La imagen de la primera dama de Estados Unidos empuñando el mazo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas es un insulto a la seriedad que requieren los asuntos de guerra y de la paz

Hay momentos en la historia de la diplomacia mundial que deberían ser grabados para que las futuras generaciones entiendan hasta dónde puede llegar la desfachatez del gobierno de turno de Estados Unidos. La imagen de la primera dama de ese país empuñando el mazo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas es, sin duda, uno de esos instantes; presidiendo la instancia de carácter vinculante más importante del planeta, es un insulto a la seriedad que requieren los asuntos de guerra y de la paz.

Pero no nos llamemos a engaño: la banalidad es el método. Para Washington, las Naciones Unidas dejaron de ser, hace mucho, el foro en el que se busca solución a los conflictos, para convertirse en un escenario más de su propaganda. ¿Qué mejor manera de humillar a la comunidad internacional que enviar a la esposa del presidente, una modelo sin experiencia política ni conocimiento alguno de relaciones internacionales, a ocupar el sitial que debería corresponder a un jefe de Estado o, como mínimo, al secretario de Estado? Es la diplomacia del desprecio elevada a su máxima potencia. Es decirle al mundo: Este órgano es tan poco importante para nosotros que mandamos a la señora a que se haga unas fotos, mientras nuestros generales deciden quién vive y quién muere en Oriente Medio.

El cinismo alcanza cotas estratosféricas cuando analizamos el contenido de la sesión. Estados Unidos, el país que acuñó el eufemismo más repulsivo de la historia bélica –eso de «daños colaterales» para referirse a niños despedazados por sus bombas–, convoca a una reunión para hablar de «protección de la infancia en conflictos armados». Es el imperio de la hipocresía en estado puro.

Porque mientras ella soltaba sus perlas sobre la necesidad de «conectar a los niños con la tecnología» y la importancia de «salvaguardar el aprendizaje», las niñas de la escuela de Minab, en Irán, aún yacían bajo los escombros con sus cuadernos, empapados en sangre, con sus mochilas, perforadas por la metralla fabricada en Estados Unidos. No, esos no son «daños colaterales», eso son crímenes de guerra. Y los criminales no suelen sentarse a hablar de los derechos de sus víctimas, a menos que sea para lavarse la cara ante las cámaras.

 

Tras más de 20 años sin actualizar, en 2022 el gobierno constituyó la mesa negociadora con los sindicatos del sector para la renovación del Estatuto Marco del personal estatutario de los servicios de salud, lo que viene a ser el “Estatuto de los Trabajadores” de unos 700.000 profesionales de la sanidad pública estatal. El pasado mes de enero se firmaba el nuevo texto, entre la mayoría sindical y el gobierno, en un proceso que ha mostrado muchas debilidades (por ambas partes) y que ha concluido con una nueva derrota para el sistema público de salud y las condiciones de los y las trabajadoras, por varios motivos.

A nivel sindical, por parte de los sindicatos mayoritarios ha sido un proceso a espaldas de los y las trabajadoras y de los delegados/as sindicales de base, donde no ha habido ningún proceso de consulta y escucha, únicamente informaciones puntuales sobre qué pedía quién y poco más... Era necesaria una amplia convocatoria de consulta y asambleas, exponer abiertamente las propuestas y realizar una escucha para debatir los problemas e inquietudes de la plantilla en general. Esto provoca un círculo vicioso que ahonda en menos participación, menos apoyo por parte de las plantillas, que implica menor capacidad de presión de los sindicatos frente al gobierno, y por lo tanto negociación a la baja y resultados desastrosos. Es el resultado de la cultura de la “paz social” fomentada por las organizaciones sindicales mayoritarias. Ningún gobierno, ni ningún patrón firman por convencimiento ni deseos de buena voluntad para ambas partes, sino porque se le impone a través de la presión y la movilización.

La escasa iniciativa y la nula democracia interna, provocan la división de la plantilla hacia el sindicalismo por gremios.

Los motivos anteriores llevan a un escaso apoyo de las bases en las escasas movilizaciones que se han realizado a nivel estatal. Concretamente en el último año, que es cuando se activó realmente la negociación, solo hubo una convocatoria para concentraciones en los centros de trabajo en octubre de 2025 y una concentración en Madrid, frente al Ministerio de Sanidad, convocatorias más centradas en movilizar delegados sindicales, que en movilizar plantillas.

