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Hace un par de años Unidad y Lucha comentó en la sección Travelling la película “Gracias a Dios” del cineasta francés François Ozon. En ella, partiendo de los abusos sexuales cometidos a menores en la diócesis de Lyon (más de 70 niños agredidos y violados por el clérigo Bernard Preynat entre 1980 y 1990), se cuenta el combate ejemplar de tres de sus víctimas, que no pudiendo olvidar después de más de 30 años lo que les pasó cuando de niños estudiaban en colegios católicos privados, deciden crear la asociación “La palabra Liberada” para romper silencios y exigir responsabilidades y justicia a las más altas instancias eclesiásticas del país vecino. Una batalla ardua y arriesgada que hoy ve sus frutos, pues los obispos católicos de Francia, presionados por esa voluntad tenaz de exigir justicia, pidieron en 2018 al vicepresidente del Consejo de Estado francés, Jean-Marc Sauvé, de 72 años de edad, presidir una “Comisión Independiente de Abusos Sexuales en la Iglesia” (Ciase) para investigar los crímenes de pederastia cometidos entre los años 1950 y 2020. Es decir, durante un periodo de 70 años.

Cifras espeluznantes

Las conclusiones del informe que lleva el nombre del alto funcionario galo (elaborado durante más de tres años; de 2.500 páginas, al parecer sin desperdicio ninguno; publicado el pasado 5 de octubre en París y transmitido a la Conferencia de obispos de Francia ese mismo día) son aterradoras y demoledoras. 216.000 menores sufrieron abusos sexuales por parte de curas o religiosos (unos 3.200 según “estimaciones mínimas”), a los que hay que añadir otros 114.000 casos por abusos provocados por laicos que trabajan en medios religiosos, catequesis o centros educativos católicos; y así hasta llegar a un total de 330.000 víctimas de abusos sexuales durante esas 7 décadas. Casi 5.000 víctimas al año, de las cuales el 80% son chicos y el 20% chicas. Unas cifras espeluznantes y sobrecogedoras que revelan respecto a este execrable affaire la actitud negligente, cuando no claramente encubridora, de la Iglesia católica francesa, así como la persistencia en el tiempo de una verdadera omertà, o ley del silencio, que ha tratado de acallar infructuosamente esta abominable pedocriminalidad. Pero, como dicen los creyentes católicos: nada es eterno en este valle de lágrimas, y gracias al coraje y determinación de un grupo de víctimas dispuestos a combatir la ignominia, la caja de Pandora de la pedofilia en la Iglesia católica gala se ha abierto exhalando parte (sin duda sólo la punta del Iceberg) de su pestilente y abyecto contenido. Planteamiento (a la espera de las decisiones de justicia que se imponen) igualmente asumido - y con parecidos resultados - en las iglesias católicas de Alemania, Irlanda, Estados Unidos, Países Bajos y Australia.

Spain is different

Muy distinto, sin embargo, es el caso en la Iglesia católica española, que pese a sufrir presiones de diferente índole para que haga una investigación global sobre la existencia de abusos sexuales en sus dominios, ha decido por boca del secretario general de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Luís Argüello, mirar descaradamente para otro lado. Y es que en este asunto, como en otras asignaturas todavía pendientes: laicismo, memoria histórica, etc., Spain is different. Very, very different. Y si no que se lo pregunten al juez Llarena, pirado por atrapar como encarte al escurridizo Puigdemont mientras cuida con solicitud y celo al terrorista venezolano, Leopoldo López, reclamado por la justicia bolivariana; o a la Fiscalía del Tribunal Supremo que prepara ladinamente el retorno impoluto del pupilo de Franco; o que interpelen sin recato ni temor a los aspirantes a ser el mayor fascista del condado. Seguro que todos ellos sabrán hacer también la vista gorda frente a la criminal pedofilia en la iglesia católica española.

José L. Quirante

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