“Succession” no es solo una serie de magnífica estructura y guion, sino también una serie que permite múltiples lecturas sobre el capitalismo. Unas son bastantes obvias: el capitalismo es un combate entre tiburones por devorar el mercado y al resto de peces en una piscina portátil. Otras, suposiciones repetidas hasta el aburrimiento: por ejemplo, el destino de una empresa depende de una reunión de una camarilla, o de si una cistitis inoportuna desencadena una demencia senil transitoria en el Amancio Ortega de turno. Otras son mentiras reconfortantes: ser millonario implica necesariamente la mezquindad y la traición continua y desalmada (lo del camello y los ojos de las agujas). Incluso las hay que comprometen a los pobres, aduladores y siempre dispuestos a sacrificarse por algunas migajas del lujo. Todas tienen trazos de verosimilitud y supongo que serán parcialmente verdaderas, pero ninguna de ellas merece perder el tiempo de esta columna.

Es mucho más interesante que nos acerquemos a una contradicción específica que se incrusta en la concepción misma de la propiedad bajo el capitalismo: la herencia y el mérito.

Lamento ponerme brevemente pedante. Cuando John Locke, en “Segundo tratado del gobierno civil”, hace su defensa de la conversión de la propiedad feudal de la tierra a la capitalista (los cercamientos que estudia Marx en “El Capital”), después de justificar el dinero como el mecanismo de conservación del excedente producido, eleva la herencia al estatus de institución económica imprescindible. Su argumento podría resumirse en la pregunta: ¿para qué producir más de lo que uno es capaz de consumir en su vida? Para nada, si no fuera para que esta propiedad acumulada continúe vinculada al sujeto, aunque sea por la encantada persistencia del apellido y la genética.

Hasta aquí todo va como la seda. Cada cual está en su derecho de conservar aquello que amerita y trasmitirlo como desee. Sin embargo, ¿qué pasa cuando el volumen de la propiedad es tal que la garantía de su conservación es completamente independiente de los méritos del receptor? Ya en el siglo XIX, John Stuart Mill (que fue contemporáneo de Marx, quien lo leyó y lo distinguió de los meros sicofantes del capitalismo) enfrentó este problema bifronte: por un lado, la progresiva concentración y centralización del capital; y la emergencia del movimiento obrero, por otro. Mill, por supuesto, consideró que la concentración de la propiedad y de las rentas extractivas sobre la productividad eran un problema de primera magnitud, pero destacó, no obstante, el nocivo efecto moral que la riqueza heredada y no ameritada tenía sobre el carácter de los hijos afortunados. Tan contraria es la riqueza recibida a la moral que dedicó algunas páginas de “Principios de economía política” a la propuesta de limitar la herencia a lo que se legaría a un hijo ilegítimo (no me preguntéis a cuánto equivale).

Esta es, creo, la lectura más provechosa que se puede hacer de “Succession”. No se duda ni por un segundo de la legitimidad de la herencia, del derecho a usar aviones privados o a mofarse, utilizar o asesinar pobres; pero, al mismo tiempo, los caracteres de los herederos alcanzan cotas de abyección moral tragicómicas. El mayor es un niñato libertariano con delirios de presidente del imperio; el segundo es un narcisista drogadicto incapaz del menor afecto; la única mujer utiliza a todos, incluido a su marido, como títeres de sus ambiciones; mientras que el benjamín es un payaso sarcástico e impotente. Los cuatro se relacionan en una economía movediza de alianzas y traiciones volubles por el acceso a la propiedad del padre. Por eso, en la última escena de la tercera temporada el patriarca les espeta: “labraos vuestra propia montaña de dinero”.

Jesús Ruiz