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La elección de Bolsonaro como presidente de Brasil, ha sido un acontecimiento que convulsionó y aún lo hace a buena parte de la opinión pública mundial. Su amplia victoria conseguida en dos vueltas electorales con el 46% de los votos emitidos en la primera vuelta y 55%, cerca de 58 millones de votos, así lo confirma. Estas elecciones celebradas en octubre del año pasado, se convirtió pronto en una batalla política entre el candidato del PT, y por tanto, la identificación hacia la política petista y su principal referente, Lula, y Bolsonaro un político que a través de un discurso agresivo contra los procesos de corrupción del anterior gobierno de Dilma y una ideología reaccionaria y ultra liberal, ha querido auparse políticamente.

A partir de este triunfo electoral ha sonado la alarma política y social en la que buena parte de la izquierda ha identificado y calificado a Bolsonaro y su propuesta política como de fascismo. Antes de entrar de lleno en la calificación de Bolsonaro y su programa, sería conveniente situar los rasgos fundamentales que colocan la propuesta bolsonarista en el panorama social y político de Brasil.

Brasil es un país en que la crisis capitalista cayó de lleno, donde las contradicciones de clases estallaron de forma virulenta y la propuesta del Partido de los Trabajadores como planteamiento reformista de integración social de la clase obrera, principalmente de sus sectores más sindicalizados, a través de un planteamiento redistributivo de la renta saltó hecho pedazos ante la presión de los distintos sectores sociales y clases en pugna.

Históricamente en Brasil han coexistido dos grandes fracciones burguesas: una agraria y terrateniente, vinculada con los mercados internacionales y con el capital multinacional y financiero, exportadora, y otra industrial, localizada en torno a la industria pesada y ligera metalúrgicas y transformadoras. Este sector está interesado en crear un mercado interno y ligado a los procesos proteccionista de mercados y alianzas latinoamericanas.

El PT de Lula fue la expresión política de un sector de la clase obrera industrial que a través de la lucha, la concentración obrera, la movilización y la articulación en grandes sindicatos, todo ello en una lucha política dura contra la dictadura militar, fraguó los mecanismos para una alianza precaria de clases a través de la cual este sector de la clase obrera imponía a la burguesía brasileña un pacto cuyo eje principal era el carácter distributivo y la participación en la renta nacional. En un primer momento, el PT tuvo la suficiente fuerza social y autonomía para ejercer una política reformista y pactista que satisfizo a cierto sectores obreros y populares. Consciente los dirigentes petistas de la fuerza de esos sectores combativos de la clase obrera industrial, su propuesta fue la integración de sus dirigentes y estados mayores en la estructura del Estado. Esto a la larga provocó la fusión práctica del aparato político y sindical con las estructuras administrativas del estado y convirtió al obrero en burócrata. Mientras, la crisis del capitalismo estalla con toda virulencia y provoca una enorme crisis en la industria y la economía brasileña. La burguesía presiona al gobierno lulista para bajar los salarios, intensificar la explotación laboral, y reducir los gastos sociales. Los programas asistenciales y sociales sufren un enorme retroceso o simplemente desaparecen; amplios sectores populares se ven arrojados a la pobreza y la precariedad. Esa situación choca de lleno con el modo de vida que habían adquirido los elementos populares incorporados al aparato estatal que adquirieron hábitos de vida y consumo de la alta burguesía. Eso provocó la indignación popular y un proceso de protestas y movilizaciones amplio y profundo. Esto tuvo su punto álgido cuando a Brasil se le adjudica la organización y celebración de la Copa del Mundo de Fútbol en el 2014. Todo un escenario idóneo para la especulación inmobiliaria y de terrenos para el capital financiero e internacional.

Esto provocó el debilitamiento generalizado del gobierno petista y la oportunidad de sectores burgueses de acabar con la propuesta reformista claramente insuficiente para los intereses oligárquicos. El problema para la burguesía brasileña es que la crisis económica derivó en una crisis de dominación y política de representación general. Los partidos políticos tradicionales de las fracciones burguesas y reformistas saltaron por los aires ante los casos recurrentes de corrupción política y económica de sus principales dirigentes y estructuras. La burguesía brasileña no confiaba en el PT pero no tenía proyectos políticos de masas que pudiera encauzar la crisis política hacia los parámetros normalizados de la democracia burguesa. Las pugnas interburguesas estallaron virulentamente y las distintas fracciones intentaron primar únicamente sus intereses. En esta situación la camarilla burocrática militar hizo su aparición y realizó su propuesta política como elemento tan característico de la historia social de Brasil; el cesarismo militar. En momentos de crisis orgánica del estado el aparato militar se postula como el representante nacional y árbitro político para situarse como ejecutor del interés general y nacional por encima de las clases y sus intereses.

