La inseguridad se separa de sus causas estructurales —desigualdad, precarización, abandono territorial, violencia económica— y se transforma en una amenaza difusa, sin contexto ni historia, atribuida a figuras convenientes: el pobre, el migrante, el joven periférico, el manifestante. Así, el miedo se despolitiza mientras se politiza el castigo. La pregunta por el origen se reemplaza por la exigencia de orden, y la demanda de justicia social se degrada a sospecha de complicidad con el caos.

Chile ofrece un terreno fértil para esta operación debido a una historia marcada por el disciplinamiento social y por una transición que administró silencios más que conflictos. La promesa neoliberal de estabilidad y consumo dejó como herencia una sociedad fragmentada, con vínculos debilitados y una profunda desconfianza interpersonal. En ese vacío simbólico, la narrativa de la inseguridad opera como un pegamento perverso, une a sectores sociales distintos no por un proyecto común, sino por un enemigo compartido, real o imaginado. La derecha explota esta fisura con eficacia, presentándose como garante de un orden que ella misma contribuyó a erosionar.

Esa inseguridad no irrumpe en la escena política como un simple registro de hechos delictivos ni como una estadística fría que espera interpretación técnica. Se presenta, más bien, como un clima emocional cuidadosamente producido, una atmósfera que se respira antes de ser pensada, una sensación que antecede a cualquier verificación empírica. En el Chile contemporáneo, esta sensación ha sido convertida en materia prima de una forma sofisticada de guerra que no se libra en trincheras visibles sino en la percepción cotidiana, en el lenguaje, en la memoria y en el miedo. La derecha ha comprendido que gobernar el temor es más eficaz que discutir proyectos, y que la inseguridad, moldeada como relato, puede funcionar como un arma electoral de alta precisión.

El acuerdo de la UE para movilizar 90.000 millones de euros para Ucrania entre 2026 y 2027 mediante deuda común, tras descartar temporalmente el uso directo de los ingresos de los activos rusos congelados, confirma la primacía de los mecanismos financieros del capital monopolista. Esta decisión, calificada de "realista" por líderes como Macron, expone cómo la clase trabajadora de los Estados de la UE asumirá las cargas futuras de la austeridad, mientras el complejo militar-industrial y los bancos se benefician. Es la guerra como extensión de la política económica.

El mecanismo elegido —un préstamo respaldado por el presupuesto comunitario y emitido en los mercados de capitales— no fortalece una soberanía política, sino la hegemonía de los grandes monopolios financieros que operan en la UE. La deuda común no es solidaridad, sino un instrumento de dominación económica que convierte a Ucrania en una “colonia” crediticia.  Este proceso da comienzo con la guerra tradicional entre la OTAN y Rusia en Ucrania y la consecuente destrucción de viviendas, fábricas y centros de trabajo, permitiendo a diversos fondos de inversión yankis, especialmente BlackRock, hacerse dueños de facto del suelo ucraniano. Ahora, su reconstrucción no solo dependerá de estos fondos, sino que también quedará atada a los intereses de estos monopolios financieros de la UE, que verán en ella un nuevo campo para la inversión, las privatizaciones y la extracción de plusvalía.

La carga de este préstamo no se distribuye equitativamente. La exclusión negociada de Hungría, Eslovaquia y la República Checa de las obligaciones financieras directas demuestra que las economías del Este no están excluidas de la carga, sino sometidas a una jerarquía dentro de la UE.

Todo “año nuevo” se presenta como un fetiche del calendario, una ilusión aritmética que promete renovación automática allí donde sólo hay continuidad de las relaciones sociales. Foto: Reloj del Big Ben, en Londres / EFE.

Doce buenos propósitos para el “año nuevo” no son una lista de supermercado moral ni una cartilla de autoayuda, son una provocación histórica que interpela a la realidad con la crudeza de sus contradicciones y la empuja a definirse.

Todo “año nuevo” se presenta como un fetiche del calendario, una ilusión aritmética que promete renovación automática allí donde sólo hay continuidad de las relaciones sociales, y ese es el primer engaño que conviene desenmascarar porque el tiempo que transforma todo, no es sujeto histórico consciente ni fuerza emancipadora, es dialécticamente, el escenario material donde chocan las fuerzas materiales, y por eso se lo inviste de poderes mágicos para descargar en él la responsabilidad que el capitalismo rehúye asumir, como si bastara que el número cambie para que cambien las condiciones de vida de las mayorías.

