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Décadas de lucha obrera nos enseñan que si lo que se necesita es levantar una potente contraofensiva que enfrente las constantes agresiones de la patronal y sus gobiernos, no podemos olvidar nunca dos aprendizajes. Para nada son únicos, ni excluyentes, pero sí imprescindibles para empezar a darle la vuelta a la tortilla en función exclusiva de las necesidades e intereses de los trabajadores y trabajadoras.

Aprender de nuestra historia de lucha siempre será necesario para mantener en alto las banderas rojas de la clase obrera que dan continuidad al hilo rojo que nutre la lucha de clases, pero mucho más en momentos de reflujo y por eso estas líneas, que miran hacia atrás para reflexionar sobre cómo detener la espiral de pérdida de derechos en la que se encuentra inmerso el movimiento obrero. Unas notas para la acción y el debate colectivo con nuestra clase,

  1. Solo luchan quienes se sienten protagonistas de los acontecimientos.

  2. Las luchas más consecuentes y duraderas son las fundamentadas en la solidaridad y el apoyo mutuo.

Si analizamos lo que fueron las grandes huelgas de las décadas de los 70 y parte de los 80 hasta la gran Huelga General del 14 de diciembre de 1988 contra el Plan de Empleo Juvenil, en todas ellas estos factores estuvieron muy presentes. Desde la de hostelería en Málaga, o la del calzado en las comarcas del Vinalopó, u otras similares por salarios y derechos en los convenios, a las que se libraron contra cierres como las de Reinosa, Euskalduna o el Port de Sagunt, y también, las que se vivieron en barriadas obreras como las lucha contra la subida del precio del autobús en los barrios del norte de Alacant o la guerra del agua de Tres Palmas en Las Palmas de Gran Canaria, por nombrar solo algunos ejemplos, combinaron el factor del protagonismo de las masas obreras y la solidaridad de clase como factor determinante para su extensión y radicalidad.

¿Pero cómo ocurrió, qué pasó para que pueblos enteros se decidieran a luchar? Sin duda fue imprescindible la existencia de dos elementos dialécticamente vinculados: un movimiento obrero organizado y una importante presencia en él de elementos de la vanguardia fuertemente comprometidos. Pero, junto a ello, también una práctica en la que el compromiso con alcanzar el protagonismo de las masas, permitió el salto cualitativo de convocar la huelga o la movilización siempre tras procesos cuantitativos de multitud de reuniones, asambleas y contactos con un amplio entorno obrero y popular que, más allá de quienes se veían directamente afectados, se sentían protagonistas de la lucha. En resumen, un movimiento obrero profundamente comprometido con su proyección socio-política, que lograba influir y dirigir tanto en los centros de trabajo como en los barrios (reproducción de la fuerza de trabajo). En definitiva y como aprendizaje: sin un compromiso militante de la vanguardia en el seno del movimiento obrero que empuje a éste en su compromiso socio-político y que recupere la ASAMBLEA en el centro de trabajo y en los barrios obreros como factor sobre el que fortalecerse, no hay sindicalismo de clase. Sin esta proyección y sin la experiencia asamblearia de masas (pueblo organizado en la defensa de sus intereses y necesidades) en la que forjar cuadros y recuperar el protagonismo de quienes participan en la toma de decisiones, será muy difícil salir del escenario de la nefasta DELEGACIÓN de la representación en el liberado sindical burocratizado o en el concejal de turno, y el movimiento obrero se verá recluido y debilitado.

El sindicalismo de clase que se construye y empuja a favor del Socialismo no es una etiqueta, ni una proclama, pero tampoco una lucha circunscrita a la empresa de cada cual. Muy al contrario, es mucho más y requiere del factor socio-político y del protagonismo de las masas.

En el próximo número hablaremos de la solidaridad.

Paco Salens Montllor