El día en que el activista y autor palestino cumpliría 90 años, AbrilAbril celebra su vida y obra con algunas recomendaciones sobre su «literatura de resistencia».

Era el 8 de julio de 1972 cuando una bomba, colocada por el Mossad en el coche de Ghassan Kanafani, lo silenció con solo 36 años. Este joven palestino de Acre, nacido el 9 de abril de 1936, cumpliría hoy 90 años. Kanafani fue, en sus pocos años de vida, una de las voces más destacadas de la resistencia palestina, con una actuación en la organización política y una obra literaria que transita entre el testimonio histórico y la ficción universal, dimensiones indisociables de su vida.

La realidad que lo moldeó

A pesar de criarse en una familia de clase media, lo que en otros contextos podría haberle conferido cierta resignación política, creció impactado por la lucha de su padre, un militante nacionalista que se oponía al Mandato Británico de Palestina, por lo que fue encarcelado varias veces. A los 12 años, Ghassan abandonó Palestina para siempre, forzado por la Nakba en 1948 a convertirse en refugiado en el Líbano y luego en Siria. De este período, Ghassan recordaba años después la profunda vergüenza que sintió al ver a los miembros de su familia entregar las armas de su resistencia y convertirse en refugiados.

Después de terminar la educación secundaria en Damasco, obtuvo una certificación como profesor de la UNRWA (Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos), lo que le llevó a enseñar a unos 1200 niños refugiados. Sus primeras obras, pequeños cuentos, surgen de este contacto y del intento de ayudar a esos jóvenes a comprender su propia situación.

Política y literatura lado a lado

Fue en el Departamento de Literatura Árabe de la Universidad de Damasco donde conoció a George Habash, fundador del Movimiento Nacionalista Árabe (MNA), quien lo condujo a su militancia. Pero Kanafani se convirtió rápidamente en persona non grata en la academia, de donde fue expulsado con la tesis de su licenciatura sin terminar, titulada: Raza y Religión en la Literatura Sionista. Este estudio solo se concluyó posteriormente bajo el nuevo título On Zionist Literature (1976), nunca editado en portugués. La expulsión de la universidad lo llevó a Kuwait, donde tuvo contacto con la literatura soviética y la teoría marxista.

Cumbre de líderes del G20 en 2018

El pasado 7 de marzo tuvo lugar en Miami la cumbre Escudo de las Américas, donde doce países del continente americano participaron con la vieja excusa de garantizar la seguridad de la región. En este caso, como en otros muchos momentos de la historia reciente y lejana, los temas centrales fueron el narcotráfico y la inmigración.

Antes de continuar, hay que recordar aquel reciente montaje policial‑judicial‑militar del ficticio Cártel de los Soles, que sirvió como excusa internacional para bombardear Caracas y secuestrar al presidente electo y legítimo de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, y a la diputada Cilia Flores. Este Escudo de las Américas no es más que una coalición internacional para garantizar que las falsas acusaciones que en un futuro pueda lanzar el gobierno de Estados Unidos contra un país no alineado con sus intereses tenga un respaldo diplomático inmediato.

De hecho, no sorprende el elenco de presidentes representantes. Además de Donald Trump, el anfitrión, se reunieron celebridades como Javier Milei (Argentina), Rodrigo Paz (Bolivia), Daniel Noboa (Ecuador) o Nayib Bukele (El Salvador), entre otras y otros fascistas. Por supuesto, mencionar que José Antonio Kast (Chile) no acudió de forma oficial porque la convocatoria se enmarcaba todavía dentro del mandato de Gabriel Boric, que no fue invitado ni representado. No obstante, se entiende que en el futuro, el presidente nostálgico de la dictadura de Pinochet contará con representación oficial en esta cumbre.

