Cuando hablamos de la doble opresión de las mujeres trabajadoras en el capitalismo, podría entenderse que las mujeres que deciden vivir abiertamente su orientación sexual se “ahorran” parte de la opresión relacionada con el ámbito familiar.

Nada más lejos de la realidad, pues las mujeres sufren la opresión de mano del patriarcado en el capitalismo sólo por el hecho de ser mujeres.

También se podría suponer que la actuación de estas mujeres pone en peligro la institución de la familia por cuestionarla como pilar básico de sustento del sistema y que, por eso, el sistema las oprime todavía más. Otra falacia. Hoy en día se puede afirmar que el capitalismo está asimilando los nuevos modelos de familia. Y que mientras exista capitalismo, existirá la familia para resolver el trabajo de cuidados invisibilizado y no remunerado.

 

Nomzamo Winifred Zanyiwe Madikizela Winnie Mandela, nació en un pueblo rural del Cabo Oriental, Bizana en 1936. Su infancia estuvo marcada por el severo metodismo de su madre y la orientación radical africana de su padre. Estudiaba, ayudaba en la granja y tras las muertes de su hermana y su madre por tuberculosis, asumió junto con sus hermanas las tareas de cuidado de la familia.

Desde niña tuvo experiencias que la concienciaron del significado del apartheid y las restricciones e injusticias que el racismo significaba en Sudáfrica. Por su padre, conoció de las guerras xhosa contra los colonizadores, se imaginó retomando esa lucha: “Si fracasaron en esas nueve guerras de Xhosa, yo soy uno de ellos y partiré desde donde los Xhosa se detuvieron y recuperar mi tierra.” Cuando su abuela le enseñó que la fuente del sufrimiento negro era el poder blanco, su estructura política quedó definida. La desposesión de tierras asociada a la idea de la raza, fundamentales para el colonialismo, eran una cuestión central en su lucha política.

Las pensiones de las mujeres trabajadoras son la consecuencia de una vida laboral construida a golpe de precariedad, jornadas reducidas, temporalidad, contratos basura, trabajos a tiempo parcial, economía sumergida, trabajo doméstico gratuito y salarios significativamente inferiores a los que perciben los varones.

Las cifras hablan solas, y evidencian la desigualdad existente no sólo en las condiciones de la vida laboral entre ellos y ellas, sino también en la gran brecha salarial que se manifiesta llegada la hora de la jubilación.

Nosotras, las mujeres somos la mitad de los 9,5 millones de personas con prestaciones por jubilación reconocida por la Seguridad Social.

Pero el capitalismo y el patriarcado han convertido la vida laboral de las mujeres en una carrera de obstáculos hasta el mismo momento de la jubilación y cuando una mujer alcanza la edad y cumple las condiciones para percibir una pensión, después de una vida entera de dobles o triples jornadas, otra vez más, nos damos de frente con la maldita brecha de género que se expresa, primeramente, en el número de las mujeres en las pensiones contributivas de jubilación y en segundo lugar en la cuantía que perciben.

Durante la II República, al mismo tiempo que aumentaba la incorporación de la mujer al mundo laboral y a las protestas populares, iba aumentando su afiliación a las organizaciones obreras. Los sindicatos comienzan a comprender la necesidad de incorporar a la mujer a sus filas. El Congreso de la UGT de 1932 incluye por primera vez en su programa la consigna de "igual salario a igual trabajo”. La II República es la etapa histórica en que la mujer irrumpe en nuestro país con mayor fuerza, presencia y compromiso en la lucha por la República, el Socialismo y por su propia liberación como género. Y no es por casualidad que ese momento de avance feminista sin precedentes coincida con la mayor tensión de la lucha de clases, con un movimiento obrero extraordinariamente estructurado y unas organizaciones revolucionarias que a punto estuvieron de tomar el poder y ganar la guerra al bloque burgués.

Sin embargo, en el S. XXI, que nos venden los medios de propaganda como del resurgir feminista, vemos que no camina la lucha de clases a aquellos niveles de derrota de las clases dominantes. No decimos que sea culpa de ese supuesto resurgir, sino del tipo de feminismo que es hegemónico: blanco, burgués, interclasista,… Cuando vivimos en una sociedad dividida en clases, el feminismo siempre estará dividido y conjugará las reivindicaciones de género con los intereses de la clase social de las distintas mujeres. Cada clase social percibe la lucha feminista en función de los privilegios de clase que disfruta o de la explotación que padece. El problema está en “abrazar” acríticamente los postulados feministas de las clases dominantes (da igual que sea versión socialdemócrata, postmoderna o liberal) todas ellas defienden el sistema económico capitalista, e incluso las hay quienes hablan de que el “sistema es el patriarcado” y el capitalismo es su instrumento.

