Hay que reconocer que la sesión parlamentaria por la que se aprobaba la Reforma laboral el pasado 3 de febrero fue, al menos, rara.

Las cortes españolas andan “entre la cirrosis y la sobredosis”, como la “muñeca” de Sabina y no cesan las sospechas de confabulaciones, traiciones o pucherazos.

Hay quien afirma haber visto a Alberto Casero, diputado del PP por error, contando unas 30 monedas a la salida del Hemiciclo, pero también aseguran que no eran de plata, sino que estaban perfectamente acuñadas con las señas del euro.

Debemos reconocer que vivimos en tierras de gente desconfiada, porque un error lo tiene cualquiera, o incluso dos o tres, ¿por qué no? Sugerimos que olvide la senda del pensamiento contuberniano y pida perdón a los suyos como lo hizo el emérito, con clase regia y que asevere que no lo volverá a hacer más, como Sandro Giacobbe en su jardín prohibido.

Y aunque no valgan esos dineros su peso en oro, que la devaluación constante de la moneda europea con respecto al áureo metal está en máximos históricos, dan vía libre al desembolso de aquellos que prometieron desde Bruselas a cambio de algún que otro ajuste normativo de nuestro surtido de disposiciones, tan dañinas para la prosperidad de lo nuestro.

Y es que al final, todo da la razón a don Mariano Rajoy en la afirmación de aquello de que “España es un gran país que hace cosas importantes y tiene españoles”. Y en este sentido, más de “estado” que nunca, todos y todas a una, como en Fuenteovejuna, aunque luego se echen los trastos, que es cosa muy de aquí.

Y en ese esfuerzo por sumar y convergir en lo que sin duda debe ser por bien de la totalidad, que para ello hubo unanimidad entre sindicatos y patronal; el premio a la concordia se lo debemos dar a nuestra ministra del momento, doña Yolanda Díaz y a todo su séquito de socialdemócratas, que siguiendo la escuela del devenir histórico del PCE de la mal llamada transición, que bien pudo ser transacción, ha sabido dar al “César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.”

Hay que reconocer que tragaderas tiene unas cuantas y hay quien afirma que tras las reuniones que mantuvo con el Santo Padre y luego con los gerifaltes de Europa, se le oyó cantar entre susurros aquello de “Ecsta si, ecsta no. Esta me gusta me la como yo”.

Gracias a la venia papal, no parece afectada por nada, como tampoco por el cambio de opinión de los UPN que la noche antes bromeaban entre vinos con la cara que pondría la ministra tras las votaciones.

La realidad resultó que la mayor sorpresa se la llevaron ellos mismos cuando la presidenta del Congreso tuvo que intervenir con aquello de que “ Los servicios de la Cámara me informa que queda convalidado el Real Decreto Ley”. No deja de ser curioso que sean los “servicios” de la “cámara” quienes anuncien la “cagada” cometida y que unos y otros apelen a la revisión del V.A.R.

Esto debiera servirnos de lección para implantar esa resiliencia tan de moda y aprovechar las oportunidades de futuro que esto nos abre.

En primer lugar, Alberto Casero, puede aprovechar los Fondos de Recuperación para digitalizarse, algo que le va a venir bien para próximos eventos telemáticos. En segundo lugar, entenderá él y los suyos de primera mano aquello del “no es no”, que tanto ha costado interiorizar a la derecha española.

En tercer lugar, siendo honestos, y sin voluntad de querer dejar cerrada la lista, deben reconocer que como se dice futbolísticamente, se la han dejado botando, para que la próxima contrareforma sea la de la mochila austriaca.

Ya veo a la Gamarra, muy “cuca”, con ese símbolo de prosperidad a la espalda, afrontando el camino de Santiago, para pedir al Santo Apóstol, una vuelta a los valores tradicionales donde los rojos eran rojos y los azules añiles y cada cual sabía de arriba a abajo la alineación de su equipo, el Credo y la programación televisiva.

Kike Parra