Hay una penosa realidad: Vietnam, esa nación que representa las aspiraciones, las esperanzas de victoria de todo un mundo preterido, está trágicamente sola. Ese pueblo debe soportar los embates de la técnica norteamericana, casi a mansalva en el sur, con algunas posibilidades de defensa en el norte, pero siempre solo. La solidaridad del mundo progresista para con el pueblo de Vietnam semeja a la amarga ironía que significaba para los gladiadores del circo romano el estímulo de la plebe. No se trata de desear éxitos al agredido sino de correr su misma suerte, acompañarlo a la muerte o a la victoria.

El imperialismo norteamericano es culpable de agresión; sus crímenes son inmensos y repartidos por todo el orbe. ¡Ya lo sabemos, señores! Pero también son culpables los que en el momento de definición vacilaron en hacer de Vietnam parte inviolable del territorio socialista, corriendo, así, los riesgos de una guerra de alcance mundial, pero también obligando a una decisión a los imperialistas norteamericanos. Y son culpables los que mantienen una guerra de denuestos y zancadillas comenzada ya hace buen tiempo por los representantes de las dos más grandes potencias del campo socialista.

Ya que, con su amenaza de guerra, los imperialistas ejercen su chantaje sobre la humanidad, no temer la guerra es la respuesta justa.

La tarea de la liberación espera aún a países de la vieja Europa, suficientemente desarrollados para sentir todas las contradicciones del capitalismo, pero tan débiles que no pueden ya seguir el rumbo del imperialismo o iniciar esa ruta.

El campo fundamental de la explotación del imperialismo abarca los tres continentes atrasados: América, Asia y África.

Definir al individuo en su doble existencia de ser único y miembro de la comunidad es reconocer su cualidad de no hecho, de producto no acabado. Las taras del pasado se trasladan al presente en la conciencia individual y hay que hacer un trabajo continuo para erradicarlas. El proceso es doble: por un lado, actúa la sociedad con su educación directa e indirecta; por otro, el individuo se somete a un proceso consciente de auto-educación.

La mercancía es la célula económica de la sociedad capitalista; mientras exista, sus efectos se harán sentir en la organización de la producción y, por ende, en la conciencia.

En el esquema de Marx se concebía el período de transición como el resultado de la transformación explosiva del sistema capitalista destrozado por sus contradicciones; en la realidad posterior, se ha visto cómo se desgajan del árbol imperialista algunos países que constituyen ramas débiles, fenómeno previsto por Lenin.

Puesto que el capital fijo, encarnado en un sistema de máquinas que ocupan el lugar del sujeto, se apropia del conjunto del trabajo social y lo integra como parte de su rendimiento, la clase trabajadora se ve confrontada no sólo con los capitalistas o sus agentes vivos sino con la totalidad social que ella misma produce y confirma prácticamente. Las palabras literales con que Marx describe en el capítulo VI de El Capital la situación del individuo dentro del capitalismo avanzado son las siguientes: subsumido bajo el capital, desposeído de las condiciones sociales, impotente fuera de la estructura capitalista, dependiente, superfluo, sujeto a poderes ajenos.

En la era del capitalismo tecnológico no sólo permanece el valor, el trabajo-mercancía, el fetichismo y la alienación, sino que los rendimientos de la digitalización amplían e intensifican su potencial colonizadora. La digitalización permite al capital formas mutantes y fluidas de acceder a la fuerza de trabajo, de apropiarse de su valor de uso y de explotarla. Cómo explica, por ejemplo, Trevor Scholz, el trabajo digital es cualquier cosa menos “inmaterial”. Se trata de un conjunto de actividades humanas orgánicas, basadas en cadenas de suministro mundiales de producciones industriales y que requieren multitud de dispositivos conectados en tiempo real. Más allá del problema de la remuneración o no-remuneración del trabajo digital, está claro que no puede existir sin las redes de suministros y atención que hacen posible la existencia misma de la fuerza de trabajo exigida como “flexible”. Asimismo requiere de estructuras de todo tipo que hagan posible la producción, desde las infraestructuras de transporte hasta las plantas de embalaje en Shenzhen y la extracción de minerales de tierras raras en la República Democrática del Congo.

La nueva articulación tecnológica del mundo a partir de los años 90, la revolución microelectrónica y la subsiguiente digitalización intensifican la temporalidad universal establecida por el “capitalismo tardío”. Por medio de aquella revolución nuestro modo de vida se compone de nuevas formas entitativas cuya temporalidad puede denominarse “cibertiempo”, que permite fechar con precisión todo posible acontecimiento dentro del “discurrir” mensurable y homogéneo. Mientras las condiciones técnicas no sufran una conmoción catastrófica, los registros son indelebles y automáticos en los nudos de memoria, en los “servidores sirena” y “plataformas”.

Quien dispone del poder técnico se habrá apropiado de la posibilidad de dirigir y vigilar a los actores, de predecir los acontecimientos e intervenir en ellos. Los dispositivos digitales no sólo hacen posible extremar la eficiencia en el control y la vigilancia, dirigir y coordinar la producción, sino que lo hacen como capital fijo. Por una parte, la acumulación centralizada de datos se convierte en fuente de valor para ese capital y crea nuevos sectores económicos; por otra, el cibertiempo (el registro universal) retro actúa sobre la economía preexistente y acelera la imposición universal de la temporalidad abstracta del valor.

