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Hace no muchos meses, a finales de enero de 2015, el diario “El Periódico” publicaba una noticia, firmada por Antonio Baquero, bajo el sugerente título de “Las 7 frases que pueden llevar a Tsipras a ganar las elecciones en Grecia”. No sabemos si por el uso de esas 7 frases o por otras causas, el partido de Tsipras, SYRIZA (Coalición de la Izquierda Radical), ganó las elecciones y, tras pactar con el partido nacionalista de derechas Griegos Independientes (ANEL), puso en marcha un nuevo gobierno de coalición.

 

A estas alturas hay pocas personas interesadas mínimamente en temas políticos que desconozcan lo que ha pasado en estos seis meses en Grecia y cómo Alexis Tsipras ha terminado por lograr en el parlamento griego la aprobación de un durísimo memorándum que incluye subidas del IVA, retrasos en la edad de jubilación y más recortes y privatizaciones que afectarán, sobre todo, a la ya muy golpeada mayoría trabajadora griega.

Hoy, cuando es un hecho constatado que Tsipras organizó un referéndum el pasado día 5 para legitimar ante el pueblo griego un programa de recortes, y de paso legitimarse él, es buen momento para traer a colación aquellas frases que, en su día, quizás valieron para “llevar a Tsipras a ganar las elecciones en Grecia”.

“No hay nada que negociar en torno al memorándum porque no se negocia con el infierno”

Es difícil no soltar una fuerte carcajada cuando hoy se leen cosas como ésta. Pero la lectura actual de esta frase de hace seis meses motiva una reflexión profunda sobre el papel que está jugando la nueva socialdemocracia tan bien encarnada por SYRIZA. El mismo partido que escalaba en la intención de voto en 2012 prometiendo que nacionalizaría el sistema bancario y que aboliría el memorándum y las leyes a él vinculadas, terminaba pidiendo el voto a los diputados y diputadas helenos para, entre otras cosas, privatizar la red eléctrica griega o transformar en beneficio de la patronal la actual legislación laboral. Desde luego son medidas “radicales”, pero no precisamente “de izquierda”.

"Somos como el Barça, jugamos con fantasía".

Ciertamente, SYRIZA ha fantaseado mucho, y especialmente ha jugado con la fantasía, con las ilusiones y con las esperanzas de muchos trabajadores y jóvenes griegos, de jubilados y de funcionarios públicos que querían, que prácticamente necesitaban escuchar que la crisis capitalista, expresada con particular dureza en su país, podía resolverse de un plumazo mediante un simple cambio de gobierno pero sin poner en duda ninguno de los mecanismos que están siendo clave para el estrangulamiento del país, como el mismo euro o la presencia en la Unión Europea.

Una fantasía que incluso algunos miembros de ese partido parecen haberse creído, como Yiannis Milios, jefe del equipo económico de SYRIZA hasta marzo de 2015 y miembro de su Comité Central, que nada más ganar las elecciones decía que el memorándum estaba muerto y que su partido fomentaría, defendería y consolidaría los intereses de la mayoría social. Milios seguramente será uno de los miembros que votó en contra del acuerdo en el Comité Central de SYRIZA en la víspera de la votación parlamentaria del 15 de julio, en uno de los momentos que sin duda pasarán a la historia por ejemplificar el escaso valor de un órgano de dirección en un partido oportunista.

“La democracia significa que cuando algo no funciona se puede cambiar”

Sin duda esta frase la recordó el primer ministro griego cuando decidió, inmediatamente después de la votación parlamentaria, cesar a todos los miembros de su gobierno que habían votado NO al acuerdo, seguramente porque algún sentido del ridículo les quedaba después de haber sido firmes defensores del NO a un acuerdo quizás menos malo, pero igualmente terrorista, escasos días antes para el referéndum del 5 de julio.

Una viñeta humorística de no hace muchos días mostraba a Tsipras junto a Angela Merkel diciendo aquella famosa frase de Groucho Marx “si no le gustan mis principios tengo otros”.

