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Es habitual que la ideología dominante diseñe el rechazo a las leyes sociales del desarrollo histórico, a los hechos de las relaciones económicas y de poder que desbordan toda acción concreta e individual. El sistema se esfuerza en hacernos creer que la realidad es una suma de voluntades concretas, cuyo núcleo se reduce a una historia de pura moralina entre hombres buenos y malos. No es que nuestra dimensión moral no sea importante, al contrario, la toma de conciencia que nos compromete con la lucha histórica del proletariado es fundamentalmente un acto moral, pero sobre la conciencia de necesidades sociales históricamente determinadas que solo pueden ser trabajadas mediante la lucha de masas y la acción del partido.

Así, cuando se habla de economía, el sistema no quiere que veamos la lógica del capitalismo sino la idea de la corrupción. Y cuando se habla de política, el sistema no quiere que veamos las relaciones de poder que fabrica el modo de producción dominante, sino la ambición de los políticos. Actualmente, el conflicto catalán se nos presenta como si tratara de un culebrón, como un juego de tronos entre unos personajes cuyos nombres son Pedro Sánchez, Felipe VI o Quim Torra. Sin embargo, no se trata de actos individuales y concretos, sino de la punta del iceberg de las contradicciones históricas de la lucha de clases en España. Las relaciones de poder feudales dominantes durante siglos dieron paso a un desarrollo del capitalismo que ha necesitado en los últimos dos siglos de varias guerras civiles, dictaduras y restauraciones monárquicas. La monarquía actual no es tanto la consecución de ninguna tradición dinástica, como sí una “pax romana” que ha garantizado el desarrollo del capitalismo financiero y que solo cuando este ha entrado en crisis ha estallado dicha paz. La monarquía es el pacto de estabilidad del proyecto histórico de la burguesía, un proyecto que, tras las crisis del 2007, hace aguas al no puede satisfacer las aspiraciones de una parte de esa misma burguesía, comenzando así una crisis de poder que tiene múltiples escenarios, pero que tiene en el caso catalán todos los ingredientes del fracaso histórico de la burguesía; aumento de la miseria y explotación de la clase obrera, sentimientos nacionales mezclados con anhelos democráticos, pugnas por cuotas de beneficios entre facciones de la burguesía, y represión y violencia por parte del estado. Así, el régimen del 78 ha fracasado y la monarquía ha pasado de ser el garante de la alianza de la burguesía estatal a ser el garante de la crisis de poder y la represión en la que está se ve envuelta.

Eduardo Vecino