Nuestro problema con el tiempo es, en realidad, el problema con quién lo convierte en arma de explotación y para qué, porque el capitalismo ha aprendido a fetichizar el reloj, a fragmentar la vida en turnos, plazos, cronogramas y vencimientos que organizan la explotación con precisión científica, mientras vende la fantasía de que cada “nuevo comienzo” es una oportunidad individual, nunca colectiva, para adaptarse mejor a lo mismo.

Así, el año nuevo funciona como anestesia ideológica, una pausa ritual que permite reciclar promesas sin tocar las estructuras, un respiro simbólico para seguir respirando injusticia el resto del año, y esa ilusión del cambio es profundamente funcional al orden dominante porque sustituye la transformación histórica por la expectativa psicológica, la lucha por el deseo, la organización por el brindis; la dialéctica del tiempo nos recuerda que no hay ruptura sin conflicto, que toda novedad real nace de una negación concreta de lo existente y no del simple transcurrir de los días, y sin embargo se insiste en un tiempo lineal, vacío, homogéneo, donde todo pasa pero nada se supera, donde las crisis se repiten como estaciones y la desigualdad se recicla con nuevos nombres.

El año que termina es testigo de la decadente madurez imperialista. No hemos asistido a una sucesión de acontecimientos sino a la decadencia imperialista que ya no oculta su naturaleza genocida. Es esa decadencia la causa objetiva de toda la destrucción, expolio y explotación que hoy asola al Planeta.Aqui hablamos de ello, pero también de los retos para el pueblo trabajador en este 2026.

Frente a la barbarie de las clases dominantes y la alienación cultural que genera, la Resistencia de los pueblos. Resistencia de pueblo organizado, como esperanza de la Humanidad y exigencia ética y compromiso irrenunciable de todo ser humano por el Futuro y la Vida digna.

Llegó la barbarie, luchemos por el socialismo.

Paz, techo, trabajo.

Por dónde empezar para hablar de la navidad, esa entrañable… ¿fiesta?, ¿ritual?, ¿tradición? Acaso es un acontecimiento que por su carácter masivo ya es asumible por cualquiera, incluso, necesario en cualquier sociedad, o solo es otro fenómeno que el capitalismo se ha apropiado para poder explotarlo en todas sus formas.

No hace falta ser muy revolucionario para darse cuenta del gran negocio que supone. Es general el consenso sobre la navidad como periodo de consumo masivo cuyos valores piadosos originales están casi borrados. Los propios religiosos lo saben y se afanan en hacer campañas caritativas durante esas fechas para intentar lavar un poquito algunas conciencias, a fin de cuentas, eso sí es tradicional, la limosna del rico para demostrar su gran misericordia y compasión. No hablemos ya de la hipócrita contradicción que entrañan los mismos que quieren poner belenes en cualquier espacio público porque son nuestra identidad, son los mismos que defienden al ente sionista, el Herodes de nuestro tiempo que masacra a miles de familias en Gaza. Son los mismos que le niegan el refugio a los miles y miles de Joses y Marías que llegan a Europa huyendo de la miseria y la guerra.

Es por tanto notorio, con sus villancicos en los hilos musicales de oficinas y centros comerciales, con sus miles de anuncios, letreros y escaparates invadiendo el campo visual, la lotería, los millones de vatios dedicados a adornar las calles, las cenas de empresa, la presión familiar, etc.,  que la navidad  es un auténtico espíritu de la historia, que te atrapa aun siendo crítico. Esta es, tal vez, la reflexión con la que contribuir, es un fenómeno que ilustra bien la naturaleza histórica del capitalismo. Por un lado, se trata de una tradición anterior, y en principio ajena a la lógica del capitalismo, pero que el capitalismo ha sabido apropiarse para su propio beneficio, esto mismo ocurre con cualquier tipo de cultura, tradición o discurso. Materialmente, es la explotación salvaje de la clase obrera, desde las fábricas, hasta las tiendas, en amazon o temu, es la quintaesencia  del extractivismo, cuántos minerales soportan el consumo navideño, y cuánto consumo está obligado a hacer una familia obrera para cumplir con los cánones. Ideológicamente, es el consumo como felicidad y cumplimiento de la expectativa aspiracional, es la centralidad de la civilización occidental. Aúna economía, tradición, simbolismo, a nadie le gusta pero, de un modo u otro, a todos absorbe.

