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Si a cualquiera de nosotros nos preguntaran qué es un narco, reproduciríamos a un individuo de las clases populares, duro como una piedra y carente por completo de escrúpulos. Muchos de nosotros incluso imitaríamos algún taco con deje latino. Un asesino implacable en un mundo de lobos traicioneros. Imaginaríamos, si nos obligaran a inventar una trama, que este individuo soborna a jueces y políticos… salvo, como Brian de Palma, a los intocables. Claro, casi todos los intocables a sueldo del Estado que consume pero no la produce. Es una imagen compleja y efectiva de sacrificados héroes y antihéroes románticos que deja bastantes zonas en sombra.

Es absurdo negar la corrupción. Por ejemplo, cuenta Nacho Carretero en Fariña que el PSOE tuvo tratos financieros con los cárteles colombianos en los alrededores del referéndum de la OTAN; pero quizá debiéramos intentar comprender las relaciones de estos traficantes locales con el Estado, con sus estados, y con la burguesía de una manera más compleja. Eso es lo que intenta Oswaldo Zavala en Los cárteles no existen.

Oswaldo Zavala, profesor de Literatura Hispanoamericana contemporánea en la Universidad de Nueva York, analiza de manera detenida la utilización política de la construcción simbólica que permite que concibamos que un personaje como el Chapo Guzmán controlara tantos millones de dólares como el PIB de un pequeño país y que conociera, mejor que el mejor banquero, los procedimientos de blanqueo de capitales. ¡Y lo consigue sin apenas saber leer y escribir!

Los cárteles no existen cambia el terreno de juego. Por un lado, desmonta esta lógica narrativa que, como un género, sigue ya su propias dinámicas y coherencias internas. Esta lógica nos interesa porque produce efectos más allá de la propia literatura, el cine o las series de televisión. Las produce, según Oswaldo Zavala, en la organización del aparato de Estado en los países involucrados, como veremos ahora.

La suposición de existencia de unos cárteles que se enfrentan casi de igual a igual con el Estado permite al mismo Estado propagar la imagen de Estado fallido, por otro. A un Estado fallido le está permitido desatar toda la violencia que tiene a su alcance para recuperar el control o está legitimado para solicitar el socorro de los EE UU para recuperar el contrato social. Los más de 121 000 muertos desde que Felipe Calderón iniciase la guerra contra el narcotráfico; la justificación de la intervención estadounidense en Colombia. Esta segunda opción ocupó las tres primeras temporadas de Narcos. La cuarta, otra vez, el Chapo Guzmán.

Los cárteles no existen quizá adolece de indagar más la relación de ese poder con la explotación en las maquilas y la lucha de clases, pero a veces se acerca a ello. Olwaldo Zavala vincula las intervenciones militares en el norte de México (las famosas guerras de los Zetas… y el Chapo Guzmán) como la forma que encontró el Estado para desplazar a la población de esas zonas para su posterior adquisición por el capital dedicado a la extracción petróleo. Es decir, la guerra contra las drogas formó parte de una estrategia continuada de legitimación del uso de la extrema violencia por parte del Estado movilizada para cualquier objetivo contingente.

Esta estructura narrativa, como el melodrama o la novela de detectives, no salpica sólo a las grandes producciones norteamericanas. Llega a la literatura de izquierdas estadounidense: Don Winslow sigue punto por punto el modelo que recoge Zavala en El cártel. Novela sobre Adán Barrera, trasunto del Chapo Guzmán, detenido por segunda vez tres días después de una visita de Obama a México. También a la propia literatura mejicana: las magníficas novelas de Élmer Mendoza cuyo detective el Zurdo Mendieta tiene la única ventaja de la ambigüedad.

Jesús Ángel Ruiz Moreno