La situación política se enquistó, el PT estaba fuertemente adherido al aparato estatal y administrativo y la oligarquía no acababa de consolidar un proyecto político propio, ante esta situación pantanosa, la burguesía movilizó a sus aparatos propagandísticos y medios de comunicación e impuso una agresiva y dura campaña contra la corrupción del gobierno de Dilma. Lo que no podía resolver vía electoral lo quiso hacer mediante la judicialización de la política y la puesta en marcha de una maquinaria de complot y guerra sucia contra el PT. Por esta vía se llegó a la recusación como presidenta de Dilma y la convocatoria de elecciones. Aquí aparece Bolsonaro como figura ajena a los aparatos tradicionales de los partidos burgueses, y con un lenguaje populista, ligado a la moralidad reaccionaria y conservadora de una derecha cristiana y sectaria, apoyado por el dinero de la oligarquía, gana el proceso electoral.

Bolsonaro es el representante político de una fracción de la burguesía ligada al mercado exterior, con enormes vínculos asociados al capital internacional y supeditado enteramente a la pugna del imperialismo yanqui frente a otros capitales como el chino en su penetración en el mercado latinoamericano.

Bolsonaro no forma parte de un proyecto fascista. El “fascismo” viene de “fascio di combatimento”, de escuadras de combate callejero, de masas, contra la clase obrera, organizando cruentos combates de vasto alcance contra los comunistas antes de la toma del poder. No se puede ignorar que el fascismo es “nacional-socialismo”, es decir, primero que nada un nacionalismo exacerbado difícil de encontrar en alguien que se dispone a entregar al capital extranjero las principales empresas del país (Petrobrás y Embraer), ambas de carácter estratégico. Tampoco es conveniente ignorar que es “socialismo”, es decir, la expresión deformada de las inquietudes pequeñoburguesas por el avance del gran capital, lo que supone un refuerzo del rol del Estado en el control de la economía. Perspectiva que, otra vez, contrasta con las ideas de alguien que impuso a un Chicago boy como superministro de economía.

Bolsonaro no es fascista, ni siquiera por su ideología. Eso no significa que no sea peligroso o “progresista” ni nada por el estilo. Significa que quien utiliza “fascismo” como sinónimo de “derecha” o de “autoritarismo” desconoce la riqueza de ideologías y recursos organizativos con que cuenta la burguesía. Que desconoce la panoplia de categorías que el análisis científico de la vida social ha desarrollado y puesto al servicio del análisis concreto de las situaciones concretas.

Bolsonaro expresa al núcleo duro del Estado que ha logrado conquistar por los medios de la democracia burguesa las “partes blandas” (el gobierno). Sin embargo, Bolsonaro no es Pinochet. Para serlo debe desmontar el régimen democrático burgués. Dicho de otro modo, el peligro que se esconde detrás de Bolsonaro es : Una dictadura militar construida desde dentro del régimen democrático-burgués. Pero no todo es tan fácil. El programa de Bolsonaro tiene frente a sí notables obstáculos: no solo que su programa de ataque a las masas en el plano económico ya fue rechazado en las calles cuando Dilma intentó aplicarlo, sino que se va a enfrentar al nacionalismo tecnocrático tradicional de las fuerzas armadas y de otros estamentos del Estado. La asunción de Bolsonaro supone, entonces, un gobierno débil, que probablemente se empantane en un “gradualismo” a la brasileña. De lo contrario se arriesga a una erupción social nunca vista en Brasil (a cuyo proletariado habría que tenerle más confianza) o a un golpe militar.

Bolsonaro, por tanto, es la expresión política de un golpe de estado reaccionario en vías de evolución; un golpe cuyo interés es poner al Estado brasileño al servicio enteramente del capital financiero e imperialista y supeditar la política subimperialista del estado brasileño en América Latina, a los intereses hegemónicos del capital norteamericano. Es el representante del sector exportador y agrario, pero con la debilidad de intentar ampliar el bloque de poder oligárquico a otros sectores burgueses. De momento intenta neutralizar al pueblo y a parte de la clase obrera brasileña por medio de un discurso moralista, apelando a la tradición religiosa y al sentido común elemental y primario, dando pábulo a los instintos más primarios y elementales del pueblo.

La esperanza de la clase obrera de Brasil, del pueblo trabajador en su conjunto pasa por reconstruir un proyecto de clase independiente que rompa completamente con la supeditación política e ideológica al proyecto reformista y pactista del PT. Se puede intervenir en la crisis con otra política: organizar asambleas de obreros ocupados y desocupados para preparar la resistencia, agitar el socialismo para construir el partido revolucionario, activar la movilización contra el proceso reaccionario de Bolsonaro. He aquí una política para una intervención independiente y de clase, absolutamente imprescindible para parar y derrotar a la reacción contrarrevolucionaria en América Latina .

Alexis Dorta