Mientras se escribe el artículo la flota de los Estados Unidos ha secuestrado en aguas del Caribe un tercer petrolero procedente de Venezuela. Hace unas horas Donald Trump, el pirata naranja, declaraba que Venezuela debía devolver todo su petróleo a los Estados Unidos, amenazó también a Colombia y asesinó a cuatro civiles desarmados en una lancha en el Pacífico colombiano, ya van 99 civiles desarmados asesinados en las aguas del Caribe y del Pacífico.

Que la mayor potencia naval del mundo envíe su portaaviones más moderno y letal, el USS Gerald Ford y despliegue 40 buques de guerra más, entre destructores, submarinos, buques de asalto anfibios, cruceros portamisiles, 15.000 marines y soldados, bombarderos estratégicos B-52, cazas F-35, aviones de guerra electrónica… para asesinar a pescadores y civiles en lancha, parece, por lo menos, exageradillo.

Mientras, las empolvadas narices norteamericanas siguen aspirando como si no hubiera mañana y un ejército de zombis en busca de fentanilo y heroína vaga por las ciudades yankees.

No hay que ser muy inteligente para darse cuenta que esto no va de cocaína, si se es un poco avispado, no mucho después de que Trump exigiera a los venezolanos que debían devolver el petróleo norteamericano bajo el suelo de Venezuela, uno percibe que la cosa va de petróleo.

Realmente es la cocaína y el petróleo, y mucho más. Es el control de las rutas, flujos y capitales de la cocaína, es la obtención de petróleo a bajo coste. Pero es también y fundamentalmente la guerra con China, la guerra económica y la preparación para la guerra militar. El control de los recursos para alimentar una economía en declive, incapaz de remontar la tasa de ganancia, de recuperar sus áreas de dominio de dónde drenar recursos, capitales y vidas para alimentar un enfermo insaciable.

No es solo Venezuela, es Colombia, son los fascistas argentinos y chilenos, es Bukele, es Ucrania, es Palestina, Siria y el Líbano, es el Sahel, Burkina Faso, Marruecos y Argelia, India y Pakistán, Camboya y Tailandia… No hay rincón del mundo que no esté afectado por la violencia del imperialismo yankee que se resiste al empuje imparable de la economía china y un modelo multipolar, descentralizado y desdolarizado, un modelo en el que los EEUU no pueden existir como potencia imperialista hegemónica.

La guerra hoy se sigue librando en todo el mundo y Venezuela y Colombia son el siguiente espacio en pugna. Las mayores reservas de petróleo están en Venezuela y los EEUU las reclaman para sí, junto con inmensas reservas de gas, oro, coltán, bauxita y uranio.

Tras el supuesto “alto el fuego” y la maniobra de Trump, a pesar del silencio absoluto en los medios de comunicación occidentales, decenas de niñas y niños siguen siendo asesinados en Gaza por parte del ejército de ocupación sionista, que actúa impunemente.

Se hace la guerra a Yemen, que tras su posición heroicamente solidaria con Palestina, sufre un bloqueo por parte de occidente que le conlleva serios problemas de abastecimiento de fármacos y productos sanitarios que sufre su población.

Mientras tanto, Pedro Sánchez, que hace menos de un mes decía honrar a las Brigadas Internacionales con gestos y parafernalia, para vergüenza de todos y todas las antifascistas, frente al cuadro del Gernika, acuerda entregar más de 800 millones de euros para armamento al nazi Zelensky, presidente de Ucrania que continúa en el cargo a pesar de haber rebasado su mandato el pasado mes de mayo, e implicado directamente en casos de corrupción por el manejo de los mismos fondos europeos (y españoles, cedidos por el gobierno de coalición) para mantener la guerra de desgaste contra Rusia.

La dictadura marroquí de Mohamed VI mantiene su plan de extensión del Gran Marruecos, ambicionando territorios de Mauritania, Argelia y Canarias, y a costa de la colonización del territorio saharaui y el recrudecimiento de su pueblo, que se mantiene en pie de lucha, a pesar del abandono por parte de las instituciones internacionales y del estado español, responsable de su descolonización.