Además de las ausencias que podríamos esperar, como la de Delcy Rodríguez, actual presidenta encargada de la República Bolivariana de Venezuela, o de «Lula» da Silva, que siempre se mostró reticente a acuerdos a largo plazo con los yankis, hay que destacar la de Claudia Sheinbaum (México) y la de Gustavo Petro (Colombia). Dos países tradicionalmente socios del imperialismo que hoy visten las ropas de la soberanía y plantan cara a la dictadura global que pretende imponer el gobierno yanki.

Esta cumbre permite, además, hacer un mapa de las dos Américas, que actualmente es muy diferente al que teníamos hace unos pocos años. La defenestración del movimiento bolivariano en Bolivia y Ecuador, y el colapso del kircherismo en Argentina sitúan a estos países en la órbita de la indignidad y el servilismo ante el capital financiero, necesitado de una política de rapiña por su crisis sistémica.

Vivimos tiempos en los que todo sucede a una velocidad vertiginosa. Esta velocidad no es casual, busca el shock, la incapacidad de reaccionar, de procesar y de entender. Es el mismo patrón de los videos cortos de las redes sociales, en los que se pasan compulsivamente pantallas y no nos acordamos de qué hemos visto hace cinco minutos.

En Irán esperaban un mismo resultado: impacto, caos y destrucción, y pasar rápidamente a la siguiente pantalla. No ha sido así y el desconcierto y la preocupación, y también el miedo, empiezan a sentirse en los centros de decisión económicos y políticos del imperialismo. Quizás Trump sea un loco, pero es el loco que necesita el imperialismo para prevalecer, especialmente contra la República Popular China, que es contra quién va todo esto.

La actitud de matón de patio de colegio ayuda a crear la sensación de que estamos ante algo novedoso, que todo ha saltado por los aires no se sabe cómo ni por qué. No es Trump, ni Netanyahu, ni Kaja Kallas, el trío de fascistas que están llevando el mundo a la barbarie. Todo esto se ha cocinado a fuego lento, el genocidio en Palestina nace de la Nakba, la situación hoy en Cuba nace del bloqueo, la guerra hasta el último ucraniano nace de la expansión de la OTAN y la sostiene la UE, lo que pasa hoy en Irán se empezó a gestar desde la primera guerra del Golfo en 1991.

El cacareado orden internacional, el Derecho Internacional construido después de la Segunda Guerra Mundial, solo era respetado por el imperialismo cuando era útil al imperialismo. Su demolición ha sido cocinada desde la contra-revolución en la URSS, paso a paso. Y no es cosa de Republicanos o Demócratas, ni de Neocons, Globalistas o MAGAs, ni de europeos o yanquis. El capitalismo en su fase imperialista encadena crisis cada vez más agudas y seguidas desde los años 70. La desaparición del campo socialista les dio un respiro y creó la ilusión de un mundo a su disposición. Pero las crisis no han dejado de encadenarse, hasta hoy, hasta la crisis permanente. Y frente al imperialismo una nueva realidad emerge, con China al frente, una nueva realidad que desde los centros de poder y los monopolios ven cómo el moribundo ve al sepulturero cuando toma medidas para el ataúd.

 

Tras incendiar Venezuela, seguir intensificando el asedio a Cuba, a la vez que se mantienen las decenas de guerras y focos a lo largo del globo terráqueo (Ucrania, Nigeria, Sudán, Taiwán, Sáhara Occidental…), el pasado 28 de febrero, mientras seguía vigente el proceso de diálogo entre EE. UU. e Irán para llegar a un acuerdo sobre el programa nuclear iraní, el terrorismo yanki-sionista decidió violar unilateralmente ese marco de negociación bombardeando Irán. El imperialismo, como en Minsk, no tenía ninguna intención de dialogar nada. El ataque ocasionó el asesinato de varios dirigentes iraníes, incluido al Ayatolá Alí Jamenei, líder supremo de Irán y líder espiritual de la religión chiíta, así como a cientos de civiles. Hoy, entre las víctimas de los bombardeos imperialistas en Irán, ademas de objetivos militares y políticos, se cuentan personal sanitario y centros hospitalarios (un crimen de guerra), centros educativos, etc. Un gesto con que el imperialismo deja claro que, como decía el Che, “no se puede confiar, ni tantito así”, por su ausencia de principios éticos.

