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En el marco de intentar descifrar qué significa para la clase obrera la “revolución cultural” que nos propone Izquierda Unida, no hemos tenido que hacer muchos esfuerzos para comprender el carácter oportunista del texto que difunde la citada organización, pero sí para entrar en terrenos ajenos a una propuesta clasista.

En efecto, en las tres páginas y media en que se condensa esta “revolución”, las dos primeras se enmarcan en tratar de averiguar el perfil psicológico del artista de nuestro tiempo (¿por qué hoy los artistas no militan?) para ofrecernos una explicación de tintes idealistas de las razones del alejamiento de la política. Porque el epicentro de esta “revolución cultural” es el artista y no la cultura, y hacia el artista va destinada la propuesta de militancia, porque en ello se encuentra el germen del cambio que se propone y es, para IU, lo verdaderamente relevante. Nada que ver con el problema de cómo ir avanzando en un diseño revolucionario de la cultura para la clase obrera y el resto de sectores populares, y es que los artistas lo mismo se insertan en lo que se podría denominar “clase artística”, a modo y manera de cómo ha interiorizado esta organización el concepto de “clase política”; y, claro, tratando de obtener réditos electorales, lo imperioso es contar en su nómina con el respaldo de ellos.

En consonancia con esta introducción de la cultura, el PIE, en su reciente IV Congreso celebrado en Madrid a finales del pasado 2013, situaba su propuesta en el marco electoral de las próximas elecciones europeas. En el punto dedicado a este área (“Por la construcción rápida y la activación de una red europea de cultura” ), el objetivo se enmarca en “que se desarrolle también con artistas de izquierdas que no sean miembros de nuestros partidos y cuya labor ya debería implicarse en las elecciones europeas”, y para ello ya tienen un presupuesto inicial que abordará y tendrá en cuenta como si fuese una partida contable (“y en el cual nosotros tendremos en consideración sus preocupaciones existenciales y económicas”).

Lo realmente importante para IU es contar en sus filas con un elenco notable de militancia en el campo de los artistas que le rente electoralmente. Sin ningún lugar a dudas, el análisis sociológico de masas que representan los conciertos y el resto de actividades culturales o realizadas en el marco del área cultural, han debido ilustrar a los sesudos dirigentes de IU para enfocar la búsqueda de votos en este campo. Sin ir más lejos, el PIE en su citado IV congreso detalla los sectores a donde debe dirigirse el trabajo sobre la red cultural (grupos de rock, cantautores, músicos callejeros, graffiti, artistas gráficos, caricaturistas, artistas de política de humor y humoristas) que son otro nicho donde trabajar las expectativas de crecimiento electoral. Estamos de nuevo ante la utilización oportunista de unas personas que desarrollan su labor en los distintos ámbitos culturales (música, literatura, teatro, publicidad, etc.). Esta propuesta, ¿qué tiene que ver la conciencia de clase?, ¿qué tiene que ver la significación de clase?, ¿dónde localizamos la concepción del trabajador de la cultura?, ¿qué posición adoptaría hoy Miguel Hernández ante este texto?, ¿qué diría Antonio Gades ante esta radiografía del artista?

Estas preguntas retóricas que llevan su respuesta implícita responden a todo un párrafo de interrogantes que la “revolución cultural” lanza a diestro y siniestro en una batería enloquecedora de preguntas que no vamos a responder desde este artículo por razones diversas, entre ellas el espacio; a modo de ejemplo, unas cuantas preguntas de este documento: ¿nos importa, como sujetos de izquierda, la cultura?, ¿tiene la cultura alguna utilidad?, ¿se puede hablar de la belleza desde la política y del paro desde la cultura?, ¿sólo el ocio es el momento de lo cultural?, ¿sólo la Cultura es cultura?, ¿es la cultura, ideología?, ¿es la cultura popular una cultura asequible, fácil, legible, desde un punto de vista intelectual?... (sic). Porque lo verdaderamente relevante para la clase obrera es la instrucción, es decir el conocimiento como elemento que favorecerá la capacidad de creación, de cultura. Lenin, citando a Marx, sostenía que el éxito de su doctrina radicaba en la capacidad de aprender y apropiarse de todo lo valioso del pensamiento, la ciencia y la cultura de la humanidad. En este país, con un analfabetismo técnico muy elevado, el intento de IU de acometer la situación de la cultura pasa por centrarse en el papel del artista y no en las necesidades populares, en satisfacer las propias necesidades de una organización reformista que apuntala el sistema burgués, y no de una organización que defiende y estimula los intereses del pueblo.

Ilustra IU su documento de “revolución cultural” con la base del análisis que aporta el sociólogo Pierre Bourdieu, donde indica que “el campo artístico aspira a la autonomía y debería ejercer como un contrapoder frente al campo económico o político”, es decir, desligado de la realidad objetiva. Con esta base, la ponencia se desenmascara con el punto reivindicativo que propone: “Democratización de los medios de comunicación”.

Convertido en sujeto y actor maltratado, IU plantea este punto como “la otra cara de la reforma electoral” (sic) necesaria para una “auténtica democracia”, sin la cual no existe igualdad en la contienda electoral, en la contienda política. Desconsiderando el carácter de clase del Estado y de sus herramientas de propaganda ya sean de propiedad privada o pública, posiciona a IU en el marco del debate de cómo se gestiona mejor el sistema capitalista. Y esta organización debe considerar que la mejor forma de gestión sólo se puede ejecutar con ella participando en el circo electoral, en condiciones de igualdad con los que ya participan y reparten el pastel, pastel que, por otra parte, está dividido en tres porciones: servicio público, iniciativas sociales y “negocios audiovisuales”; ¿en qué porción del pastel pretende participar IU?..., sin lugar a dudas, de los tres, es decir, que también contempla la información desde un punto de vista de negocio económico, ni tan siquiera del derecho a la información, ni tan siquiera del derecho a una información veraz.

En resumidas cuentas, no existe una sola línea en la “Convocatoria Social para una Revolución Cultural” que conciba la cultura como un instrumento para favorecer, mediante el conocimiento, el aumento de la conciencia de clase. No hay una sola línea que sitúe el papel de los medios de comunicación como instrumento de propaganda al servicio de la ideología dominante. No hay, en fin, una sola línea ni tan siquiera para la Cultura…, sólo para el oportunismo.

Víctor Lucas