Primero tenemos la guerra que todos conocemos por los medios, la de Ucrania, en la que no se sabe muy bien qué pasa, si se avanza, si se retrocede, quién lo hace, sabemos que se envían armas, cada vez más potentes, y que se da toda la cobertura a Zelenski, que vaya donde vaya, siempre aparece con la misma guisa, como si nunca saliera de la primera línea de fuego, pero también, al forzar su atuendo, haciendo ver que éste forma parte de una representación, que es puro atrezo. En esta guerra, cuando logra algo el gobierno que la UE y los EEUU tienen en Kiev, nos hablan de una gran victoria contra la autocracia de Putin y sus tiránicos planes contra esta Europa nuestra, la misma que no ve a los miles de migrantes que se hunden frente a las soleadas y ricas playas del Mediterráneo. 

Luego está la otra guerra, la de siempre, la del capitalismo contra la clase obrera y los pueblos del mundo. Esta otra es el principal instrumento del capitalismo en su fase imperialista para hacerse con nuevos mercados, controlar materias primas, mover la industria, y destruir fuerzas productivas. Cuando el bloque hegemónico de la pirámide imperialista no tiene rival, esta guerra se hace en el denominado tercer mundo, en los patios traseros de turno, como si se tratase de escaramuzas. Pero cuando el bloque hegemónico ve peligrar su dominio, cuando su poder se tambalea, aparecen las grandes guerras, esas que luego los historiadores llaman mundiales. 

En la última década, la guerra de siempre se ha agudizado, y nos encontramos con una conjunción de circunstancias que a la fuerza llenará páginas de los libros de historia. Si, por un momento, miramos cómo empezó la Iª guerra mundial, debido al choque inevitable entre el imperialismo liderado por el bloque franco-británico y las necesidades imperialistas del capitalismo germano. Y miramos también que la IIª guerra mundial fue, entre otras cosas, la desembocadura de la crisis del 29. Veremos que en estos momentos  se dan ambas circunstancias; tenemos un bloque hegemónico cuyo dominio es incompatible con las potencias emergentes, y a su vez, nos encontramos con la imposibilidad de volver al crecimiento anterior a la crisis del 2008. Además podemos añadir que nuestro ecosistema está al borde del colapso y el infernal potencial destructivo de los arsenales de hoy.      

Pero hay otra cuestión que debemos ver, en 1914, para llevar realizar la primera guerra en la que se usaron tanques, aviones o armas químicas, el imperialismo lanzó su relato de turno que fue defendido por lo políticos de orden, esos que hacen de la reforma un fin en sí mismo, que dicen ser la izquierda seria, la que suma y puede. Todos ellos apoyaron la guerra y repitieron el relato del imperialismo. Sin embargo, no todos traicionaron al proletariado, los bolcheviques y los espartaquistas fueron los únicos  que explicaron que la guerra no era la que anunciaban los oportunistas, era la del capitalismo contra la clase obrera. Hoy ocurre lo mismo, y no se puede hablar de Putin, o caer en el ninismo, sin estar engañando al proletariado y contribuyendo al desastre mundial. 

El planeta en un único sistema en el que al proletariado nos llevan continuamente al matadero. Los salarios, los precios, la vivienda, la salud, la naturaleza o la guerra, todo ello va unido, y por eso sólo la unidad de la clase obrera lo puede enfrentar, pero la unidad sólo  es posible mediante la organización política que haga de la necesidad proyecto, y esa organización es la de su vanguardia, es la del partido comunista.

Eduardo Uvedoble

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