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En lo que se refiere a la historia a veces es conveniente distinguir entre el suceso, que como su propio nombre indica es aquello que está ligado a la sucesión de algo, es decir, lo que está en mayor o menor medida determinado por su causa precedente, y en ese aspecto resulta predecible. Y el acontecimiento, que no es un suceso más, sino que es aquel hecho capaz de romper el orden de los sucesos y generar un orden propio. El acontecimiento es por excelencia el lugar de la historia, el sitio en el que con más nitidez se presentan las contradicciones que impulsan el quehacer humano. La Comuna de París, que asaltó el orden de la historia un 18 de marzo de hace ya 150 años, es así, todo un acontecimiento que ha quedado grabado en la conciencia, no solo de todos los revolucionarios/as posteriores, sino también en la conciencia de nuestro enemigo de clase, que antes mismo que el propio pueblo de París, tomó conciencia de la gravedad de la situación y se aplicó en sellar a cañonazos esa pequeña brecha en la historia que el proletariado abrió para dejar pasar un haz de luz de emancipación y progreso.

En mitad de un tiempo tan cargado de historia como el siglo XIX, lleno de profundas transformaciones sociales, guerras civiles, levantamientos, unificaciones nacionales, colonialismo y un sin fin de constituciones, tenemos el régimen de Napoleón III, que ejerció de cirujano de hierro de la burguesía francesa tras la revolución del 48, siendo un anticipo de los regímenes fascistas del siguiente siglo. El segundo imperio francés era la respuesta autoritaria, envuelta en toda la parafernalia chovinista típica que alimenta las vísceras románticas, que la alta burguesía necesitaba para colmar sus intereses, estuvo lleno de aventuras imperialistas, desde Camboya hasta México, recolocó a la iglesia en su papel de autoridad social, e inició una serie de reformas y proyectos que bajo una estética historicista, como baluarte de lo que debería ser la Francia eterna, consistían en todo un proyecto de expansión capitalista, el nuevo plan urbano de París es su mejor ejemplo. En la década de los 60 de ese siglo París asistió al inicio de uno de los elementos más importantes de la sociedad moderna, el urbanismo, esto es, la organización del espacio urbano como política social total, capaz de ordenar funciones, relaciones, estilos de vida y sobre todo facilitar el control. Las grandes avenidas del plan Haussmann no solo facilitaban el tránsito de mercancías y su venta en los escaparates de las amplias avenidas nuevas, también impedían que el centro de la ciudad pudiera ser fácilmente bloqueado por la muchedumbre.

De las primeras cosas que sorprenden cuando uno se acerca al acontecimiento de la Comuna es su brevedad, 72 días. Cualquiera que sepa un poco de la historia de las luchas sociales sabrá que ha habido huelgas, encierros o protestas que han durado lo mismo o más, y han cosechado mayores éxitos, y sin embargo no son tan mencionados. Ello se debe a que la Comuna de París, aun con todas sus limitaciones, entraña una experiencia absolutamente revolucionaria. No fue una insurrección, ni una revuelta, ni mucho menos, una orgía de pillajes, saqueos y todo tipo de ultrajes a la propiedad privada, que es lo mismo que dicen los medios de masas de hoy al poner el foco en los escaparates rotos y los contenedores quemados, no solo para criminalizar la protesta, sino también, para demostrar que las masas necesitan ser tuteladas por la moderación, responsabilidad y sentido de estado de los partidos de la burguesía. No, nada de eso, desde sus primeros días el proletariado y los sectores populares parisinos tuvieron muy claro que lo que tenían entre manos, no era la ausencia de poder, de hecho no se registraron episodios de delincuencia, sino la formación de un nuevo poder, que cambiando todo lo que teniene que ser cambiado, diera a luz un nuevo orden social, lo que acontecía era una revolución. La autoridad burguesa fue sustituida por la organización popular, y es aquí donde encontramos lo más destacable y significativo, tan luminoso para las masas oprimidas de la historia como aterrador para las oligarquías explotadoras de siempre; el proletariado se pone al mando, y al hacerlo, e iniciar un fulgurante proceso de transformación social, demuestra por qué el sujeto que absorbe todas las contradicciones es el único sujeto histórico capaz de liberar a la humanidad de sus males históricos. Porque lo tiene todo por ganar y solo puede perder sus cadenas.

Como en todos los grandes acontecimientos de la historia, en la Comuna se dieron las condiciones adecuadas que hicieron posible que la revuelta se convirtiera en revolución. De un lado un poder en crisis, de otro lado, tenemos un pueblo parisino, el más politizado de toda Francia, y que en la última década casi había duplicado su población con trabajadores migrantes que ocupaban los suburbios, no es todavía un proletariado fabril sino más bien trabajadores de talleres, imprentas, trabajadoras textiles, artesanos y todos los sectores populares que les dan servicio como tenderos y mesoneros, junto a ellos otros sectores subalternos, como telegrafistas, periodistas u oficinistas, cuya capacidad económica les acercaba más a la clase trabajadora que a la burguesía. Para comprender mejor la naturaleza de algunas de las medidas de la Comuna es necesario saber que, en lo ideológico, a grandes rasgos todavía perduran los viejos ideales jacobinos agitados por el activismo insurreccionalista y clandestino de Louis Auguste Blanqui y cohesionados por el cooperativismo proudhoniano.

La victoria prusiana sobre Napoleón III supuso la quiebra de su régimen. La burguesía, que rápidamente organizó un nuevo gobierno para proteger sus intereses, abandona París y se rinde. Sin embargo, en ese París duramente asediado y dejado a su suerte, aún queda ánimo combativo en la Guardia nacional, que era una milicia leal al pueblo, y lo que es más importante, también quedaban armas. Así, cuando el 18 de marzo, el ejercito francés entra en París para llevarse sus cañones, adquiridos mediante una colecta popular, y asegurar las condiciones de la rendición, el pueblo parisino con el proletariado a la cabeza, y en particular las mujeres proletarias de firme conciencia revolucionaria, como Luise Michel que dio la voz de alarma en esos primeros momentos, da un paso al frente en el escenario de la historia y asume su papel protagónico. Cuando se ordena a los soldados disparar sobre el pueblo, estos desobedecen, rápidamente, y gracias a la conciencia revolucionaria existente entre los parisinos desde la toma de la Bastilla 82 años antes, se pasa de la desobediencia colectiva a la responsabilidad organizada. Y al igual que cuando Fidel Castro, 89 años después, ante las agresiones del imperialismo declarase que cuando se ha conquistado el poder libertad quiere decir algo más, libertad es patria, y la disyuntiva de la revolución es patria o muerte. El proletariado de París toma el control para no dejar que sucumba la patria, que no es ya el chovinismo burgués del régimen de Napoleón III sino que es la promesa de una nueva república democrática del pueblo trabajador, es por eso que desde el mismo día 18, hondea en el ayuntamiento de París la bandera roja del proletariado.

Eduardo Uvedoble.

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