Para quien no la conozca Germinal es una miniserie de seis episodios que adapta la novela homónima de Emile Zola en la que el autor francés detallaba una huelga general en una cuenca minera francesa durante el II Imperio. La historia se abre con la llegada a la cuenca minera de un agente de la I Internacional y se cierra con la salida cabizbajo del agitador tras la derrota de los trabajadores. Pero es una derrota que vaticina futuras victorias, de ahí el título.

Aunque la serie merece la pena ser vista con calma por todo lo que enseña sin idealizaciones ni simplezas, voy a empezar por las tres cosas que no me gustaron de ella. En primer lugar, abomino del uso de la banda sonora: ni la miseria ni el combate merecen ser tratados como si de una película de sobremesa fuera. La música, durante los seis capítulos, convierte una y otra vez lo político en un amasijo sentimental que deniega la reflexión política. En segundo lugar, tampoco favorecía su comprensión no visceral la síncopa de las escenas. Particularmente el primer episodio es una sucesión de espasmos epilépticos más adecuados para un videoclip de Rosalía que para el relato de una huelga en la segunda mitad del siglo XIX.

  En honor a la verdad he de decir que las escenas se pausan y cobran una mayor profundidad narrativa en el resto de los episodios.

En tercer lugar, no aparece una escena que me impactó durante la lectura de la novela (no he podido comprobar si la escena fue un invento mío). Al final de ella, cuando los obreros vuelven derrotados al tajo en la mina, el gerente de la mina, que acaba de descubrir la infidelidad de su mujer, los mira mientras piensa en que los mineros son afortunados porque están libres de problemas de amores, porque para ellos la sexualidad se vive sin las cortapisas de su posición social. Esta escena fue siempre para mí un ejemplo de muy distintas cosas desde la certeza de que lo que se ve está en otro lugar que no es la simple mirada directa a las cosas hasta la defensa de la franca liberación sexual de las mineras. Fue para mí toda una decepción que no apareciese.

Sin embargo, la serie posee grandes virtudes. La más obvia de todas es que recorre sin dejarse ningún punto reseñable todos los elementos de una huelga general e indefinida. Desde el primer momento de temor y duda, el convencimiento progresivo, las dificultades de conversión de una huelga económica a una huelga política, la función de la solidaridad, el contagio. Pero también se explica el esquirolaje sin maniqueísmos, pero sin simpatías, o las distintas posiciones dentro del movimiento: el pactista, el revolucionario y el maximalismo nihilista que acaba volando la mina con los mineros dentro.

Eso del lado de los obreros, pero debemos hablar del lado del capital (que a mí se me escapó en la lectura de la novela hace mil años). En la serie hay dos explotaciones; una pertenece a una gran corporación de capital monopolista, mientras que la otra es de un pequeño propietario con tintes incluso progresistas, un “buen patrón”. Es muy interesante ver cómo el gerente de la gran corporación fuerza y agudiza la huelga para que, con la paralización de la producción, el burgués se vea obligado a vender su pequeña mina al gran capital. Este análisis está muy próximo a la explicación de la función de las crisis, y la huelga puede ser eso para el capital, para la concentración del capital que hace Marx. Y llevamos tres años con crisis sucesivas.

Jesús Ruiz

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