Estas carencias, han provocado el auge y fortaleza de algunas organizaciones sindicales por gremios, como el nuevo sindicato de técnicos superiores, o el caso del ya existente sindicato médico (el sindicato de los jefes de servicio), que mezclándolo con reivindicaciones legítimas de esta categoría, busca mantener determinados privilegios para sus altos estamentos y un estatuto propio que divide y debilita a los profesionales sanitarios, una deriva muy negativa, que es sustituida por la guerra de taifas en la que cada categoría hace la guerra por su lado. Divide y vencerás.

En el complejo proceso de guerra global imperialista que se desarrolla desde hace años, el salto cualitativo que ha supuesto la agresión yanqui-sionista a Irán, está levantando las más diversas reacciones a nivel internacional.

No hay duda que el momento es de extremada gravedad y la complejidad de las alianzas y posicionamientos tremendamente contradictorios que se venían desarrollando en los últimos tiempos, ahora tienen que responder a un emplazamiento que, por la agudización de las contradicciones que expresa la guerra desatada por el imperialismo contra la República Islámica de Irán, no permite indefiniciones, ni equidistancias: o con la nación agredida y la Resistencia, o con el agresor y sus aliados.

Así es la realidad en todos los aspectos en los que se expresa y, salvo que se juegue con cartas marcadas o intenciones diferentes a las que se dicen, negarla solo conduce a engaños y a cometer errores diversos que coadyuvan al desarrollo de los “horrores de la guerra”.

En consecuencia, ese es un debate que se impone tenerlo sin demora para armar aquí y ahora la necesaria respuesta de masas a la guerra imperialista, sin que postergarlo sea una opción.

Un reto que precisando combinar coherencia en el análisis, claridad de objetivos y flexibilidad táctica para el desarrollo del objetivo estratégico antes mencionado, no se puede cometer el error de subsumirse a la iniciativa de la socialdemocracia y sus declaraciones.

En lo concreto, es necesario precisar que, más allá de la loable prohibición puntual a los EE.UU. del uso de aviones cisternas situados en Rota para las acciones militares contra Irán, la posición del actual Gobierno de España no puede llevar a engaños, pues es de un compromiso firme con la OTAN y el llamado bloque atlántico que inequívocamente lideran los EE.UU.

En el capitalismo, la vivienda dejó hace tiempo de ser un derecho para convertirse en un negocio. Tener un techo depende del salario, del tipo de contrato y de la capacidad de endeudamiento. Y eso no afecta igual a todo el mundo. Para las mujeres trabajadoras, la situación es especialmente dura: brecha salarial, empleos feminizados y precarios, parcialidad forzada, temporalidad, sobrecarga de cuidados no remunerados. Con menos ingresos y menos estabilidad, la autonomía económica se reduce. Y sin autonomía económica, acceder a una vivienda estable se convierte en una carrera cuesta arriba.

El problema de la vivienda no es neutro. Es una expresión directa de la desigualdad estructural de género.

Cuando una mujer necesita salir de su casa para huir de la violencia machista, la pregunta es inmediata: ¿a dónde va? Los recursos son insuficientes, las ayudas limitadas y las alternativas habitacionales, muchas veces, temporales e inestables. Sin una vivienda segura no hay posibilidad real de reconstruir la vida. La violencia no termina cuando cesa la agresión física o psicológica; continúa cuando el sistema no garantiza un hogar digno y protegido.

La realidad de las personas sin hogar también refleja esta desigualdad, aunque no siempre se vea. No hablamos solo de dormir en la calle. Hablamos de habitaciones realquiladas sin contrato, de convivencias forzadas, de mujeres que encadenan casas de familiares o amistades con sus hijas e hijos, de situaciones inestables que se alargan durante años. Muchas mujeres migrantes, sin documentación o con empleos extremadamente precarios, quedan fuera del mercado formal del alquiler. No siempre aparecen en los recuentos oficiales, pero viven en permanente inseguridad residencial. No es una excepción ni un problema individual: es la consecuencia de un modelo que expulsa a quien no puede sostener los precios del mercado.

La desigualdad también se expresa en cómo se diseñan las ciudades y dónde se construyen las viviendas. Barrios periféricos alejados de servicios básicos, transporte insuficiente, falta de equipamientos públicos, espacios inseguros. La ciudad y la vivienda influyen directamente en la autonomía de las mujeres. Condicionan quién puede participar plenamente en la vida social y quién queda atrapada en el aislamiento y la precariedad.