Este nuevo “marxismo”, el de Groucho, no el de Carlos, es quizás lo que explica que, por otra parte, amplios sectores autodenominados “marxistas”, incluso “comunistas”, hayan defendido a capa y espada a SYRIZA y a Tsipras, y que busquen hoy desesperadamente una explicación mínimamente creíble para seguir engañando a quienes no terminan de entender por qué la victoria de SYRIZA no ha traído “la primavera a Europa”, tal como afirmaba que ocurriría Dolors Camats, presidenta de ICV en el acto de presentación de la plataforma de apoyo a SYRIZA el pasado 16 de enero.

"El viento del cambio sopla en Europa, en Grecia se llama Syriza, en España se llama Podemos".

Ciertamente ha soplado el viento en Europa, pero el que señala el invierno y no la primavera. A algún seguidor acérrimo de esa saga que es Juego de Tronos y que tanto gusta a los dirigentes de PODEMOS, se les podría recordar aquello de que “el invierno se acerca”, porque tal es el viento de cambio que ha traído SYRIZA.

A día de hoy quizás ya no sea tan adecuado ponerse tan cerca de Tsipras y su partido como lo era cuando estaban a punto de ganar las elecciones y cuando, ya en el gobierno, mantenían una supuesta firmeza en la negociación con las instituciones acreedoras (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional), aunque luego esa firmeza no fuera tal.

Las justificaciones de por qué Tsipras ha aceptado este acuerdo ya circulan por las redes sociales y los artículos de opinión de la prensa “de izquierda”. Particularmente interesante es la que apunta a que en Grecia se ha producido un “golpe de Estado”, en el que supuestamente los acreedores no han dejado otra salida a Tsipras y le han impuesto todas las condiciones que han querido. Es una idea muy agradable de escuchar para quien pretenda seguir justificando lo injustificable, pero lamentablemente la historia nos indica que los golpes de estado desde fuera suelen suponer la caída del gobierno que los sufre, lo que no pasa en Grecia. ¿Quizás sería más factible la teoría del autogolpe? ¿Tenía Tsipras un plan oculto y era un agente de la Troika camuflado? Es importante no caer en la fantasía y estar más apegados a la realidad de la lucha de clases.

Tsipras y SYRIZA están jugando el papel que la socialdemocracia tiene asignado desde que allá por 1914 se firmaran los créditos de guerra que supusieron la bancarrota de la II Internacional: garantizar la estabilidad del capitalismo en aquellos momentos en que sus mecanismos de funcionamiento, basados en la explotación del hombre por el hombre, rechinan tanto que se corre el riesgo de que la mayoría trabajadora pueda ser consciente de que hay otras alternativas, o de que las cadenas ya son lo único que hay que perder.

Resulta ridículo el debate sobre la subjetividad. ¿A Tsipras le gusta o no le gusta este acuerdo? ¿Le obligan o no le obligan? ¿Esto está planificado desde hace años o ha salido así porque Varoufakis negociaba mal? Todo ello son cuestiones menores realmente, porque los hechos hablan por sí solos, pero seguramente servirán de refugio argumental de quienes siguen sin romper ideológicamente con el capitalismo y peligrosamente se acercan a no querer romper con el capitalismo. Durante varios meses previos a las últimas elecciones griegas, Tsipras dijo por activa y por pasiva que no se planteaba ni una salida del euro ni una ruptura con los mecanismos que hoy encadenan al pueblo griego. También lo dijo con claridad durante todo el proceso que desembocó en la votación del pasado 15 de julio. Pero, además, Varoufakis, que puede convertirse en el nuevo gurú de ciertos sectores, lo que siempre ha propuesto no deja de ser una versión keynesiana, por tanto capitalista, de la salida del euro.

"A partir del próximo lunes no habrá un parado más sin prestación, ni una persona desahuciada, ni un niño sin guardería".

Habrá sin duda quien sitúe a Tsipras y a SYRIZA en el campo de la táctica flexible. Táctica flexible que, como todas las ciencias místicas, no está al alcance de los profanos ni de los burdos materialistas. Nos dirán que todo esto forma parte de una genial táctica, muy impúdicamente señalada incluso como reflejo del pacto Molotov-Ribbentrop, encaminada a un resultado que, sin duda, sacará de la miseria al pueblo griego tras haberlo sometido a uno de los ataques más brutales del último período.

