Como no puede ser de otro modo, en cada ocasión, ya sea cultural, social, lúdica, etc., se manifiestan, en mayor o menor grado, las contradicciones de clase que impone el sistema capitalista. En el caso de la Feria de Sevilla, esto se puede apreciar desde diversos enfoques.

Por un lado, allá acuden toda suerte de personajes, más o menos esperpénticos, aristócratas y terratenientes, que buscan como continuar con su modo de vida parasitario. Valga el ejemplo de una de las nietas del “Campechano”, monarca emérito, fugado por sus ilegales trapicheos, Victoria Federica, pija de egregia estirpe cuya presencia en la meritada feria fue jaleada por los medios de comunicación burgueses. Junto a ésta, acude la cohorte del pijerío local, autonómico y nacional, que no pierde ocasión de hacer alarde de sus privilegios, como se ve en la afluencia de caballistas, calesas y toda suerte de carruajes.

De igual forma, allá acuden empresarios con sus posibles clientes, guiris o no, a los que tratan de sacar algún negocio bajo los efectos de litros de “rebujito”.

También acuden las clases populares, por supuesto, clase obrera y demás, quienes solo se pueden permitir pasear y lo que les permita su no demasiado boyante cartera, eso sí, entrando sólo en aquellas casetas públicas que tienen acceso abierto a todo el mundo, que son las menos, pues la gran mayoría de las casetas son privadas con acceso absolutamente restringido a quien no sea socio o socia.

Pues bien, todo este aparato de vistosidad, aparente alegría y colorido tiene como contrapartida uno de los escenarios de sobreexplotación más feroz que afecta al personal que trabaja hasta la extenuación para que señoritos, pijos y pijas y demás morralla social puedan disfrutar de la feria.

Este año, ya desde antes de iniciarse la Feria de Sevilla, la Asociación Andaluza de Hostelería de Feria, que son los empresarios que aportan el personal para la atención al público: cocineros y cocineras, camareros y camareras, personal de montaje de instalaciones, etc., venía quejándose porque, según ellos, la “reforma laboral” impedía que se pudiesen hacer jornadas de trabajo muy superiores a las que legalmente corresponden. Estos hosteleros de feria, explotadores donde los haya, han estado exigiendo “plena disponibilidad y horarios prolongados en atención al público”. Así, tal cual, aparece en un comunicado de prensa de estos buitres. En el colmo del cinismo, han achacado a la “reforma laboral” recientemente aprobada por el gobierno socialdemócrata, la imposibilidad de poner en práctica sus abusivas condiciones, alegando que tal reforma ha limitado la jornada laboral y obligado a establecer descansos entre jornada y jornada de 12 horas. Pero la jornada de 40 horas semanales lleva regulada en el estado español desde 1919 y los descansos están recogidos en el Estatuto de los Trabajadores desde la década de los 80. A tal grado de ignorancia, necedad y estupidez llegan estos explotadores.

La “plena disponibilidad y los horarios prolongados en atención al público” a la que tan alegremente se refieren estos empresarios y empresarias se plasma en exigir jornadas de más de 12 horas, ofrecer unos salarios de miseria y cotizar lo menos posible por los trabajadores y trabajadoras - en algunos casos, se han estado ofertando empleos temporales con jornadas de 12 horas (que siempre son más) por 450 euros de paga total, sin respetar el periodo legal de descanso trabajando este personal en unas condiciones inhumanas, teniendo incluso que dormir en jergones tras las casetas, porque nos le da tiempo de ir a sus casas ni para ducharse. A estos señores esclavistas de ferias, no se les ha pasado por la imaginación que la solución no está en que un trabajador o trabajadora trabaje 12, 14 o más horas al día hasta la extenuación, sino en contratar a más trabajadores o trabajadoras que cubran los turnos en las debidas condiciones de salubridad laboral, con salarios dignos y cotizando a la Seguridad Social. Pero claro, esto no entra en sus cuentas, pues sus beneficios podrían verse mermados y eso sí que no, faltaría más.

F.J. Ferrer          

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