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El asesinado presidente de Haití, Jovenel Moïse, se une a la trágica lista de magnicidios cometidos en América. En Haití, además, no se trata del primer magnicidio, ya que su historia como país independiente comienza con el asesinato de su primer presidente Dessalines y también podemos recordar al presidente Jean Vilbrun Guillaume Sam asesinado el 27 de julio de 1915 después de esconderse en la embajada francesa por una turba enfurecida.

Hagamos un poco de historia de esta nación de 11 millones de habitantes:

El 17 de diciembre de 1492 la nao Santa María descubre una isla a la que se la daría el nombre de La Española (la isla que hoy se divide entre la República de Haití y la República Dominicana), escenario de la primera fundación y establecimiento urbano español en el Nuevo Mundo: el Fuerte Navidad, de corta vida, pues mientras Colón se encontraba en España informando a los Reyes Católicos sobre su viaje estalló un alzamiento de los indios tainos esclavizados para el trabajo minero y agrícola. Para los indígenas el maltrato y las enfermedades traídas por los españoles produjeron un notable descenso de la población. Este sería el inicio de una exterminación silenciosa pero visible de los aborígenes, lo que implicó traer nueva mano de obra, autorizándose en 1498 la introducción de esclavos negros en América.

Haití se convirtió en puerto de llegada y salida hacia las colonias de América iniciándose la expansión de la producción azucarera y de la conquista francesa de la isla, lo que generó un tratado entre España y Francia. La parte española sería el posterior Santo Domingo y la francesa daría lugar a Haití. Los esclavos negros serían, entonces, la principal mano de obra para el trabajo en las plantaciones y conformaron una gran población.

A Haití llegaron, además, muchos piratas que buscaron refugio en la isla y consolidaron el contrabando, en particular el de aquellos piratas negreros a quienes los franceses y burgueses blancos de la isla les compraban mano de obra esclava. Las condiciones en que vivían y trabajaban los esclavos en las plantaciones fueron el detonante para la rebelión, pues las noticias que venían de Francia y de Estados Unidos hicieron eco en las plantaciones

Mientras Francia se debatía entre la república y la autocracia, en Haití el alzamiento negro se inició al proclamar una reivindicación en la sociedad, en especial su libertad. Esto se consideró como la primera revuelta de los esclavos y con ello los dueños de las plantaciones pensaron que la producción se detendría si se les otorgaban a los negros esos privilegios. Aunque el gobierno francés de 1792 les concedió la ciudadanía a aquellos hombres de color, la libertad estaría más lejos de lo que esperaban. Tal pronunciamiento generó una oposición en los blancos burgueses y blancos artesanos de la isla, quienes tuvieron que aceptar, en 1794, la decisión de la abolición de la esclavitud en las colonias francesas.

El general negro Toussaint-Louverture, que durante las guerras entre Gran Bretaña, España y Francia participó en los bandos españoles y luego en los franceses con el fin de expulsar a los británicos de la isla, vio su objetivo de libertar a los esclavos cada vez más lejano. Luego de varias batallas y estrategias militares para la expulsión de los británicos de la isla, se logró a mediados de 1798. Pero las hostilidades entre los mulatos y los esclavos continuaron. Jean Jacques Dessalines y Henri Christophe se unieron a Louverture contra las tropas francesas de Napoleón. Al mando del general Charles Victoire Emmanuel Leclerc se reconquistó la isla para los franceses y Louverture fue capturado y en 1802, enviado a Francia y enjuiciado por Napoleón.

Al morir Louverture en Besançon en 1803, su lugar como general de las tropas rebeldes esclavistas lo tomó Dessalines, quien derrotó a los franceses en la sangrienta batalla de Vertieres y proclamó la independencia de Haití el primero de enero de 1804. La independencia de Haití fue un hito en la historia de América. Fue esta la segunda nación libre del continente y se convirtió en un símbolo al considerarse su revolución como la primera y única de esclavos negros. Este hecho, sin duda, estremeció ese mundo moderno que se estaba forjando. Al igual que los europeos, la elite criolla de las colonias latinoamericanas estuvo al tanto de las nuevas noticias que ocurrían en el Caribe. Muchos se preocuparon sobre el efecto que tendría la revolución haitiana en su sociedad. Otros, en cambio, la vieron como una esperanza. Haití fue la primera nación en el mundo que abolió la esclavitud, para lo que tuvo que pagar una onerosa indemnización a la “libre, moderna y progresista” Francia. También fue la primera nación independiente de toda América Latina y el Caribe.

Prueba del olvido consciente con el que el resto del mundo trató a Haití son las palabras de Idalbert Pierre-Jean, que señala que “las constituciones americanas y francesas siempre fueron citadas como antesala de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU. Sin embargo, la primera constitución de Haití de 1801 que consagró la libertad humana y la libertad contra la peor barbarie de la humanidad —la esclavitud— nunca fue mencionada al lado de los grandes textos de los derechos humanos”.

Considerado como el padre de la nación, Dessalines formó un nuevo gobierno en Haití. En 1806, fue traicionado por sus colegas Henri Christophe y Alexandre Pétion y fue brutalmente asesinado. Se inició un nuevo gobierno que apoyaría más adelante las luchas independentistas de las nacientes repúblicas americanas, como Colombia y Venezuela. El apoyo con armas y provisiones se dio a cambio de las promesas de emancipación de los esclavos en las repúblicas.