Esta agresión no solo busca destruir Irán, sino que, sumada a la agresión al Líbano, es la continuación de la guerra total por intentar exterminar el Eje de la Resistencia, acabar con cualquier foco de oposición a la dominación del imperialismo en Asia Occidental. Pero Irán no es Gaza, ni Venezuela… Irán lleva preparándose para esto desde ya hace mucho tiempo, y sabedor de que el sionismo apunta sus misiles nucleares hacia Teherán deseando pulsar el botón, durante años llenó los desiertos de túneles subterráneos con lanzaderas de misiles balísticos.

La realidad paralela de la prensa y los gobiernos occidentales del centro imperialista

A pesar de que los medios de prensa de los países imperialistas intentan eludirlo, Irán ha arrasado varias bases norteamericanas, provocado la salida de tropas y portaaviones de la zona; ha destrozado el escudo antimisiles sionista, convirtiendo Tel Aviv en un coladero y provocando el caos y una nueva fuga de colonos. Mostrar las debilidades del hegemón imperialista y su perro sionista no conviene. Lo que conviene, y están haciendo, es seguir con la guerra ideológica que pretende victimizar a Israel (véase a la Cadena Ser, retransmitiendo desde Tel Aviv y entrevistando a sionistas) y criminalizar a Irán con la retórica vacía de la libertad de expresión o de los derechos humanos (¿cuáles derechos? ¿los de las más de 170 niñas iraníes asesinadas por las bombas yanki-sionistas, que la prensa sistémica sigue poniendo en duda?) e incluso poniendo a Irán como responsable de dicha guerra, tras haber sido engañado en un falso proceso de negociación, atacado a traición y eliminada gran parte de su dirigencia. Lo único de lo que sí hablan es del cierre del Estrecho de Ormuz, que está poniendo en jaque a las economías occidentales.

Fotografías de niñas víctimas de ataque aéreo estadounidense-israelí en Minab, exhibidas en Teherán, la capital. (Foto: Reuters)

En las rutinas de producción informativa occidental, el reconocimiento del sufrimiento ajeno sigue una geometría variable.

Hay muertes que merecen retrato, biografía y elaboración del duelo. Otras, en cambio, ingresan en los registros como cifras anónimas, agregados estadísticos que ocupan el espacio que debería corresponder a nombres propios, trayectorias vitales y redes de afecto. Desde Gaza hasta Irán, desde el Líbano hasta Yemen, las poblaciones situadas en el punto de mira de los regímenes de sanciones o de la violencia militar directa aparecen ante las audiencias metropolitanas como residuo cuantitativo: se las cuenta, pero no se las reconoce; se las documenta, pero no se las presencia.

Esta asimetría no es fortuita ni corregible mediante códigos deontológicos superficiales. Responde a una arquitectura estructural que organiza la inteligibilidad del sufrimiento según coordenadas geopolíticas y raciales. El aparato mediático occidental instaura una jerarquía de duelo posible donde aquellas vidas que exhiben proximidad cultural o alineamiento político con los centros de poder imperial acceden a la elaboración conmemorativa, mientras que aquellas situadas como antagónicas quedan reducidas a dato. Lo que emerge es un régimen de valor diferencial de la existencia humana, donde la posibilidad misma de ser llorado sigue los trazados de la dominación global.

A este nivel, el problema no es simplemente de representación, sino de producción ontológica. El periodismo no refleja pasivamente una realidad previa, sino que participa en la fabricación de los marcos dentro de los cuales ciertas vidas aparecen como vidas y otras como mero soporte biológico de eventos. La contabilidad del sufrimiento no es una operación secundaria: es un mecanismo de clasificación moral del mundo.

