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Tras estudiar a fondo el regio reportaje en la revista !Hola! –de la que, naturalmente, somos habituales lectores, ¡estaría bueno! con el respeto que acostumbramos nosotros a tratar estos asuntos palaciegos– llegamos a la conclusión de que el Rey está como un buey, vamos, que como siga evolucionando de esta manera, el día menos pensado, desde Zarzuela nos anuncian que Don Juan Carlos da un hermanito a sus tres retoños.

Fue emocionante ver a Su Majestad hecho un mozo, exhibiéndose en los jardines de Palacio en trescientas embargantes fotografías. Talmente parecía que la naturaleza hiciera un milagro porque el Rey, que cuatro días antes estaba hecho un carcamal, lo cual suponía un vilipendio para España, por arte de birlibirloque reapareció hecho un figurín gracias a unos señores expertos en photoshop.

Pero ahora, escarbando más a fondo en las secuelas de sus operaciones, hemos empezado a notar síntomas raros en las prótesis que colocaron al Soberano. A nuestro modesto entender, tienen interdependencias, es decir, si la cadera derecha se mueve se lo comunica al cerebro y el cerebro, a su vez, transmite la orden a la cadera izquierda que obedece, inexplicablemente, 125 segundos después !y claro! lo que realmente nos tiene en vilo es que cuando la orden hace el recorrido desde el cerebro a los majestuosos cuadriles, el Soberano se trastabilla, suelta las muletas que son como salvavidas porque el Rey tiene una insistente tendencia a venirse “palante” ferozmente. Cada vez que el Monarca pierde la perspectiva, a su alrededor se oyen murmullos y risotadas cuando sus acompañantes, con cierto retintín, repiten al unísono un pérfido “Auuuuuupa Majestad”, mientras desencolan la real jeta borbónica del “empedrao” y lo levantan a plomo. Luego, ya incorporado a sus funciones normales (comer, discursos de Navidad, visitas a Corina, caza de elefantes, dormir, celebración de la pascua militar, visitas al excusado) pide perdón y promete que no volverá a ocurrir, pero es que estamos persuadidos de que en términos humanos es imposible que este hombre guarde la línea vertical de una forma honrosa.

El inconveniente cesaría en parte si Don Juan Carlos hiciera, a ratitos libres, prácticas de lectura. Nosotros somos gente llana y natural y no nos incomodaría nada que su Majestad hiciera los discursos “tumbao”, o a gatas, o si nos apuran “sentao” en un sillón, que hay auténticas monerías de sillones baratos, prácticos y funcionales... pero es que el Rey se ha hecho un gandul y un testarudo. Es cierto que nunca tuvo el pobre el preciado tesoro de la elocuencia ni la envidiada virtud de la oratoria. En cuestiones de estado no vamos a pedir a los Borbones que muestren agudeza y talento pero... ¡qué menos que las cuatro reglas! Y no hay manera, por más que le insisten los que le preparan los discursos: “repase, Majestad, repase que es por su bien, repase que somos el hazmerreír de todos los telediarios, repase que se nos viene encima la institución”, Don Juan Carlos tiene interiorizado lo de la puta campechanería y así nos pasa...

No hace muchos días, en la reaparición más esperada, cuando todos nos felicitábamos por lo guapetón y elegante que veíamos a Don Juan Carlos con su trajecito de Capitán General del Ejercito de Tierra y bendecíamos las prótesis que intuíamos resplandecientes debajo de sus pantalones, le acercan el atril y en el cuarto renglón ¡plaff! Su Majestad no arranca, Su Majestad se ahoga, Su Majestad sopla, resopla, bufa, ronca, jadea, gruñe, farfulle, desbarra... ¡Ay qué nervios! La familia le miraba espantada, los militarotes observaban con cara de perros, el Príncipe decía: “que me deje a mí, que me deje a mí...” El asesor se lamentaba..." si es que no me repasa los discursos...", el Rey parpadeaba, fruncía los ojos y renegaba de su fortuna “agarrao” a los papeles buscando entre el público al cabrón del electricista que tuvo la infausta idea de apagar el interruptor.

Es muy fácil criticar pero prueben ustedes a articular ante las Fuerzas Armadas de España, sin aire, con el frenillo desatado y sin luces, esta proposición: “mantener las capacidades que se requieren para garantizar la seguridad de nuestra patria en un escenario económico de gran complejidad”. Afortunadamente, nosotros le entendemos, Majestad, son las luces, su problema siempre han sido las luces.

Telva Mieres