mundial capitalista: EE.UU. Éste asumiría la reestructuración del Sistema a escala planetaria, bajo su hégira.

El orden metabólico del capital requiere de estructuras políticas de mando, por más que muchas de sus claves de intervención, e incluso de las formas en que cobran existencia, pasen a menudo desapercibidas para las sociedades. En un capitalismo globalizado pero carente de una entidad política territorial global (algo así como un Estado mundial), buena parte de las estrategias de ese mando vienen ejercidas directa o indirectamente por la potencia dominante, un hegemón, el cual se encarga en mayor medida que ningún otro de crear o recrear, organizar y dirigir el conjunto de instituciones mundiales necesarias para la regulación global del Sistema. Desde mediados del siglo XX ese papel le ha correspondido a EE.UU. Esta formación social imperial, como veladora última del funcionamiento del capitalismo global, se ha encargado desde entonces de establecer el entramado jurídico-institucional valedor de la acumulación de capital a escala planetaria (FMI, BM, ONU, organismos internacionales diversos, el embrión de lo que sería una organización mundial del comercio -el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio-, cumbres de las principales potencias, tribunales de arbitraje internacional, “cooperación al desarrollo”, etc.). Su ambicioso proyecto de construcción del capitalismo global a imagen propia, pasa por un conjunto de dispositivos y medidas tendentes a garantizar la reproducción ampliada del capital a escala interna y global.

Ilustración de Francis Barlow para la fábula "El pastor mentiroso", llamada por él De pastoris puero et agricolis, 1687.

En una versión macabra del «Pastor mentiroso», la fábula de Esopo, el pastorcito gritaba, como en el cuento original, una y otra vez: «¡Qué viene el lobo!». Sin embargo, no era broma. El lobo acechaba en las sombras del bosque desde la primera vez. Además, era alimentado por él mismo, sacrificando alguna oveja. Su intención no era evitar que el lobo devorase al rebaño, sino impedir que le arrebatase el puesto. 

Hoy, la socialdemocracia (o quienes ocupan ese espacio político) repiten el mismo guión. Nos gritan «¡Que viene el lobo!», señalando al fascismo como la gran amenaza contra las libertades y la democracia. Así, nos exigen cerrar filas en torno a ella, presentándose como un «mal menor» que, dentro de sus límites para impulsar reformas, se erige en guardiana de los derechos conquistados en el pasado. 

Pero este chantaje, tan viejo como la fábula de Esopo, tiene un efecto perverso: la socialdemocracia, como el pastor del cuento, alimenta al fascismo día tras día, engordándolo hasta que, tarde o temprano, arrastre consigo a todo el rebaño, devorando además a quien le dio de comer. 

La acusación de que el oportunismo reformista alimenta al fascismo no es nueva, pero conviene recordarla cada vez que se intenta que la clase obrera avale aventuras políticas que, en realidad, se alinean con su enemigo de clase o con sectores del imperialismo que instrumentalizan al fascismo. 

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