Y en defensa de las mujeres.

Y de todas las mujeres que rompen dictados de las sociedades capitalistas patriarcales.

Hace unos días, los voceros de la derecha rancia de este país, a través de su “periódico” el Mundo, publicaba un artículo titulado Pepa Flores, ni guapa, ni simpática, ni buenecita: prosoviética.

Habría que preguntarse por qué sacan este artículo en este momento y en estos términos.

El pasado 24 de Julio nos dejó la camarada Nina Andréyeva. Nacida en Leningrado (San Petersburgo para los burgueses) en el seno de una familia de clase obrera en 1938. Su padre cayó en el frente en la Gran Guerra Patria que libró la URSS contra el nazifascismo. Estudiante brillante, consiguió su graduación con la medalla de oro en la escuela secundaria y con distinción de honor en el Instituto Tecnológico de Leningrado. Nina Andreyeva en el campo profesional era quimicotecnóloga, profesora de fisicoquímica, autora de centenares de artículos publicados en revistas y compendios científico-técnicos.

Medios de prensa que acusan, simplifican o ignoran a víctimas de violencia de género; otros que silencian las inequidades. Telenovelas que muestran a mujeres preocupadas por sus relaciones de pareja, la maternidad y solo después, a veces, por la realización profesional. Videoclips con abundantes planos de bailarinas casi desnudas, ofreciendo sus encantos al artista de turno. Anuncios publicitarios donde, mientras ellas cocinan, lavan y sueñan con electrodomésticos ideales para el hogar, ellos manejan carros de lujo y gestionan la vida más allá de casa.

El aumento de la participación femenina en los puestos de dirección política no ha dejado de crecer y, en la mayoría de los países, en el último cuarto del siglo XX las mujeres habían llegado a las asambleas legislativas. Si bien,  lo femenino y lo progresista no van necesariamente de la mano y las mujeres, por el hecho de serlo, no tienen valores, prioridades o  intereses políticos diferentes a los hombres de su clase. Uno de los ejemplos  que  claramente pone de manifiesto esa realidad es el de los gobiernos de Margaret Thatcher. La mujer que más poder ostentó en la Europa del siglo pasado a lo largo de los once años que ocupó la jefatura del gobierno del Reino Unido sólo significó una profundización de las políticas capitalistas neoliberales contra  mujeres y hombres de las capas populares.

La situación de las mujeres trabajadoras ya antes de la crisis del coronavirus se encontraba en un punto, que se ha venido repitiendo en los últimos años, y que podríamos describir con los siguientes términos: brecha salarial, precariedad laboral, alta temporalidad, contratos a tiempo parcial, paro, sobreexplotación de los sectores altamente feminizados etc. datos que podemos encontrar año tras años en los informes del SEPE o de la ONU, cada 8 de marzo y por estas fechas.

Durante la II República y el periodo de guerra en España, las mujeres habían adquirido un importante protagonismo en la vida pública, pero tras la victoria del criminal Franco, la represión política y de género que siguió,  no sólo alcanzó a las que estuvieron en el frente de combate, a aquellas que pelearon desde la retaguardia, a las que se habían significado políticamente, o a las que  participaron en la resistencia; la humillación y  el castigo se ensanchó hasta aquellas que no se ajustaban al modelo de mujer  diseñado por el franquismo,

El concepto de imperialismo tan denostado por la intelectualidad burguesa y olvidado por la socialdemocracia, comprende con rigurosidad las formas de dominación del capital en todo el planeta, muestra la existencia de relaciones de desigualdad, opresión y explotación entre diferentes estados y territorios, sin embargo, el concepto usado es “Globalización”, término neoliberal impuesto que  naturaliza la generalización de las relaciones imperialistas en los más diversos ámbitos de la vida social en todo el mundo. A la dominación y explotación de tipo económico o político, se unen otras, como la lingüística”, “ecológica”, “biogenética” o “sexual”.

El imperialismo muestra su total virulencia con el cuerpo de las mujeres, lo usa como arma de guerra, con la violación como estrategia bélica; como excusa para intervenciones militares, mostrándolas como bienes de protección del estado sin capacidad de defenderse, que carecen de libertades, esclavizadas por la religión o directamente como mercancía, nutriendo el negocio de la prostitución o los vientres de alquiler.

La celebración del 8 de marzo nació indisolublemente ligada al movimiento obrero, como tantas otras conquistas, arrebatada de la memoria colectiva nos es devuelta domesticada y funcional para las clases dominantes.

El 8 de marzo surgió vinculado no sólo a la lucha por el voto de las mujeres, sino especialmente a la lucha por mejores condiciones de trabajo para las trabajadoras de fines del siglo XIX y principios del XX. La revolución industrial, que incorporó a mujeres, niñas y niños a la producción, significó para ellos la transición de la servidumbre del hogar, que no terminó, a la servidumbre del taller o la fábrica. Las mujeres sufrieron largas horas de trabajo sin descanso, los salarios a la mitad que los hombres y también fueron víctimas de acoso sexual por parte de los empleadores. Además, eran relegadas a trabajos considerados más “aptos” para ellas como las tabacaleras, liando cigarrillos.

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“Las trabajadoras, aquellas que aspiran a la igualdad social, no esperan para su emancipación nada del movimiento de mujeres de la burguesía, que supuestamente lucha por los derechos de las mujeres. Ese edificio está construido sobre arena y no tiene ningún fundamento real” (C. Zetkin).

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