El número como operador de violencia racial

La práctica de la enumeración cumple una función administrativa precisa: suspende el reconocimiento relacional. Cuando un atentado sacude París, Bruselas o Berlín, las primeras ediciones digitales se llenan de rostros, de instantáneas domésticas, de relatos biográficos que reconstruyen trayectorias educativas, vínculos afectivos y pequeñas historias de vida cotidiana. El público metropolitano puede así experimentar una forma de duelo vicario que, aunque efímera, restituye al fallecido su condición de sujeto.

La clase obrera queremos la paz, una vida que permita desarrollarnos en armonía con nuestro entorno natural, amistades, vecindario y familia, respetando la soberanía de otros pueblos y sin agresiones imperialistas contra quienes se oponen a su dictado.

Vivimos tiempos convulsos, donde el sistema capitalista no encuentra más escapatoria que la guerra para salvar a la clase social que domina la política y la economía (la burguesía).

Hemos vivido durante dos años el genocidio del pueblo palestino por parte de la entidad sionista con el apoyo y complicidad de los EE. UU., la Unión Europea y gran parte de los gobiernos árabes. Una masacre retransmitida en directo que abre el camino de la barbarie imperialista y de cómo serán las guerras del futuro a la que nos arrastra la OTAN.

No hay medias tintas en esta cuestión, las y los comunistas apostamos por la paz, una paz que es un elemento fundamental para el desarrollo de las relaciones entre los pueblos, una paz que es el peor enemigo de la OTAN y del imperialismo.

La pregunta es: ¿qué podemos hacer? Las necesidades del pueblo pasan por la consigna “Paz, techo y trabajo”. Consigna que referencia unas necesidades básicas de la clase obrera que el capitalismo es incapaz de resolver porque los intereses que defiende son los de la burguesía, unos intereses diametralmente opuestos a los nuestros.

La paz se consigue desde la toma progresiva de la conciencia, la organización desde la base y siendo parte activa contra la escalada belicista y la agresión de los pueblos, trasladando nuestra oposición a la guerra imperialista a todos los espacios de organización del movimiento obrero y popular como parte esencial de los mismos.

La socialdemocracia, ante unas expectativas electorales complicadas que hace imaginar a más de un vividor y vividora de la política fuera del arco parlamentario, se apresura por reconfigurar el espacio que movilizó al pueblo trabajador hace poco más de 20 años para rechazar la participación en la guerra de Irak bajo el lema “No a la guerra” y que permitió al PSOE volver al gobierno y de paso, meternos en la guerra de Afganistán una vez disuelta la movilización.

La imagen colonial de la mujer musulmana como víctimas del sistema patriarcal y religioso, portadoras de una cultura atrasada o como exóticas bailarinas, forman los discursos fundadores de la islamofobia de género.

Uno de los desafíos contemporáneos del feminismo islámico consiste en responder a estas condiciones y reforzar el papel de las mujeres musulmanas como agentes de cambio y no como víctimas pasivas.

La islamofobia de género es una forma de racismo y sexismo estructural que afecta a mujeres musulmanas. Dicha violencia combina prejuicios racistas y misóginos, presentándolas como víctimas sumisas que necesitan ser liberadas, lo que las invisibiliza y las excluye de espacios feministas hegemónicos.

Se trata de una violencia que se ejerce sobre mujeres racializadas o culturalmente racializadas y que se refuerza tanto por el racismo estructural como por el sistema patriarcal. Dicha discriminación afecta no solo a los cuerpos de las personas musulmanas sino también a nivel simbólico y estructural, a sus identidades.

La islamofobia es una forma de racismo, un nuevo racismo que pasa de la superioridad racial a la superioridad cultural.

Las estructuras racistas afectan en diferentes ámbitos (violencia física, económica, de clase...) y utilizan estas violencias para mantener el sistema de desigualdades y relaciones jerárquicas. Las mujeres de los países empobrecidos, por ejemplo, nunca se colocan más allá de la generalidad debilitante de su estatus de objeto.

Así, es urgente dar un espacio central en la agenda feminista a esta forma de violencia machista.

