En el comienzo fue la luz. Es decir, Pablo Iglesias, Podemos y Cía. El mundo iba a cambiar de base. ¿Los nada de ayer todo iban a ser? Sí, muchos lo aseguraron en plazas repletas de manos danzarinas. Se asaltaría el cielo al grito pelado de ¡Sí podemos! Y todos estremecieron con frenesí. Se acabaría para siempre la casta de los que viven del cuento, las “puertas giratorias” de los ex altos cargos gubernamentales, la gangrenosa corrupción que corroe las entrañas del Estado. Y lo creyeron a pies juntillas. También se derogaría la reforma laboral, la “ley mordaza”; se tomarían medidas para consolidar y reforzar la sanidad pública, la educación, las pensiones; se decretaría el “stop desahucios”, y por fin elegiríamos entre República y Monarquía. ¡Coño!, el no va más. Hablaron incluso - al parecer seriamente – de condenar oficialmente al franquismo y sus crímenes de lesa humanidad. ¡Ah!, y de una “Ley de Memoria Histórica” que contemplara, de una vez por todas, verdad, justicia y reparación para todas las víctimas de aquel régimen abyecto y genocida.

Y lo mejor de todo: eso se conseguiría sin trasnochadas revoluciones. Sólo participando en el Gobierno de la nación. ¡Qué bien!, exclamaron embelesados. Pero no fue así. Sí, los rebeldes sin causa participaron – y participan – en el codiciado Gobierno, pero “las cosas” son duras de roer, y al final, los muy tunos dijeron que “hacen lo que pueden”. Entonces, Iglesias, de un tajo, ¡zas!, se cortó la coleta, ¿o se la cortaron? Vete a saber. El caso es que el personal, beodo de falsas ilusiones, se quedó tieso y a dos velas. 

Militante maleable

Precisamente, para que ese personal vilipendiado (principalmente la clase obrera) no se sienta demasiado decepcionado por tanto engaño y sapo engullido, y no le dé por pensar en opciones revolucionarias y clasistas, el poder capitalista (la oligarquía, la banca, sus medios de comunicación, el Gobierno) reorganiza su flanco izquierdo lucubrando acerca del reemplazante de Pablo Iglesias para – cuando sea necesario - seguir apuntalando al PSOE, sumiso y eficiente gestor del capitalismo hispano. ¿Y quién mejor para semejante faena que “la camarada” Yolanda Díaz? Mujer estilosa donde las haya, de buen ver, instruida, ministra de Trabajo y, sobre todo, miembro del revisionista PCE. Por tanto, una militante dúctil y maleable predispuesta siempre al “pacto social y al consenso”, analgésicos generalmente eficaces contra subidas inopinadas de fiebre social. Y si no bastan esos sedantes, pues “garrotazo y tente tieso”. Como hicieron en Cádiz en noviembre, donde la lucha ejemplar de 20.000 obreros y obreras del metal por mejoras salariales y por un convenio colectivo justo estuvo marcada durante diez largos días – sin que Díaz se inmutara - por una brutal represión policial (gases lacrimógenos, balas de goma, tanqueta blindada, numerosos heridos y detenidos), por la firma presurosa de un acuerdo insuficiente entre CCOO, UGT y la patronal para evitar la extensión del conflicto al conjunto del Estado y, cuando redacto estas líneas, por la detención de numerosos trabajadores que participaron en las movilizaciones gaditanas.

Grotescas invenciones

En tales circunstancias y con tamaños procederes, ¿cómo seguir pensando que esta “izquierda” vendida al gran  capital puede resolver los problemas de la clase obrera y otras capas populares? Pura ensoñación. Además, las grotescas invenciones Iglesias, Díaz y quien, con el beneplácito de la burguesía, encarte en su momento, no son nada, no son “ni chicha ni limoná” para la clase obrera. Sólo sirven para prolongar la agonía del capitalismo español y su horrible secuela de explotación, desigualdad, pobreza e injusticia social. Y que nadie crea que un “capitalismo humano” (insufrible contradicción) salvará al pueblo trabajador. Esto sólo se conseguirá concienciándonos y organizándonos revolucionariamente. No hay otra solución.

José L. Quirante

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