Compartir

Por mucho que se empeñen los despreciables medios de comunicación burgueses, a la militancia comunista no nos dan gato por liebre. Nanay de la China. Esta expresión popular del minino y el lepórido, usada para engañar de manera deliberada, viene al caso porque después de la tumultuosa salida presidencial del “hombre del saco”, el republicano Donald Trump, y de la laboriosa, larga y accidentada elección de su rival, el demócrata Joseph Robinette Biden Jr, Joe Biden para los amigos, esos mendaces medios han presentado a este último como el bueno de una infumable película sobre el Tío Sam. Un interminable y aburrido filme de “buenos y malos” que las voces de sus poderosos amos vienen largándonos desde la noche de los tiempos.

Y que en mi caso concreto podría situarlo a partir del momento en que tuve uso de razón. Es decir, desde el instante en que una lucecilla pequeña pero iracunda se encendió en lo alto de mi cresta permitiéndome, de una vez por todas, pensar y juzgar sin necesidad de muletas ni intermediarios. Entonces cotejé, por ejemplo, que el “bueno” J.F. Kennedy, “Jack” para sus socios de la Mafia, que había sucedido en 1961 al “malo” y valedor del régimen franquista Dwight Eisenhower, no era tan seráfico como lo pintaban, sino otro acérrimo anticomunista, responsable, entre otras proezas, de la invasión de Bahía de Cochinos en abril de 1961, de la crisis de los misiles de Cuba que en octubre de 1962 puso al mundo al borde del precipicio nuclear y del inicio, también en 1962, del uso criminal de armas químicas en la guerra de Vietnam (napalm, efecto naranja, etc.), cuyo impacto destructor y mortífero sufre todavía la población y la naturaleza de ese heroico país. De igual manera constaté la falaz alternancia en los casos del conspirador Richard Nixon y el necio Gerald Ford; del desalmado Bush Sr. y el libidinoso Bill Clinton, y así hasta llegar al neurótico belicista Bush Jr. y el mulato seductor Barack Obama. Los “malos” y los “buenos” que nos vendían expertos manipuladores de opinión pública se sucedían, sí, pero unos y otros practicaban las mismas políticas en lo fundamental: defensa del capitalismo corrupto y depredador en casa, y letal presencia imperial en el resto del mundo.

Cambiar para que todo siga igual

Ahora, con el odioso Donald Trump y el simpático Joe Biden, el mismo cuento se repite otra vez en consonancia perfecta con lo que escribió hace la tira Giuseppe di Lampedusa en “El gatopardo”: “Que todo cambie para que todo siga igual”. Así, después de intentar amedrentar al mundo entero y de tomar medidas económicas, financieras y geoestratégicas en beneficio de la oligarquía más reaccionaria y fascista estadounidense durante cuatro años, el multimillonario y golpista ex presidente Trump pasó el relevo, el pasado mes de enero (¡y de qué manera tan ejemplar!), al carcamal de Pensilvania. “Y el mundo respiró por fin”, decían exultantes los voceros y voceras del capital. El villano había sido desahuciado. ¡Qué alivio!, exclamaron regocijados también otros/as. Pero, hete aquí, que dos sucesos dramáticos han probado la benevolencia del bueno de la película y el sentido auténtico de la cita lampedusiana: el conflicto entre la entidad israelí y Palestina y las continuas injerencias yanquis en la Revolución cubana. En el primero caso, justificando (“Israel tiene derecho a defenderse”) la última masacre sionista cometida en Gaza el pasado mes de mayo, y en el segundo caso, manteniendo y agravando el criminal bloqueo a Cuba pese al voto en contra de 184 países en la Asamblea General de la ONU, el 23 de junio. Pero, ya sabemos, aunque el imperialismo se vista de seda, pérfido y asesino se queda.

José L. Quirante