Los elementos más relevantes que afectan a las mujeres son los siguientes:

  • Las mujeres musulmanas están sometidas a discriminaciones a diferentes niveles: el sistema, la sociedad, la comunidad de pertenencia y la familia.
  • En general, la sociedad trata a las mujeres musulmanas como un objeto y no como un sujeto.

El PCPE insiste en este comunicado en manifestar su compromiso con la Revolución cubana, con el Partido Comunista de Cuba, con la Asamblea Nacional, con su Gobierno, con su Presidente, compañero Miguel Díaz Canel, con sus CDR,…, ¡con su pueblo revolucionario!

Con su entrega, generosidad, desinterés, humanismo, solidaridad, internacionalismo y millones de recursos humanos y materiales empleados en la paz, Cuba es el principal faro para evitar la fatal siniestralidad propuesta por el terrorismo imperialista norteamericano y el salvaje sionismo de la entidad colonial que ocupa Palestina.

El PCPE muestra su respeto y solidaridad con los pueblos y gobiernos que están resistiendo los criminales bombardeos de los ejércitos yanqui y sionista, tal y como está manifestando constantemente el gobierno presidido por Miguel Díaz Canel. Palestina, Venezuela, Irán, Líbano, Yemen, ya padecen los despiadados asesinatos y la destrucción de estos autoproclamados gendarmes del planeta, empeñados en continuar con el genocidio palestino, magnicidios, asesinatos selectivos, secuestros, amenazas, sanciones unilaterales, saqueos, intimidaciones, etc.

El PCPE agrupó en 1984 a una importante cantidad de destacamentos comunistas en el estado español que tenían como referencialidad política e ideológica, entre otros, a la Revolución que liberó al pueblo cubano de la dictadura de Batista el 1 de enero de 1959. El Primer territorio libre de América, tiene el derecho, la legalidad y la legitimidad, a continuar su desarrollo socialista en paz, sin bloqueo, sin amenazas, y con la fuerza y firmeza de la dignidad que ha conquistado con episodios como Girón, los 32 compañeros asesinados en Venezuela mientras cumplían ejemplarmente su deber internacionalista, la reciente lancha de la gusanera, etc.

 

Al asiento de l’alma suba el oro,

No al sepulcro del oro l’alma baje,

Ni le compita a Dios su precio el lodo.

(Francisco de Quevedo)

Mientras se escriben estas líneas, el precio del oro experimenta bandazos desde máximos históricos, tras superar los 5 000 dólares por onza hasta sufrir correcciones de consideración. También la plata, el paladio y resto de metales preciosos entran en la misma lógica. En los períodos de crisis capitalista, cuando la turbulencia sacude los mercados bursátiles, las divisas se devalúan y la incertidumbre se apodera de la economía mundial, una mercancía ancestral resurge con fuerza: el oro.

La volatilidad es el elemento coyuntural de este llamado “valor refugio” que en esencia se presenta como un activo seguro, inmutable y estable. La narrativa dicta que eso es lo natural, lo lógico. Sin embargo, desde la perspectiva del materialismo histórico dialéctico, el metal amarillo representa la expresión concentrada de la contradicción más profunda del modo de producción capitalista. El oro, como una mercancía más (su valor sigue determinado por el tiempo de trabajo social necesario para extraerlo y refinarlo), es un fetiche que enmascara las relaciones sociales de explotación que se dan en este sistema en que vivimos a través de un proceso por el cual las relaciones sociales entre productores (el trabajo humano) aparecen veladas como relaciones entre cosas (mercancías, dinero).

El oro, en su origen histórico, se impuso como la forma dinero por excelencia debido a sus propiedades físicas (durabilidad, divisibilidad, escasez relativa). Sin embargo, con el desarrollo del capitalismo, el dinero dejó de requerir necesariamente su soporte en oro. El crédito, el papel moneda fiduciario (basado en la confianza en el estado emisor) y, finalmente, el dinero digital, son formas superiores (en el desarrollo capitalista) y más abstractas que desligan virtualmente el signo monetario de una mercancía específica.

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