La primera mitad del siglo XX estuvo marcada por la ocupación militar de Estados Unidos, entre 1915 y 1934, y una masacre instigada por el presidente dominicano Rafael Trujillo en la frontera común de Haití y República Dominicana, que se cobró la vida de 20 000 a 30 000 haitianos. La violencia no se detuvo, y de 1957 a 1986, padre e hijo Duvalier —François, el padre, apodado “Papa Doc”' y su hijo Jean-Claude, “Baby Doc”'— sembraron el terror y desangraron el erario público. Se estima que sus grupos paramilitares, entre ellos los tristemente célebres Tonton Macoute secuestraron, torturaron, mataron e hicieron desaparecer a 60 mil personas de la oposición.

Harta de la opresión y las élites haitianas, en 1986 una insurrección popular derrocó a Jean Claude Duvalier, quien se exilió en Francia. Pero su partida no solucionó los problemas estructurales del país.

El poder en Haití estuvo por unos años en manos de militares que propinaron una serie de golpes de Estado, hasta que en 1990 fue elegido por primera vez un presidente democráticamente: Jean-Bertrand Aristide.

Aristide comenzó a gobernar el 7 de febrero de 1991, pero fue depuesto en un nuevo golpe militar siete meses después. Mientras se exilió en Venezuela y después en Washington, los militares, de nuevo en el poder, llevaron a cabo cientos de detenciones, torturas, ejecuciones extrajudiciales de los ciudadanos partidarios de Aristide. Así lo denunció la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 1993.

Un año después, en 1994, con el apoyo de 20 000 soldados estadounidenses, Aristide fue devuelto al poder, pero, claro, a cambio de un precio: concedió a los Estados Unidos futuras privatizaciones en empresas de telecomunicaciones y aplicó medidas neoliberales exigidas por instituciones financieras internacionales. ¡El negocio es el negocio!

En 1995, Aristide le traspasó el poder a René Préval, el segundo presidente haitiano elegido democráticamente en doscientos años. Préval gobernó 5 años sin mayores sobresaltos y con un marcado enfoque de economía neoliberal. En 2000 le retornó la presidencia a su colega Aristide. La inestabilidad política, la corrupción, el crimen y la miseria siguieron profundizándose al punto que en 2004 una revuelta popular lo forzó a un nuevo exilio. La ONU envió ese mismo año una misión de paz —MINUSTAH— “para apaciguar y estabilizar los caldeados ánimos del país caribeño”. MINUSTAH estuvo los siguientes 13 años allí, envuelta en controversias y escándalos de corrupción y abusos —entre los que se encuentran escándalos sobre prostitución de menores— que han generado el recelo de los haitianos frente a la ONU.

Azotada durante años por huracanes y tormentas tropicales, el 12 de enero de 2010, Haití sufrió un terremoto devastador que dejó al menos 220 000 personas muertas, otras 350 000 quedaron heridas y se registró un millón y medio de damnificados. El devastador sismo agravó la aguda y penosa crisis social. El país quedó parcialmente en ruinas, con cientos de miles de viviendas, edificios gubernamentales e iglesias destruidas.

Desechos de una estación de la ONU contaminaron de cólera el Artibonite, el principal río de la isla, generando una epidemia que cobró la vida de 10 000 personas y enfermó a más de 600 000. Después de años de negar su responsabilidad, la ONU pidió perdón en 2016, pero poco ha hecho en materia de reparación financiera. Desde entonces, Haití intenta reconstruirse sin éxito.

En noviembre de 2010, once meses después del terremoto, se llevaron a cabo elecciones en las que ascendió el músico y político Michel Martelly. Su promesa de campaña fue la de reconstruir un país sumido en la desesperanza y en el que cientos de miles de familias vivían hacinadas en frágiles refugios sin servicios de saneamiento básico. Pero la presidencia de Martelly sostuvo un pulso constante con el parlamento y su gobierno no alcanzó las metas propuestas.

En 2015 se llevaron a cabo nuevas elecciones presidenciales, en las que el candidato de Martelly, el joven empresario Jovenel Moïse, quedó en primer lugar. Pero la oposición en el parlamento alegaba fraude electoral, motivo suficiente para detonar nuevas protestas y disturbios en las calles. Ante la presión, Martelly cedió el poder a un presidente interino y el país atravesó un 2016 de crisis institucional. Para rematar, en octubre de ese mismo año el huracán Matthew dejó cerca de 400 muertos.

Tras un año de postergar el traspaso de poder, un nuevo proceso electoral en 2017 dio por vencedor otra vez a Jovenel Moïse, quien asumió la presidencia el 7 de febrero de 2017. Pero prontamente estallaron escándalos de malversación de fondos, que destaparon la corrupción de su Gobierno y el de sus antecesores.

El dinero que habría servido para parte de la reconstrucción del país, más de 2 mil millones de dólares, cayó en manos de tres gobiernos según un informe revelado por el Tribunal Superior de Cuentas sobre el caso PetroCaribe. Se trata del petróleo venezolano subsidiado a varios países caribeños por mandato del chavismo con el que se habrían enriquecido los gobiernos de Préval, Martelly y Moïse. De manera que el país protestó todo el año 2019 en un masivo estallido social.

Tras un año de pandemia, ahora en 2021, el país vuelve a estallar. El Consejo Superior del Poder Judicial de Haití emitió una resolución en la que asegura que el período presidencial de Jovenel Moïse terminó el 7 de febrero. Pero el mandatario se negaba a entregar el poder y asegura que le queda un año de gobierno, pues su mandato de 5 años comenzó en 2017 y no en 2016. Y aquí nos encontramos con su asesinato.

Entretanto, en las calles de Haití retornan las protestas, la violencia y la arbitrariedad policial. El crimen arrecia, ahora, bajo la modalidad de secuestros indiscriminados. Una crisis que poco preocupa al mundo. Tras 215 años de independencia, Haití sigue más pobre y convulsa que nunca. Y tan olvidada como siempre.

Marcos Manuel Rodríguez Pestana