EE.UU, le cede a la Unión Europea el papel de hostigador de Rusia, para concentrar sus fuerzas  en lo que denominó su patio trasero, con la agresión y amenaza a Venezuela Bolivariana y el recrudecido bloqueo contra Cuba Socialista, mientras prepara la agresión militar contra China en el Pacífico y, principalmente, en la provocación constante con Taiwán. La potencia yanki, que ha venido dominando el mundo durante casi 100 años, comprende plenamente que ya no puede mantener su poder a través del dominio económico, y como hegemón mundial intenta mantenerse en pie a través de la guerra y la agresión en todos los planos, en coordinación con el bloque imperialista occidental, que se articula en torno a la OTAN. China ha ganado ya la carrera de la superioridad económica controlando gran parte de los circuitos productivos y del transporte mercantil mundiales, a través de su estrategia de construcción de una comunidad de futuro compartido, basada en relaciones de respeto e intercambio mutuo entre estados, por lo que al imperialismo solo le queda morir matando, destinando todos sus recursos a la industria de la guerra.

El Comité antiOTAN de L’Alacantí organizó el pasado 13 de diciembre una interesante actividad dentro del marco de la Campaña “Que no nos arrastren a la guerra” promovida por la Coordinación Estatal contra la OTAN y las Bases (CECOB). Bajo el título “EL REARME ENGULLE LOS SERVICIOS PÚBLICOS” con la participación del periodista vasco Juanjo Basterra, miembro de Sare Antifaxista y con una larga carrera profesional en el periodismo económico y laboral en Egin y Gara que acredita su rigor y compromiso antiimperialista e internacionalista. Gentilmente se dejó "asaltar" por nuestros micrófonos y aquí te avanzamos unas notas de las consecuencias directas del desarrollo de la economía de guerra en las prestaciones sociales que fue el eje central de su presentación.

Ni guerra entre pueblos, ni paz entre clases

#QueNOnosArrastrenALaGuerra

#TuluchaDecide

Cuando a raíz del triunfo del candidato de la extrema derecha en las elecciones a la presidencia de Chile, en el indefinido espacio de la autodenominada izquierda política y social española,  lo único que se suceden son las proclamas de siempre a favor de defender la democracia  liberal y sus valores frente a los ataques de la reacción, no es posible permanecer callado sin situar algunas ideas y propuestas diferentes. Posicionamientos que sirvan de referencia a quienes no ven reflejadas sus inquietudes y/o aspiraciones en esas explicaciones trufadas de  lugares comunes y derrotismo de una socialdemocracia que, al igual que el sistema que defiende y representa – el Capitalismo-, ya no tiene nada positivo que ofrecer a las masas trabajadoras.

Se impone, por tanto, explicitar planteamientos desde los que, no solo interpretar de forma distinta la lamentable elección de este siniestro personaje marcadamente ultraliberal, oligárquico, autoritario y anticomunista, sino con los que, al mismo tiempo, situarse ante el avance ultra para enfrentarlo y derrotarlo.

Posiciones desde las que, frente al sistémico “turnismo” izquierda/derecha tan propio de las democracias representativas burguesas,  construir una alternativa realmente transformadora  –socialista- con la que enfrentar la ofensiva actual del Capital contra la clase trabajadora y la soberanía de los pueblos.

Hoy, cuando ya es una necesidad inaplazable situar las bases políticas y organizativas de la imprescindible contraofensiva que, en defensa de los intereses de la clase trabajadora y los sectores populares, enfrente todo el entramado de dominación del bloque oligárquico; incluido el triunfo de candidatos como Trump, Milei o Kast, no es posible aceptar como válidas las explicaciones del reformismo y la socialdemocracia para tratar de justificar su continuidad como mal menor frente al avance de la reacción.

 Aceptarlas y situarse en esas claves de análisis que ocultan la realidad de su gestión absolutamente comprometida con el imperialismo y la patronal, mostrándose como alternativa posible a una derecha política que, en esencia, no plantea nada diferente a lo que es la práctica diaria de ellos, es un engaño inaceptable.

Hablemos de hechos y no de retóricas frases cargadas de significantes vacíos con las que pretender seguir manipulando a las masas una y otra vez y veremos la realidad de su gestión.

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