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Tras las elecciones del 4M a la Asamblea de Madrid, los grandes medios de comunicación, cumpliendo con su papel de voceros del sistema, insisten en describir una manipulada síntesis de la realidad que encasilla los resultados obtenidos hacia la victoria o la derrota de unos u otros o, como suelen decir, del bloque de la derecha sobre el bloque de la izquierda. Sin embargo, basta con observar un poco más allá de este simplismo para comprobar el complejo escenario ante el que nos encontramos. Situemos algunas de las claves para entenderlo.

El capitalismo, agotado y sufriendo una enorme agudización de su crisis estructural, necesita maniobrar para resituar su posición y reforzar las herramientas de dominación del bloque oligárquico-burgués sobre el pueblo trabajador.

Pero, ¿cómo interpretar esto en lo concreto? A nivel estatal comprobamos que, por una parte, se encuentra la socialdemocracia cumpliendo de nuevo con su papel histórico; desde el gobierno del Estado se garantizan las condiciones para la denominada paz social, es decir, para desactivar cualquier contestación que pueda impulsarse desde el movimiento obrero y popular contra los intereses del capital, lanzando para ello sistemáticamente falsas promesas de mejoras en las condiciones de vida; en paralelo, los grandes sindicatos asumen el mismo discurso y frenan cualquier lucha frente a la patronal. Por otra parte, los partidos del ala más conservadora y liberal, apoyados en la ultraderecha, aprovechan el campo de cultivo generado para reclamar su turno y cosechar los mejores frutos para el capital. En definitiva, asistimos a un teatro de títeres con marionetas cuyos hilos manejan siempre las mismas manos.

En el caso de Madrid, el gobierno regional del Partido Popular y Ciudadanos cayó cual castillo de naipes ante la onda expansiva de la frustrada moción de censura en Murcia. Tras más de un cuarto de siglo legislando, el PP no podía permitir la mínima posibilidad de que ello pudiera cambiar y, en cuestión de horas, no dudaron en prescindir de sus socios y convocar elecciones. Lo que pudiera parecer una mala jugada, derivada del temor por perder el sillón, se trataba, en realidad, de una calculada maniobra para apuntalar en el poder a quienes mejor representan los intereses de la burguesía madrileña. Ciertamente, en esta campaña electoral nada de lo que pudo parecer anecdótico o casual lo fue; ese discurso rancio que elevaba a Madrid al máximo exponente de la España rojigualda, relegando al resto de territorios a lo provinciano, no solo escondía el mensaje chovinista del nacionalismo español, también recogía el testigo de la oposición a las políticas del gobierno central, sumando así apoyos no solo para la candidatura del PP sino también para la de VOX. Igualmente, el mensaje de “libertad” y su versión ampliada de “comunismo o libertad”, también arrastró una enorme propaganda hacia los intereses del sistema y el ensalzamiento del discurso anticomunista. Ese discurso de que en Madrid uno pueda tomarse una caña cuando le dé la gana, de que entre o salga cuando quiera, no es fruto de la excentricidad de una señora llamada Ayuso. No, es un claro mensaje para romper con las normas establecidas a favor de los intereses burgueses, por encima incluso de la salud de los madrileños y las madrileñas; una estrategia que busca el rédito no solo de la burguesía, sino también de un pueblo trabajador adormecido y con un bajo grado de conciencia de clase. Y mientras tanto, la ultraderecha de Vox siguió ganando espacio institucional a través, entre otras cosas, de hacerse notar vomitando mítines xenófobos y machistas en barrios y pueblos obreros de Madrid, provocando a su paso un rechazo popular que supieron rentabilizar a su favor presentándose como víctimas de ello. No hay duda, ante este panorama vemos cómo el teatro de títeres alcanza ya la categoría de espectáculo de terror.

Mientras tanto la socialdemocracia, como parte que es del sistema, no ha ofrecido alternativa alguna. Ha permitido que calase el mensaje de la derecha y la ultraderecha sin apenas confrontar, sin iniciativa y con unas campañas que han elevado el personalismo de sus líderes a los mismos niveles que el de sus adversarios.

Pero tengamos claro que estas elecciones no han sido más que otro paso en el objetivo del capitalismo por mantenerse en pie. En Madrid sí hay alternativa, y es la que las y los comunistas construimos día a día, concienciando a la clase trabajadora y organizándola para luchar por sus intereses. Más allá de la batalla electoral, en la cual participamos y afrontamos como altavoz para la clase obrera, sabemos que es en las calles, en los pueblos y barrios, en los centros de estudio y de trabajo, donde plantamos con nuestra lucha la semilla que forja definitivamente el destino del pueblo trabajador hacia la consecución del socialismo.

Javier Martorell