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Hay matrimonios bien avenidos y luego está el matrimonio entre el capitalismo y patriarcado. Ese sí que es una pareja modélica, bien avenida y enriquecedora para las partes ¡Ni la mejor pareja de Hollywood podría protagonizar tal bombazo!

¿Y por qué decimos esto? Porque a día de hoy que el patriarcado continúe tan instaurado en nuestra sociedad no es casualidad, ni por asomo. El sistema capitalista lo necesita y mucho, y si es en pleno apogeo mejor, más se aprovecha de sus beneficios sociales, pero sobretodo económicos.

Y es que sin el patriarcado la reproducción de la fuerza de trabajo ¿en quién recaería? Está claro que el capital necesita a unos obreros y obreras sanas (o al menos útiles para explotar), necesita que comamos, al menos de vez en cuando, necesita que cuidemos a sus futuros obreritos y obreritas, que el beneficio no se extrae solo, y bueno… el cuidado de nuestros mayores no les importa mucho, pero tampoco es cuestión de abandonarlos en la cuneta que estaría feo. Por tanto, necesita que alguien se encargue de esas tareas y casualmente su maridito, el sistema patriarcal, asegura que las mujeres asumamos dichas tareas y encima de forma gratuita.

Se instaura y perpetúa un concepto de familia, amor romántico y una división sexual del trabajo que garantiza que las mujeres aunque entremos en el mercado laboral, también nos encarguemos de todas las tareas “hogareñas”. En caso contrario ¿Qué pasaría?

Pasaría que el capital debería asumir el pago de esas tareas a través de salario y por tanto sus beneficios serían mucho menores. Si tuvieran que incluir en el pago  directo o diferido, crear recursos públicos para que limpiasen nuestra casa y nuestras ropas, para que cuidasen a nuestros vástagos, para que nos asegurasen tres comidas al día, para que las personas mayores o dependientes estuvieran atendidas, los millones en el banco de los dueños de todo serían sustancialmente menores.

Por tanto, cuando en un catálogo de juguetes a las niñas nos asignan las cocinitas y el mocho, los bebés llorones y los carricoches, no es porque histórica o genéticamente a las niñas nos gusten estas cosas. Se nos impone “sutilmente” en la infancia y se nos educa férreamente a lo largo de toda nuestra vida, porque de mayores necesitan que esos juguetes sean nuestra realidad diaria. Y es que el patriarcado, como superestructura es beneficio directo para el capitalismo (sin entrar a analizar nuestro menor salario, nuestro mayor índice de paro, nuestras menores pensiones y el largo etcétera de penurias que se nos asigna por nuestro sexo y clase).

Por tanto, que las mujeres asumamos las tareas de reproducción de esa fuerza de trabajo que mueve el mundo no es porque biológicamente estemos programadas para ello, sino por la división sexual del trabajo, del que se benefician tanto nuestros novios, amantes, maridos, compañeros de trabajo como fundamentalmente el capitalismo, que gracias a ese trabajo no retribuido acumula más beneficios al no entra en la ecuación de la reproducción del capital.

¿Y qué exigimos para acabar con esta doble opresión? La corresponsabilidad de  los hombres en las tareas de cuidados y atención pública de las que se puedan socializar, pero más allá de eso si no ponemos en valor el cuidado como elemento fundamental de la planificación de la economía en cualquier proceso transformador, que en el capitalismo no es posible, esta tarea se torna imprescindible en la construcción del Socialismo.

Alba AK