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Hoy el acoso laboral está presente día tras día en innumerables centros de trabajo. Las cada vez más reducidas plantillas de trabajo, el empleo precario, el abaratamiento del despido y en general las malas condiciones que el sistema se encarga de prevalecer para su mejor explotación de la clase trabajadora, hacen que día a día haya compañeros y compañeras de trabajo azotados por esta situación.

Situaciones de vejaciones verbales, psicológicas, desplazamientos, aislamientos, amenazas y un largo etcéteras de agresiones que llegan a mermar y mucho la salud física y psicológica de quienes la padecen.

Ahora bien, si bien es cierto que nadie está a salvo del acoso laboral, lo cierto es lo que muestran que las estadísticas y dejan claro es que las grades apaleadas por este aberrante desprecio somos nosotras, las mujeres trabajadoras.

Según el Informe Estadístico sobre Violencia Laboral (OAVL, 2017), en el 65% de los casos son mujeres las que denuncian violencia o acoso en el lugar de trabajo. Obviamente el informe únicamente recoge los casos en las que las mujeres han interpuesto demanda, pero, al igual que ocurre con las agresiones en el ámbito familiar, miles serán las compañeras que ante el abandono y mal trato que dan las instituciones frente a estos casos, no sean capaces de recurrir a la denuncia.

“A mi una mujer no me manda”, “tú vendes mucho porque estás buena”, “a saber lo que has hecho por el ascenso en el despacho del jefe”, “vete a la cocina que ese es tu sitio, y no este”, “mañana ponte guapa que viene el supervisor”, seguro que alguna de estas frases ha sido escuchada por más de una lectora de este artículo.

Nos despiden o no renuevan nuestros contratos por quedarnos embarazadas, se nos relega a puestos de segunda o se nos excluye de promociones y ascensos por el mero hecho de ser mujer. Llegando incluso a la agresión más funesta, la sexual, convirtiendo a la mujer en un mero objeto del que disponer. El sentimiento de culpa suele tenerlo la victima y no el victimario, fruto de la sociedad patriarcal y las secuelas físicas y psíquicas del acoso suelen ser graves y permanecen por bastante tiempo en quienes lo padecen. En algunos casos nunca llega una recuperación completa.

Y ante estas situaciones, ¿qué podemos hacer?. Cuando muchas veces es el propio jefe el acosador, cuando el sistema judicial está plagado de ideología patriarcal, cuando la prueba se vuelve diabólica, precisando la acreditación de todo lo que denunciamos, teniendo en cuenta que muchas veces este acoso se produce en el ámbito privado, las mujeres quedamos desprotegidas una vez más.

Y ni que decir tiene que las posibilidades de denunciar o de combatir esta situación se vuelve más peliaguda sabiendo que hoy en día despedirnos es bien barato, con contratos laborales temporales, con los salarios irrisorios, con las jornadas a tiempo parcial, las mujeres lo tenemos crudo. Además de lo anterior, ni siquiera los planes contra el acoso que hay en algunas empresas sirven de mucho. La carga de la prueba es en la mayoría de los casos para quien denuncia y las sanciones si no consigue probar el acoso denunciado, también. Se convierten en mero papel mojado y política de gestos sin contenido real de prevención del acoso laboral y protección a las victimas. Los convenios y recomendaciones de la OIT (206 y 190) que aunque cortos y limitados podrían suponer un cierto avance al menos en cuanto a clarificar y unificar de qué hablamos, están sin firmar por nuestro País.

No cabe duda, el capitalismo nos necesita sumisas y en especial en el ámbito laboral Por eso compañeras no tenemos otra salida, ¡luchemos!. Organicémonos para que ninguna de nuestras compañeras vuelva a ser víctima de este verdugo patriarcal que nos agrede a través de miles de formas y colores.

AlbaAk y Tomillo