En octubre de 1931 las Cortes Constituyentes de la Segunda República aprobaron el derecho al voto de las mujeres después de un intenso debate en el que uno de los argumentos usados en contra de aprobarlo era que no se podía confiar en que las mujeres votaran con independencia y a favor de la república, 88 años después el debate sigue siendo intenso y la disputa por el voto femenino se ha vuelto crucial para la estrategia de los partidos. Después de dos años de convocatoria de huelga feminista con un seguimiento masivo en las movilizaciones del 8M, el feminismo se ha situado en el centro de la campaña, las mujeres son el 51% del censo y el 60% de las personas votantes indecisas, es decir cuatro millones aún no han decidido a qué partido apoyarán, según el barómetro del CIS para las próximas Elecciones Generales.

La burguesía sigue saqueando hasta los últimos rincones de nuestra humanidad: ahora resulta que Europa piensa chantajear a las mujeres migrantes: "si nos regalas tus hijos, te damos una tregua en la aplicación del Apartheid Europeo (mientras gestas para nosotros)"...

La derecha propone una nueva extorsión contra las mujeres migrantes de la clase explotada: a las que entreguen a sus hijos en adopción (como si sus bebés fueran un mero pedazo de carne) les será acordada una tregua en cuanto a la persecución implacable de las leyes de inmigración europeas, de manera a que puedan ofertar el fruto de sus entrañas. ¿Alguien dijo Esclavismo? ¿Alguien dijo chantaje y saqueo de la vida humana?

La Guerra Nacional Revolucionaria terminaba “oficialmente” el 1 de abril de 1939, cuando el dictador Francisco Franco pronunciaba las palabras “La guerra ha terminado”, y a la vez que terminaba la guerra comenzaba un largo proceso de represión y asesinatos por parte del régimen a todo aquel que hubiese luchado contra él.

Es, en estas circunstancias, como muchos miembros de las Juventudes Socialistas Unificadas comienzan a partir hacia el exilio, mientras otros se quedaban en España pasando la militancia clandestina, la cual se haría cada día más difícil. Cuando las tropas franquistas ocuparon Madrid, lograron hacerse con distintos archivos de las JSU y así comenzaron las detenciones de sus militantes, entre las que se encontraban las conocidas como las Trece Rosas.

El sistema capitalista somete a explotación y sobre explotación al conjunto de la clase obrera. Pero nadie puede negar que es la mujer obrera la que sufre en primera persona con más violencia todas las lacras laborales y sociales del sistema capitalista. Carlos Marx caracterizo con suficiente acierto la división de clases existente en el capitalismo, en este como principal división se encuentran los productores, proletariado, y los dueños de los medios de producción, burguesía, dicho de otra forma, explotados y explotadores. Y entre los explotados un sujeto humano que sufre la doble explotación del capital es la mujer trabajadora, esta explotación se acentúa en la condición de madre y esposa de obreros, pero hay un sector o nicho de población perteneciente a la clase obrera que está siendo explotado en ecuación de múltiplo es la mujer trabajadora con discapacidad. Estas obreras que sufren discapacidades en la mayor de las ocasiones psíquicas, deberíamos de puntualizar que algunas de estas son producto de situaciones relacionadas con la maternidad o convivencias en pareja, son posicionadas en el eslabón inferior de la cadena de producción capitalista, en la mayoría de las ocasiones son empleadas en el sector servicios a través de empresas de integración social creadas por agentes sociales privados que se aprovechan de multitud de ayudas y subvenciones estatales para llenar la cartera. La condición de mujer con discapacidad sitúa a estas en condiciones de desigualdad laboral lo que impide que puedan desarrollarse socialmente con toda plenitud, percibe salarios por debajo del SMI y en muchas ocasiones jamás acceden a un trabajo a tiempo completo, el estado capitalista nada hace más allá de las campañas de imagen para que estas mujeres puedan disponer de un trabajo que les dé la posibilidad de vivir independizadas de sus familiares o instituciones de carácter religioso en manos del opus y la iglesia.

En el entorno de las II Jornadas y después de la ponencia Mujeres y Guerras imperialistas entrevistamos a Ángeles Díez, profesora y doctora en Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid y militante incansable del Frente Antiimperialista.

 

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