Compartir

Si alguna vez alguien creyó que la infamia, la mentira, la desfachatez y la cara dura de los “grandes” medios de comunicación burgueses habían alcanzado cotas insuperables, se equivocó de cabo a rabo. En ese terreno, como en otros muchos que prueban sin molestarles el cinismo y el carácter expoliador y destructor del sistema capitalista, son inmejorables, únicos. Sí, sí, inimitables. Y esto que digo no es práctica exclusiva hispano-española, es también la de todos los países del planeta Tierra mangoneados por castas que defienden la propiedad privada de los medios de producción y el imperialismo, entendido éste como fase superior del despotismo capitalista. Pero sigamos con la diatriba que me incita. Es como si con el desastre humano ocasionado por la terrible pandemia (casi 5 millones de muertos en todo el mundo; unos 100.000 fallecidos en el Estado español hasta la fecha), debido básicamente a la reducción sostenida en el tiempo de efectivos y servicios sanitarios públicos, “las altas esferas” mediáticas (públicas y privadas), es decir quienes se encargan en el sistema capitalista de idiotizarnos diariamente, hubiesen decidido incrementar los esfuerzos embrutecedores para que, ante el descrédito político endosado con tamaña catástrofe, “la cosa” no se desmadre demasiado.

“Mentir, mentir…”

Por eso, sin dudarlo un instante, “periodistas” del peine y del tailleur más pijo (con sueldos de unos 300.000 euros anuales, 25.000 pavos al mes) han puesto ipso facto manos a la obra asegurándonos, como voceros bien retribuidos de sus acaudalados amos, cosas como: que todo lo de la pandemia es culpa de los comunistas chinos; que este desbarajuste se va a enmendar en un periquete; que el crecimiento económico de España en los próximos años va a ser una absoluta virguería; que el paro pertenecerá pronto a la prehistoria, etc., etc. (“mentir, mentir, que algo quedará”, ¿recuerdan?); al tiempo que para que ni el gato piense en liquidar el sistema explotador en el que vivimos, regularmente nos largan, por los citados medios, reportajes –por supuesto objetivos– sobre la crueldad innata de quienes, según ellos, extintos comunistas, siempre dispuestos a comerse a los niños crudos. Sin embargo, en contrapunto perfecto, qué buenos y magnánimos son los boys y las girls del Tío Sam. Esparcidos solícitamente por el mundo para defender la paz, la democracia y la libertad. Claro que sí, por ejemplo, en Afganistán, donde hasta hace cuatro días nosotros y nosotras -tercos rojillos– afirmábamos que tras su invasión por EEUU y sus lacayos (entre ellos España) el 7 de octubre de 2001, y después de 20 años de ocupación, habían ocasionado centenas de miles de muertos y heridos, el sometimiento del país islámico a los intereses económicos y geoestratégicos yanquis y el saqueo de sus riquezas naturales. ¡Falso! Demagogia pura. Lo que realmente ocurrió en el país islámico ahora lo revelan sabias explicaciones de doctos expertos en la materia. ¡Uf! qué alivio. Sí, sí, la soldadesca yanqui y sus inefables colaboradores, entre ellos muchos vasallos en España, que en los últimos días del pasado mes de agosto experimentaron el jarabe vietnamita y corrían como conejos aterrorizados asidos a las hélices de aviones militares repletos de gente huyendo de Kabul, no hicieron daño ni a una mosca, al contrario, defendieron con ahínco la libertad, la justicia, la democracia, la libertad de expresión, los derechos de la mujer, etc., etc. Lo que pasa es que la ingratitud afgana obtura los sentidos, y, claro, pues nos liaron. Algún día lo lamentarán insinúan a diario en sus comentarios capciosos los y las “periodistas” del peine y del costoso tailleur. Miserables no, lo siguiente.

José L. Quirante