El desarrollo capitalista en Canarias ha arramblado con los restos de una sociedad agrícola, aislada y subsistente que no olvida su origen colonial. El turismo como único importador de divisas ha sepultado bajo piche y hormigón las antaño casas y pueblos pesqueros de la vertiente sur de las islas. La segregación entre las zonas delimitadas para turistas y las que son para trabajadores es una consecuencia directa de ello, que se viene dando desde que la industria agroalimentaria de exportación toca fondo, pero los ritmos en que se han dado las últimas transformaciones significativas datan de los años noventa. Con la infraestructura que el capital privado británico, y posteriormente el institucional europeo, brindaron se levantaron urbes y avenidas que propiciarían la turistificación de las costas por un lado, y la proletarización de la clase trabajadora en torno a “ciudades-dormitorio” y urbanizaciones de afueras por otro, además ante la creciente demanda de mano de obra en torno a zonas en auge que en origen habían sido poco habitadas llegaron remesas de migrantes de todo el mundo.

Millones de personas en el estado español llegan a duras penas a fin de mes y muchas ni eso. La pandemia ha agravado esta realidad y crecen las colas de personas que necesitan ayuda para comer. El problema que las origina no es nuevo: un sistema económico y social que genera una miseria crónica y estructural, y que el recién aprobado Ingreso Mínimo Vital (IMV) puede ayudar a paliar pero no solucionar.

El hoyo narra una distopía en la que una serie de individuos aislados, dos por planta, viven en un rascacielos sin ventanas en el que toda relación social es mediada por un ascensor que transporta comida. Los individuos, que han entrado por condena o voluntariamente, son sorteados cada semana entre la opulencia alimenticia o la miseria más absoluta. Solo una cosa queda clara: no hay comida para todos, si la fortuna te aloja en las primeras plantas puedes saborear hasta la más sofisticada delicatessen; a partir de cierta planta no quedan ni la mínima sobra y los personajes son forzados incluso al canibalismo para sobrevivir.

Las dos ideas claves en las que se sostiene la película son que, en primer lugar, las posiciones sociales son fruto del azar y, en segundo, lugar que no hay recursos suficientes para todos. No se puede afirmar ni negar nada del sistema de distribución que se representa como la cocina de un gran restaurante que cuida hasta el último detalle de la presentación del plato. Dicho de otro modo, el sistema económico se da por supuesto.

El lenguaje es una expresión acabada de la ideología. Y la ideología dominante nos ha ido cambiando las palabras para envolver y ocultar lo que el sistema de dominación ha hecho con las personas ancianas. Desecharlas socialmente, aparcarlas y amontonarlas mientras aún respiran para poder hacer negocio. El proceso empezó hace años, cuando el capitalismo descubrió que incluso de las personas que ya no podía explotar en el mercado laboral, podía obtener un beneficio. Carne humana como nicho de mercado.

El confinamiento obligatorio (salvo que tengas que ir a continuar levantando la economía del país) está acarreando funestas consecuencias para la clase trabajadora y especialmente a las mujeres. El virus no tiene clase social ni género, aunque las medidas para enfrentarlo y las condiciones materiales del confinamiento sí tienen clase y género.

Si algo ha dejado en evidencia la crisis del coronavirus ha sido los pies de barro del modelo de “no hay alternativa” o el sistema menos malo. El capitalismo desde el minuto uno de esta crisis sanitaria ha dejado ver sus múltiples carencias y su carácter violento. La prioridad para los gestores del sistema siempre ha sido salvaguardar los intereses económicos de la burguesía, por encima de las vidas humanas y los criterios sanitarios. La clase obrera ha visto agudizadas las agresiones que sufre sin ambages, por parte de un modelo de sociedad que la condena a jugarse la vida yendo a trabajar en plena pandemia para sostener la tasa de ganancia de los parásitos capitalistas.

Las tareas de cuidado, aunque se ejercen también como una profesión o un oficio, son hechas mayoritariamente por mujeres dentro de sus propias casas. En el actual contexto por el que atraviesa el mundo, ante la permanencia y avance de la COVID-19, su aporte se hace aún más valioso, y con ello la importancia también de compartir las responsabilidades.

La Miguelito Pepe es “una organización argentina de educadorxs populares que luchan con compromiso militante por la dignidad y el protagonismo social y político de niñas, niños y adolescentes de las clases populares”. Así se declaran.

Recientemente publicó en su Facebook cifras sobre la realidad que viven niñas y niños en tiempos de pandemia.

En España se detectaron en la primera semana de cuarentena 17 mil descargas de pornografía infantil. Y se registró en la segunda un aumento de un 25 %. En Italia se incautaron 108.124 GB de contenido de pornografía infantil; se realizaron 181 denuncias y se acometieron 83 delitos por pornografía. Por su parte en Argentina “ocho de cada diez niñxs abusadxs pudieron decirlo en la escuela a sus maestrxs. La mayoría en clases de Educación Sexual Integral. Cero niñxs van hoy a la escuela”.

El gobierno ha anunciado que en mayo implementará el ingreso mínimo vital, una renta que recibirán aquellos hogares con ingresos muy escasos o sin ellos, como ayuda para cubrir sus necesidades más básicas. Aunque no se conocen todos los detalles, se han adelantado algunas aproximaciones: beneficiará a un millón de hogares y su cuantía está aún por concretar, variando en función de la situación familiar y su nivel de renta. Además, será una medida de carácter permanente y estará, según dicen, vinculada a la inserción laboral. También se conoce que complementará a las ayudas autonómicas ya existentes y que su coste rondará los 5.500 millones de euros anuales (1).

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