En el último plano de la película “El Gatopardo” (1969) de Luchino Visconti (1906-1976), el príncipe Salina desaparece en las sombras de un lúgubre callejón, abandonando así el escenario de la vida, que será dominado a partir de entonces no por gatopardos sino por hienas y chacales. Es el Risorgimento italiano en la Sicilia del siglo XIX, donde la burguesía toma el poder y el representante de la aristocracia decadente transige, no sólo porque se siente envejecer, sino porque es consciente de que su tiempo, su época, se acaba.

Más de 750.000 contagiados por Covid-19; 41.000 fallecidos (en gran parte negros e inmigrantes latinos); 23 millones de parados en un mes sin apenas derecho al paro; carencia acuciante de hospitales públicos, médicos, enfermeras y material sanitario; 30 millones de personas sin seguridad social; atenciones médicas en clínicas privadas a precios descomunales; centenas de cadáveres no identificados o sin una familia que los reclame enterrados en fosas comunes en la neoyorquina isla de Hart.

Cuando María Isabel Luisa de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, más conocida en su casa a la hora de comer como Isabel II de España, tomó las de Villadiego y se exilió en París en 1868 forzada por una “Revolución Gloriosa” cansada de corrupción, desigualdad social, vacío de poder y otros delirios lujuriosos de su graciosísima majestad, empezó en España, entre el himno de Riego y los gritos de ¡Mueran los Borbones!, el primer intento del capitalismo hispano por dotarse de un régimen político democrático.

¡Huy, yu, yui! todo lo que íbamos a ver cuando llegara Unidas Podemos al codiciado poder. Iba a ser la hostia, lo nunca visto. Por fin la maldita “casta”, tan vilipendiada por los chicos del 15M, sería historia del pasado, y estos insurrectos prestos a comerse el mundo en 2011 asaltarían cielos y tutti quanti. La expectación era enorme, pero la prudencia se imponía esperando los frutos de los acuerdos entre “las organizaciones de izquierdas”. Fueron días de auténtica zozobra.

 

Los listillos de nuestros días, esos que dicen estar de vuelta del sitio al que nunca fueron: renegados, oportunistas, reformistas y socialdemócratas de todo tipo, deben comerse las uñas cada vez que vean, oigan o lean lo que está sucediendo en el país vecino desde hace 47 días cuando redacto estas líneas. Una huelga interprofesional indefinida contra la contrarreforma de las pensiones presentada por el gobierno neoliberal de Emmanuel Macron que rompe esquemas preestablecidos. Los de los consensos, pactos y demás triquiñuelas para preservar la “paz social”.

Han pasado tres años ya desde que el 30 de noviembre de 2016 emprendieras un viaje en sentido inverso al que, en enero de 1959, hizo la “Caravana de la Libertad” trayéndonos tu Revolución victoriosa hasta La Habana. Hace ahora 61 años. Un recorrido de unos 1000 kilómetros de distancia entre la capital habanera y Santiago de Cuba, en el que miles de cubanos/as y revolucionarios/as del mundo entero te acompañamos conmovidos/as hasta tu última morada en el cementerio de Santa Ifigenia, donde una sobria y sólida roca recuperada de la mítica Sierra Maestra, y presidida por una sencilla placa de color verde olivo con tu nombre, guarda tus cenizas para la eternidad. Un lugar y una tumba cerca del mausoleo del héroe nacional cubano José Martí, que, con esmero, escogiste tú cuando caíste gravemente enfermo en 2006.

Nada de marear la perdiz. Directo y al grano. Durante muchos años (lustros que parecían siglos) yo desee la peor muerte para el rollizo dictador de voz atiplada; sí, para el que llaman todavía caudillo de España por la graciosa voluntad de un dios particular. La misma deidad y el mismo cabecilla que muchos/as fascistas vindican hoy con impasible ademán. En concreto yo ansié aquel óbito que tanto se hacía esperar desde que por genes y enseñanzas paternas se me abrieron puertas y ventanas por donde poder arrojar miedos, ignorancias y absurdas supersticiones castradoras. Fue a partir de entonces cuando comenzó para mí el principio del fin del túnel.

De entre las capacidades y aptitudes que el sistema de producción capitalista posee para destrozar la entereza del respetable, destaca una particularmente maliciosa desde el punto de vista político: orquestar ilusorias y capciosas consultas electorales. Una práctica política que en periodos de tolerancia el poder burgués enarbola regularmente para transfigurar las realidades en apariencias, tratando de hacer creer, por ejemplo, que el pueblo llano (hoy le llaman ciudadanía) detenta la suprema potestad. Y que, por consiguiente, se hará lo que decida su voluntad. Sin embargo nada es más falso, pues, una vez terminados los saraos electorales y elegidos/as a quienes se autoproclaman “representantes legítimos del pueblo”, éstos/as campan a sus anchas, se despojan de sus máscaras, y defienden, a regañadientes algunos/as y persuadidos/as la mayoría, a quienes les pagan: los siempre insaciables y voraces dueños de los medios de producción, los capitalistas. Y eso, le parezca bien o no a la, a partir de entonces, turbada plebe. Potentados millonarios, por demás, que, a través de sus devotos/as representantes políticos, elaboraron previamente leyes y artimañas para obstaculizar al máximo cualquier posibilidad de victoria electoral de las opciones revolucionarias. Y a ese “juego pérfido”, que nosotros/as llamamos “dictadura del capital”, ellos/as le llaman democracia. Pero no lo es. Aunque muchos/as se lo hayan creído desde hace tiempo, y todavía hoy, con la que está cayendo y la que va a caer, se lo siguen creyendo.

Después de más de 50 años de conflicto armado entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP) y los diferentes gobiernos de Colombia que en ese tiempo se sucedieron, y con más de 250.000 víctimas directas, ambas partes, es decir las FARC-EP y el gobierno de Juan Manuel Santos, decidieron iniciar conversaciones de paz para concluir en un “Acuerdo para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera”. Los encuentros extraoficiales tuvieron lugar en Cuba durante el año 2011, y a partir de ahí, las partes elaboraron una agenda de reuniones y de lugares en que se celebrarían.