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#QuédateEnCasa. Como este, muchos hashtags han sido utilizados, con el objetivo de instar a la población a mantenerse dentro de sus casas, debido a la situación excepcional de pandemia que vivimos estas semanas. En sí, el planteamiento es correcto, es obvio que el evitar la circulación y contacto de personas hará que todo este proceso pueda ser superado lo más rápido posible. El problema, como siempre, no viene de cuestiones particulares, sino del ámbito sistemático en el que vivimos. ¿Cómo se puede inocular la mentalidad colectiva a una sociedad completamente individualizada? Sencillamente, no se puede. Habrá de jugar su papel el miedo; un miedo que mantiene a la gente encerrada en sus casas, crea actitudes hostiles entre vecinas y compañeras, y obliga a quien sale a enfrentarse, más que nunca, a los siempre afables y educados cuerpos represivos del Estado.

Por si todo esto no fuera caldo de cultivo suficiente para generar un enorme malestar y desequilibrio en el conjunto de la población (con un vistazo ligero a redes sociales podemos asomarnos al caos social que se está viviendo), hemos de tener en mente siempre de donde viene el problema. El capitalismo se está viendo sometido a una prueba de fuego,y, como no, su supervivencia y la de aquellos que son sus pilares irá por encima de cualquier otro tipo de necesidad (por mucho que los medios y sus lacayos sigan lavándole la cara). De esta manera, el pasado lunes 13, millones de trabajadores fueron enviados de nuevo a sus puestos de trabajo.

Yo no he tenido que esperar hasta el lunes. Hasta hoy, dos o tres días han sido los que he pasado enteramente en casa. Y como yo, miles de repartidores de comida a domicilio en todo el país estamos compartiendo las calles, junto con las ambulancias, los coches de policía y todos aquellos trabajos que el Gobierno ha etiquetado como “esenciales”. Hemos podido ver como los consejos de administración de las empresas han decidido cerrar sus establecimientos y servicios de reparto, pero algunas han preferido agarrarse a la LEY para no naufragar económicamente en estos tiempos de especial crisis.

La empresa Telepizza ya es conocida por sus atrocidades como no llegar a pagar el SMI a sus trabajadores (un repartidor en una noche puede hacerle ganar a la empresa prácticamente su sueldo base mensual) o mantener unas condiciones de trabajo poco cercanas a lo saludable. Respecto a este último punto, en el centro donde tengo el “placer” de trabajar estamos cambiándonos en vestuarios que no respetan las distancias de seguridad establecidas, en los cuales han llegado a verse ratas correteando.

La situación con la corporación empieza a ser insostenible, ya sea por los atrasos en nuestras irrisorias nóminas, porque la junta directiva se niega a cortar la actividad (cierran algunos locales, como puede ser el del Sardinero, el cual mantiene su actividad, pues somos nosotros, Lope de Vega, quienes estamos cargando con todos nuestros pedidos, más los que le corresponden a la tienda cerrada), porque estamos exigiendo que se nos proporcionen E.P.I o porque nos vemos ninguneados por un Gobierno que permite una constante exposición de muchísimos trabajadores que claramente no están desarrollando una actividad esencial bajo ningún asomo, lo cual se supone que es enfrentado por unos “sindicatos” que antes que exigir piden, y antes de pedir hincan la rodilla y besan la mano de la Patronal.

A todo esto, hay que sumarle el diluvio de pedidos que se acumulan cada noche. La falta de solidaridad es desoladora, y aún encima, se ha de lidiar con personas que se quejan de que sus cenas llegan quince minutos tarde, o que deciden grabar a escondidas a los repartidores buscando el fallo en la entrega, para luego señalarlos y ganar indemnizaciones por parte de Telepizza. Desolador. Una palabra que retumba una y otra vez en mi cabeza. Vivir esta situación en primera persona es vivir en primera persona todo el cáncer social que este sistema ha reproducido y mantenido vivo, con resultados francamente buenos para sus cuentas de resultados.

Como siempre, toca resistir. Los compañeros de Zaragoza van a la huelga tras haber sido sancionados por negarse a trabajar en estas condiciones. Resistiremos, no cantando desde el balcón, si no luchando con todos los medios disponibles contra el monstruo más salvaje de todos, el Capital. Resistiremos y venceremos.

Repartidor Telepizza y militante JCPE Santander