La subida de precios tiene una clara expresión de clase. Con ello se produce una desvalorización de la fuerza de trabajo.

Cuando la inflación sube un 10%, la capacidad adquisitiva de la clase trabajadora baja en ese mismo porcentaje. Eso que parece de absurda lógica, no lo es tanto cuando oímos a los voceros de la patronal hablar de la imposibilidad de actualizar salarios sin hundir la economía o a representantes sindicales negociar a la baja para recuperar algo de capacidad adquisitiva, cuando es obvio que el aumento de los costes repercute en el consumo.

Sería impensable que se acordara una bajada salarial del 10 % a toda la población trabajadora sin que socialmente existiéramos a duras confrontaciones y movilizaciones, encauzadas por los “agentes sociales” o desbordadas por asambleas de trabajadores y organizaciones sindicales alternativas (menos institucionalizadas). Sin embargo, eso es exactamente lo que ha ocurrido. Curiosamente se mantiene una increíble “pax social” fruto de la manipulación hegemónica de las posiciones de la clase dominante.

El objetivo del Banco Central Europeo, en este sentido, fue mantener una subida de precios en torno al 2 %. Obviamente esto ha fracasado y la alta inflación pone en serio riesgo la posibilidad, ya remota, de volver a sendas de crecimiento económico.

La política monetaria para intentar frenar la escalada de precios, a través de subidas de los tipos de interés, nos llevará a un nuevo escenario recesivo y probablemente no reduzca la inflación en el plazo y porcentaje deseado, porque tanto el diagnóstico como el remedio son erróneos.

En cualquier caso, la clase obrera, tanto por el hecho de la subida de precios como por las herramientas correctoras (subida de tipos, cese de estímulos…) , se verán afectados muy seriamente. Asistiremos a niveles de pobreza que la mayoría de generaciones no ha vivido.

Además, aunque existiera la voluntad política de adecuar los salarios al IPC (algo que intereses de clase no permitirán), estas medidas siempre son muy a posteriori a las subidas de precio, lo que provoca un tiempo de desvalorización de la fuerza de trabajo, o desde la otra cara de la moneda, un periodo de aumento de la tasa de explotación y del beneficio empresarial.

Si además tenemos en cuenta que la mayoría de productos que han incrementado su precio lo ha sido por cuestiones especulativas (expectativa de subida de precios), el negocio es redondo…

Según datos del INE (de abril), los precios en el último año han subido en el caso de los huevos y la leche un 11 %, los cereales un 9,1 %, el pan un 6,5 %. La subida del precio de los alimentos es de aproximadamente un 10% más caros que hace un año. Cada hogar en 2022 gastará 500 € de más en productos básicos.

Para entender el atraco al pueblo trabajador, el aceite de oliva sirve como caso paradigmático. Se cosecha en otoño, anteriormente a la intensificación del conflicto de Ucrania o a la posible repercusión de la escalada de precios de la energía o de las materias primas en su proceso productivo. España es el máximo productor mundial, con lo que no existen cuellos de botella en la distribución ni el transporte encarece en exceso el producto. Sin embargo, ha subido cerca del 42%,.

El aceite almacenado ha incrementado su precio, que no su valor. Y es que los caminos del capitalismo son inescrutables.

Se abre un tremendo periodo en el deterioro de nuestras condiciones de vida, pero por ello mismo, una oportunidad para la articulación de estructuras obreras y populares que desde la movilización en los barrios por la defensa de nuestros derechos más básicos vaya construyendo la respuesta necesaria que revierta el camino que el enemigo de clase nos señala.

Kike Parra

 

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