El hijo bastardo de las tramas negras

Cuando horas después del asesinato de John Fitzgerald Kennedy un oscuro personaje llamado Lee Harvey Oswald fue detenido y de inmediato acusado de ser el autor de los disparos que acabaron con la vida del Presidente de Estados Unidos (figura sobre la que recae una inmerecida leyenda que lo convierte en el mayor icono de la progresía occidental), el aparato estatal y sus múltiples ramificaciones en los medios de comunicación se apresuraron en dar por zanjado un acontecimiento que amenazaba con provocar demasiadas preguntas incómodas.

Acusar a un hombre que actúa movido por razones inescrutables y perturbadas, más aún cuando este personaje es asesinado bajo custodia policial, sin que nadie mueva un dedo por impedirlo, es una buena forma de pasar página y dejar que la maquinaria de poder de la primera potencia mundial siga en marcha con su proyecto imperialista. Y así es como se asienta la versión oficial de los hechos hasta que en 1996, Norman Mailer, controvertido novelista norteamericano, publica una extensa novela que tras la apariencia de una biografía al uso, ofrece la amplísima visión del personaje del "asesino solitario" cuya trayectoria queda expuesta en todos sus matices, desde el joven ideológicamente desestructurado y más que probable peón – nunca agente – de la CIA, y de las estructuras que delegan en la imaginación popular, condicionada por el sensacionalismo, la formación de un mito. Las relaciones personales de Oswald, su estancia en la URSS de finales de los años 50 que en un nivel narrativo rompe por completo con la imagen convencional y demoniaca que en Estados Unidos se tenía de los ciudadanos soviéticos, su vinculación con las cloacas del estado empeñadas en acabar con la Revolución Cubana a beneficio de los grandes capitalistas y por encima de todo su soledad, son los trazos de una novela extraordinaria que de manera discreta funciona también como una impagable lección de historia.

Juan Mas

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