El Estado español presume de crecimiento económico mientras protege de forma obscena a una minoría privilegiada. Las cien mayores fortunas del país concentran una riqueza que no deja de crecer, incluso en los años de mayor deterioro social. A la cabeza se sitúa Amancio Ortega, la persona más rica del Estado, con una fortuna que supera ampliamente los 100.000 millones de euros. Mientras una trabajadora aporta cada mes una parte sustancial de su salario a través del IRPF y otros tributos, estas grandes fortunas pagan proporcionalmente mucho menos, aprovechando sociedades patrimoniales, ingeniería fiscal y un sistema tributario que favorece a quienes más tienen. Y luego, cuando Amancio Ortega dona equipos oncológicos para hospitales públicos, aparecen en los medios como héroe, pero, si realmente pagara impuestos proporcionales a su riqueza contribuiría con una parte mucho mayor de lo hace actualmente, y sin duda mucho más, de lo que han podido gastarse en aparatos médicos.

No hablamos de fraude puntual, sino de un modelo fiscal estructuralmente injusto, donde quien vive de su trabajo sostiene el Estado y quien vive del capital lo esquiva con total impunidad.

Frente a esta acumulación de riqueza, la realidad de millones de personas es la pobreza. En el Estado español, 9,4 millones de personas viven en situación de pobreza, y si ampliamos el foco al riesgo de pobreza o exclusión social la cifra supera los 12 millones. Lo más grave es que una parte importante de estas personas tiene empleo. Pero hoy en día, con los salarios de miseria que hay no se garantiza una vida digna frente a unos alquileres desbocados, hipotecas asfixiantes y una cesta de la compra disparada.

Una reponedora de supermercado, con contrato a jornada completa y salario mínimo, puede verse obligada a destinar más de la mitad de su sueldo solo a la vivienda. Tras pagar alquiler, suministros y transporte, el margen para vivir desaparece. Trabajar ya no significa salir de la pobreza, sino permanecer atrapada en ella.

 

Marco Rubio, Secretario imperial, arribó a Munich

Hace casi un año, el pasado 23 de febrero de 2025, analizábamos la reacción de la UE frente a la imposición de aranceles por la Administración Trump, afirmando que es absolutamente impredecible que, en ninguno de los posibles escenarios que se puedan suceder en estas próximas semanas, la UE tenga la más mínima capacidad de vertebrar una posición autónoma diferente y/o confrontada con los EE.UU.”

Tras la cumbre de Munich, la realidad de los hechos que se han sucedido a lo largo de estos doce meses, demuestra lo acertado de nuestra posición respecto al vasallaje de la UE respecto a los EE.UU.

La UE, concebida en su día como la unión interestatal destinada a proyectar política y económicamente los intereses del gran capital europeo constituyendo un poderoso bloque imperialista, ha sucumbido a las imposiciones de su aliado atlántico y, como se ha demostrado en la reciente Cumbre de Seguridad de Munich, ya no es más que un bufón al servicio del verdadero amo del tablero imperialista.

El permanente actor secundario que, pese a determinadas retóricas de autoafirmación con las que trata de justificar su existencia y la emisión de constante deuda con la que mantener su flujo sanguíneo, cumple a pies juntillas todas las órdenes de Washington y se somete al mandato de asumir como propias, todas las directrices emanadas desde la Casa Blanca con el objetivo de defender y proteger la sumamente debilitada hegemonía norteamericana.

A la evidencia del mando único estadounidense de la OTAN, que ha impuesto el incremento del gasto militar hasta el 5% del PIB y la continuidad y desarrollo de una política de guerra activa contra Rusia, hay que sumarle la genuflexión servil ante cada uno de los pasos que el aliado Atlántico da contra el maltrecho derecho internacional y la soberanía de los pueblos en su proyecto de situarse en el vértice de la dominación imperial del Planeta.

Desde hace un tiempo, la salud mental ha entrado en la agenda mediática y en las conversaciones cotidianas. Cada vez son más las personas que acuden a un profesional de salud mental; se ha normalizado acudir e incluso se reclama una mayor inversión dentro del sistema público.

Pese a que es positivo disminuir el estigma en una sociedad que invisibiliza y culpabiliza, se puede caer en relativizar los problemas de salud mental (o lo que es lo mismo, el sufrimiento psíquico) y en ciertos discursos de generalizar que todas las personas han de acudir a un profesional.

Aunque aparente un discurso avanzado, obvia que se convierten problemas del sistema en el que vivimos en un problema de salud pública. Obvia también que los profesionales en la salud mental también están atravesados por la ideología dominante, en la que se perpetúan dinámicas de poder similares, en la que importa tu condición de género, tu clase social y, por supuesto, la etiqueta diagnóstica que te pongan.

Porque lo que esconde este paradigma es que perdemos como individuos el hecho de manejar nuestras emociones, compartir entre iguales nuestro sufrimiento y afrontar nuestras fuentes de malestar. El sufrimiento psíquico tiene que ver con lo que vivimos, con nuestro entorno. Con nuestras condiciones de vida y de trabajo, nuestras formas de relacionarnos y con las soluciones que encontramos y también que nos dan a estos problemas.

