La estancia de Jorge Dimitrov en Alemania en los años 1930 estuvo marcada por el apogeo del nacional-socialismo alemán, es decir por la nominación de Adolf Hitler como canciller del Reich y por la más bárbara represión contra el movimiento obrero y popular de Alemania. Una opresión que empezó prácticamente desde el 11 de noviembre de 1918 en que se firmó el armisticio de la I Guerra Mundial entre representantes del Imperio alemán y de la Triple Entente. Aquel año una serie de sublevaciones revolucionarias dirigidas por consejos obreros y militares a la manera de los soviets estallaron en toda Alemania como consecuencia de los desastres de la guerra, de las exigencias del Tratado de Versalles y de las crecientes tensiones entre el pueblo y las élites aristócrata y burguesa. Una situación que forzó la abdicación del káiser (emperador) Guillermo II, pero que encontró la oposición del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD)

encabezada por Friederich Ebert, quien, aliado con el Comando Militar Supremo Alemán y con fuerzas de extrema derecha, sofocaron de manera brutal el levantamiento espartaquista del 5 al 12 de enero de 1919, y con ello la llamada Revolución de noviembre. Un desenlace que acabó formalmente con la firma de la nueva constitución de la República de Weimar, el 11 de agosto de 1919. Una república socialdemócrata que se extendió de 1919 a 1933, y que se encargó principalmente de rehabilitar las clases sociales que sustentaron el régimen caído tras la humillante derrota en la Gran Guerra, y combatir el movimiento revolucionario (entre otros muchos, asesinato de los líderes espartaquistas Karl Liebcknecht y Rosa Luxemburgo el 15 de enero de 1919). Pese a ello, la oligarquía germana (la burguesía, la vieja aristocracia, los  grandes propietarios industriales y financieros), blandiendo el “peligro bolchevique”, decidió destruir una república que siempre detestó. Para ello la acción de grupos paramilitares y de asociaciones patrióticas y antisemitas fue determinante. Aunque para ese momento la dócil socialdemocracia ya había asumido su rol represor y el hecho de que fuese la burguesía quien implantara un régimen más concatenado a sus intereses. Y así fue. Tras un corto periodo de cierta bonanza económica y un paradójico florecimiento cultural, este llegó el 30 de enero de 1933 con el juramento de Adolf Hitler como canciller de Alemania. Un régimen fascista, xenófobo y racista, producto de una profunda degradación política y económica representada por la senilidad del presidente Hindenburg y por las consecuencias del Tratado de Versalles y el crack de 1929.

El incendio del Reichstag

Fue en ese grave contexto político y social que el trabajo revolucionario del Partido Comunista de Alemania (KPD), de los comunistas en general y de Jorge Dimitrov en particular se llevó a cabo entonces. Un trabajo semiclandestino contra el nazismo cuyo partido no disponía de la mayoría en el Reichstag (parlamento alemán); pretexto para que el gobierno de Hitler decidiera consolidar definitivamente su poder. Para conseguirlo ideó incendiar el Reichstag y culpar de ello a los comunistas. La finalidad de tamaña fechoría era aprovechar el sentimiento de reprobación de la sociedad alemana para  organizar en toda Alemania una especie de Saint-Barthélémy (matanza indiscriminada de protestantes en el siglo XVI en Francia) de comunistas y del movimiento obrero revolucionario. La ejecución del diabólico plan fue confiada a Goering presidente del Reichstag, y cuyo hotel particular se comunicaba directamente por un pasaje subterráneo con el edificio del Congreso alemán. El incendio se produjo el 27 de febrero de 1933 a las 21 horas (una noticia recogida en todos los diarios del mundo), y aquella misma noche Goering hizo público un comunicado inculpando a los comunistas de conspirar contra el Gobierno. “El partido comunista alemán pretendía con el incendio dar la señal de partida de una insurrección en Alemania”, afirmó el dirigente nazi. Inmediatamente después se emitió la ley de excepción, la ilegalización del Partido Comunista de Alemania y la persecución y encarcelamiento masivos  de comunistas ( más de 4500 dirigentes y funcionarios, incluidos los diputados del parlamento) y de la oposición en general. El nazismo se ponía en marcha.

Revolucionario de firmes convicciones

Tras el chivatazo de un camarero de una cervecería en Berlín, Jorge Dimitrov y otros dos dirigentes comunistas (Blagoi Popov y Vasil Tanev) fueron detenidos el 9 de marzo de 1933. Las pretensiones del gobierno hitleriano eran hacer con ellos un juicio ejemplar (el célebre Proceso de Leipzig) que permitiera asegurar su poder autócrata. Sin embargo el tiro le salió por la culata. Los jueces nazis hallaron en Jorge Dimitrov un comunista y un revolucionario de firmes convicciones dispuesto a asumir su propia defensa hasta las últimas consecuencias. El alegato de Dimitrov contra el fascismo y su carácter de clase, y contra el montaje perpetrado por el Gobierno nazi para aniquilar el movimiento revolucionario alemán y su propia persona, ha pasado a la historia por su inteligencia y capacidad analítica, pero también por la solidaridad internacional masivamente expresada por millones de trabajadores de todas las latitudes, así como por intelectuales, dirigentes del mundo político y sindical y por periodistas de diferentes opiniones. Unos y otros decididos a trasmitir al mundo entero la necesidad imperiosa de construir un amplio frente antifascista. Germen de lo que algún tiempo después serían los frentes populares en Europa.

Al terminar el juicio, Jorge Dimitrov fue declarado inocente y absuelto de todos los cargos.  Convirtiéndose este veredicto en la primera victoria de los comunistas contra el fascismo. Todavía deben resonar en aquel recinto algunas de sus palabras más sentidas: “Defiendo mis ideas, mis convicciones comunistas. Defiendo el sentido y el contenido de mi vida. Cada palabra mía es la expresión de mi indignación más profunda contra esta injusta acusación, contra el hecho de que se impute a los comunistas un crimen tan anticomunista”. Después de aquel juicio y su puesta en libertad en diciembre de 1933, Jorge Dimitrov regresó a la URSS que le concedió la nacionalidad soviética. En 1934 fue elegido secretario general de la Internacional Comunista y, en 1935, presidió su último Congreso en el que se aprobó la táctica de los frentes populares, llevada a cabo en países como Chile, Francia y España. Dimitrov escribió numerosas resoluciones contra el fascismo y sus métodos de inusitada vigencia, entre ellas, en 1935, La ofensiva del fascismo y las tareas de la Internacional comunista en la lucha por la unidad de la clase obrera contra el fascismo y, en 1937,  El fascismo es la guerra. De vuelta a su país, Jorge Dimitrov brilló con luz propia ocupando el puesto de primer ministro de la República Popular de Bulgaria de noviembre de 1946 a julio de 1949. Año en que falleció tras una larga enfermedad. Hoy, resistiendo los avatares del tiempo, su estatua majestuosa se alza en el Parque de esculturas del arte socialista de Sofía, capital de Bulgaria.

José L. Quirante

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