La decisión está tomada: que un virus de apenas 0,1 micras de diámetro no continúe lastrando la tasa de ganancias de muchos monopolios (no todos), la deuda pública o el producto interior bruto. Y ello a costa de la salud colectiva en toda la geografía capitalista, de norte a sur, de este a oeste, ¡cueste lo que cueste! Naturalizando e incluso banalizando el contagio con palabros como “gripalización”. ¡Mira por dónde! El Estado capitalista finalmente ha necesitado recurrir a su propia variante de negacionismo.

Al menos frente a la variante delta, la vacunación protegía unas 4 veces del contagio y 10 veces frente a la letalidad por COVID-19. La mayor transmisión de la variante ómicron, sin embargo, hizo caer en picado la protección frente al contagio, dejando en evidencia las catastróficas consecuencias para la salud pública de la gestión capitalista de la pandemia.

El Instituto de Salud Carlos III comunica en su último informe un exceso de aproximadamente 6.200 muertes en el Estado español entre el 8 de noviembre y el 2 de enero pasado. Y todavía falta por recoger el efecto de las “entrañables” celebraciones navideñas. En lugar de utilizar el efecto protector de las vacunas para proteger la salud pública, el capital lo ha empleado en reproducirse a sí mismo. Multiplicando por 10 la tasa de incidencia de anteriores olas, ha logrado contrarrestar la protección vacunal. ¡Enhorabuena!

Cerca de 2 millones de bajas laborales en lo que llevamos de sexta ola, más de 3 mil millones de euros de gasto en Seguridad Social en lo que llevamos de pandemia, y la correspondiente pérdida de productividad han llevado a los gobiernos, cediendo ante las presiones de la patronal y contra toda evidencia científica, a rebajar la duración de las bajas por caso positivo de 14 a 10 días primero, y recientemente a 7 días (y ya nos preparan para reducirlas a 4 días). Además las vacunas, a pesar de que ya no protegen eficazmente del contagio, son utilizadas como excusa para prácticamente extinguir las bajas por contacto estrecho. Nos quiere tanto el patrón que necesita vernos en el tajo incluso contagiadas/os. Y es que hay amores que matan.

José Barril