La conformación tecnológica del mundo actual es esencialmente capitalista. Frente al discurso saludando la aparición de una “nueva” economía de plataforma, de “malla”, etc., los resultados recientes de la llamada “revolución microelectrónica” son desarrollados e implantados como técnicas del proceso de valor, como capital fijo. Se producen los desarrollos técnicos para el proceso de valoración y sirven para el dominio del capital y en ellos se prolonga el fetichismo y la alienación constitutivos de la totalidad antagonista de la sociedad capitalista. Ya Marx indicó reiteradamente la subsunción de la tecnociencia bajo el capital, la existencia de sus resultados materiales como “capital fijo”. Precisamente el que las fuerzas productivas y relaciones de producción se hayan fundido unas con otras en el crisol de lo técnico y “administrativo” conforma la ideología característica del capitalismo tardío.

Marx pensaba que la revolución constante de sus estándares tecnológicos y organizativos constituyen una peculiaridad histórica del modo de producción capitalista: a la mediación social fundada en el valor, la obtención del plusvalor y la acumulación, le es inherente la transformación constante de su base tecnológica.

Marx asigna al sistema crediticio un rol bifacético, que favorece por un lado el desarrollo de las fuerzas productivas y, por otro, impulsa a la sobreproducción y a la especulación; siendo, por tanto, un factor de crisis. Señala, en relación al primer aspecto, que el crédito contribuye a la formación de una tasa media de ganancia, reduce los costos de circulación, acelera la circulación de las mercancías y moviliza capitales dinerarios ociosos para que sean invertidos productivamente. También impulsa la formación de sociedades por acciones “acelerando el desarrollo material de las fuerzas productivas y el establecimiento del mercado mundial”.

Pero, en el otro lado, el sistema crediticio “aparece como palanca principal de la sobreproduccion y de la sobreespeculación en el comercio”. Y esto sucede porque con el crédito se lleva al límite extremo el proceso de reproducción, y porque una parte sustancial del capital es empleado por no propietarios del mismo, que se embarcan en peligrosas maniobras especulativas. El crédito contribuye a la expansión de la acumulación y la producción capitalista, las cuales desembocan en las crisis y las depresiones.

Las Ciencias Naturales de la primera mitad del siglo XVIII se hallaban tan por encima de la antigüedad griega en cuanto al volumen de sus conocimientos e incluso en cuanto a la sistematización de los datos, como por debajo en cuanto a la interpretación de los mismos, en cuanto a la concepción general de la naturaleza. Para los filósofos griegos el mundo era, en esencia, algo surgido del caos, algo que se había desarrollado, que había llegado a ser. Para todos los naturalistas del período que estamos estudiando el mundo era algo osificado, inmutable, y para la mayoría de ellos algo creado de golpe y porrazo.

Hay que señalar los grandes méritos de la filosofía de la época que, a pesar de la limitación de las Ciencias Naturales contemporáneas, no se desorientó y -comenzando por Spinoza y acabando por los grandes materialistas franceses- esforzándose tenazmente para explicar el mundo partiendo del mundo mismo y dejando la justificación detallada de esta idea a las Ciencias Naturales del futuro.

Lyell fue el primero que introdujo el sentido común en la geología, sustituyendo las revoluciones repentinas, antojo del creador, por el efecto gradual de una lenta transformación de la Tierra.

“Si la liberación de la mujer es impensable sin el comunismo, el comunismo es también impensable sin la liberación de la mujer”. La sentencia de Inessa Armand pudiera remitir a un lugar común. Pero es mucho más. Es un programa político que quiebra con lo más impedido de las vulgarizaciones mecanicistas del marxismo.

Resulta difícil obviar que existe relación entre la mejora de las condiciones de la mujer y los avances en materia de igualdad en los países donde se trató de construir el socialismo, sin embargo a nivel global los avances y retrocesos, así como las diferencias y grados de las conquistas en el camino de la emancipación de las mujeres son notables.

Alexandra Kollontai, la primera ministra de la historia, tardaría tan solo seis meses en advertir que además de declarar la igualdad por ley era necesario implementar medidas para combatir lo que hoy se denominaría ideología patriarcal.

El patriarcado, que surge en las primeras sociedades clasistas, no es un producto del modo de producción capitalista y, por tanto, no desaparece automáticamente junto con la propiedad privada de los medios de producción. Perdura en el tiempo en los procesos de edificación del socialismo por algo más que la inercia de las costumbres arraigadas.

El trabajo es la fuente de toda riqueza, afirman los especialistas en Economia política. Pero el trabajo es muchísimo más que eso. Es la condición básica y fundamental de toda la vida humana.

[…]

Estos monos se fueron acostumbrando a prescindir de ellas {las manos] al caminar por el suelo y empezaron a adoptar más y más una posicion erecta. Fue el paso decisivo para el tránsito transito del mono al hombre.

Las funciones para las que nuestros antepasados fueron adaptando poco a poco sus manos durante los muchos miles de años que dura el período de transición del mono al hombre sólo pudieron ser, en un principio, funciones sumamente sencillas.

La mano no es sólo el órgano del trabajo, es también producto de él. Únicamente por el trabajo, por la adaptación a nuevas y nuevas funciones, por la transmisión hereditaria del perfeccionamiento especial así adquirido por los músculos, los ligamentos y, en un período más largo, también por los huesos, y por la aplicación siempre renovada de estas habilidades heredadas a funciones nuevas y cada vez más complejas, ha sido cómo como la mano del hombre ha alcanzado ese grado de perfección que la ha hecho capaz de dar vida, como por arte de magia, a los cuadros de Rafael, a las estatuas de Thorwaldsen y a la música de Paganini.

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