Por eso en una sociedad en que imperan la inmediatez, la ambición y el ego; en la que se enseña y premia la multitarea. Cada vez están más presentes en nuestro vocabulario e ideario colectivo frases como "tengo que llegar a todo” o “ debo ganar más dinero”, además de la explotación del hombre por el hombre, es la explotación del hombre a sí mismo en la que el trabajo es la única fuente de vida y hay una falsa sensación de que es algo voluntario que hacemos nosotros y nosotras con nuestra vida porque está asumido como respirar, pero que cuando a tu mente, tu cuerpo o una situación vital desborda, llega la ruptura.

Personas rotas despojadas de su conciencia de clase, de su capacidad política para sí mismas y para sus iguales. Pero con la necesidad de adquirir más, de tener más obligaciones "innecesarias" para tener la misma vida pero sin tanto tiempo para vivirla o lo que es lo mismo para pensar.


En el imaginario liberal, el del burgués ilustrado y presuntamente humanista ajeno a la lucha de clases, el sistema penitenciario es una especie de campamento de verano en el que se brinda una segunda oportunidad y se forjan hombres y mujeres para su reinserción en la sociedad. No perderé tiempo ni gastaré las escasas palabras que tengo en rebatir tal ensoñación, el problema de este cuento de unicornios reside en el delito político, ahí empiezan a tener problemas nuestros liberales.

Lo primero que intentan es eliminar el componente político, se condenan actos delictivos y no ideas, dicen. Persiguen delitos que discuten el monopolio de la violencia del Estado burgués y la propiedad burguesa, pero rápidamente el régimen debe ampliar el radio de caza, y empiezan a perseguir organizaciones políticas, expresiones culturales, a toda una comunidad nacional, a organizaciones sindicales y sociales. Conforme el conflicto crece y se acentúa, aumenta la población susceptible de ser reprimida, torturada, encarcelada y asesinada. Para perseguir los delitos “no-políticos” necesitan crear una legislación especial, cuerpos policiales y militares especiales, cárceles y regímenes penitenciarios especiales, evidenciando el carácter sí-político del delito y haciendo añicos el mito liberal de la justicia.

Aunque estar preso ni da ni quita razones, los y las revolucionarias debemos reconocer el carácter político de la represión, y por lo tanto la existencia de los presos y presas políticas. No hay excusa para no denunciar los tratos de excepción, las torturas y la violencia sistémica del Estado burgués, aunque el prisionero o prisionera no sea de nuestra cuerda, o podamos estar en mayor o menor conformidad con sus posiciones políticas y formas de lucha en el lugar y el momento concreto, porque ser víctima de represión ni da ni quita la razón, ni te vuelve infalible, ni te hace guapo. Vean los casos de Abdullah Öcalan u Oriol Junqueras.

 

Las fuertes tensiones entre las potencias capitalistas (fundamentalmente entre las occidentales, y de las occidentales con el resto del mundo) catalizarán, antes o después, en escenarios de guerra. Con disparos y con muertos (aunque ya los muertos no salen en las fotos de la guerra).

Para abrir el camino a la guerra es necesario trabajar previamente, evitando la formación de una retaguardia que cuestione esa guerra. La guerra empieza por la preparación del pueblo, para que acepte la “inevitabilidad” de la guerra.

El gobierno de Pedro Sánchez, al igual que otros gobiernos europeos, está trabajando con intensidad en esa fase de preparación/construcción de los argumentos para la “inevitabilidad” de una próxima guerra. En algunos países ya ponen fechas, en otros casos se dibuja un futuro belicista más difuso e incierto. Todo ello tiene que ver en parte con las tradiciones y las experiencias previas en cada lugar.

En el caso del Estado español, aunque reducido, todavía queda un significativo poso del extraordinario movimiento contra la OTAN de hace ahora cuarenta años. Eso lo conoce bien el Gobierno, y sus asesores intelectuales, y por ello en este terreno mide sus pasos con cautela.

Pero una cosa no se debe perder de vista. El actual gobierno, con sus variantes reformistas diversas, se sitúa en la disciplina del gran capital monopolista español y, en las cada vez más imperiosas preferencias del eje imperialista anglo-sajón-sionista. En ese terreno se pueden hacer gestos, pero en lo sustancial no se cuestiona nada de lo importante. No digamos ya de los más genuinos representantes del capitalismo español, hoy en la oposición parlamentaria. En esos casos el entusiasmo y el ardor guerrero tienen rancias raíces históricas de carácter monárquico, esa monarquía de la que decía Martí:

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