Lamentablemente, nada indica, ni por asomo, que haya atisbo de eso detrás de la aprobación parlamentaria del acuerdo entre Grecia y los acreedores, que ha servido para ilustrar cómo, en las cuestiones esenciales, tanto la nueva socialdemocracia como la vieja “casta”, que aprobó los 2 memorándums anteriores, votan el mismo plan de ataques contra los derechos sociales y laborales. Un “nos han obligado” que recuerda al Zapatero de 2011, y a quien ya entonces no le quisimos comprar ese cuento.

"A partir del lunes acabamos con la humillación nacional y con las órdenes del extranjero".

Los 50.000 millones del acuerdo con los acreedores no van a destinarse a gasto social, ni a prestaciones ni a guarderías, sino a seguir pagando una deuda absoluta y totalmente ilegítima, en la que no hay partes buenas y partes malas, partes que se han de pagar y partes que no. Bien lo han expresado los camaradas del Partido Comunista de Grecia (KKE) al plantear el impago de toda la deuda. No, el acuerdo, como mucho, permitirá que Grecia no se quede con el corralito de manera indefinida pero, al mismo tiempo, implica una privatización brutal de infraestructuras estatales y de servicios públicos.

Los trabajadores de países que hemos sufrido importantes procesos privatizadores en el pasado somos muy conscientes de que ahí radica la solución para nuestra situación: en la gestión privada y capitalista de la sanidad, la energía, las infraestructuras de comunicaciones y telecomunicaciones, etc. ¡Por favor!

A Grecia le están aplicando, de manera brutal y acelerada, los mismos mecanismos que en otros Estados miembro de la UE y del euro se han ejecutado de manera más prolongada pero no menos evidente: la entrada del capital privado, griego o extranjero, da igual, en los sectores que hasta el momento permanecían en manos del Estado, vetados hasta ahora para el proceso de acumulación, concentración y centralización capitalista.

Tsipras, con este acuerdo, no rompe con ninguno de los distintos eslabones de la opresión capitalista, sino que los perfecciona, los legitima y los embellece a los ojos del pueblo trabajador que le apoyó pensando que apoyaba otra cosa.

"La gente por la calle no me pide más clientelismo, no me pide que coloque a sus hijos en un puesto de trabajo, me pide que no traicione nunca las cosas que digo".

No traicionarse a uno mismo es importante cuando se quiere ser el estandarte del “cambio social”. Lamentablemente, tal “cambio social” ya vemos por dónde va en Grecia y por dónde tiene visos de ir en España con quienes hoy dicen que votarían SÍ al acuerdo de Grecia “porque lo ha votado el Parlamento griego” o porque no existe una correlación de fuerzas adecuada que permita otra vía. El problema es que la correlación de fuerzas, desde el momento en que juegas con las cartas marcadas y asumes el escenario que te plantea el enemigo, sin tener planificada ninguna alternativa seria, es un suicidio táctico que luego puedes pintar como quieras, pero donde los que pagan son siempre los mismos. Es decir, pretender “convencer” al Eurogrupo, pensar que vas a cambiar la real-politik de las negociaciones entre hienas simplemente porque crees que la razón y el pueblo están de tu lado,  es de una ingenuidad terrible, aunque quizás lógica si parte del actual vicepresidente del Partido de la Izquierda Europea (PIE), organización que sigue insistiendo en la idea de que la oligarquía debe comprometerse a buscar una “salida social” a la crisis.

En los tiempos que corren, donde lo importante en política parece ser decir cualquier cosa mientras suene bien, resulta especialmente importante la posición firme que ha mantenido el KKE. Esta posición, sin tacticismos innecesarios y basada en un análisis clasista y no idealista de la realidad de Grecia y de los distintos discursos políticos y obediencias de los partidos burgueses, ha llegado a ser criticada y muy incomprendida por diversos sectores “de la izquierda”. Algunos incluso se han permitido el lujo de sugerir a los comunistas griegos qué táctica concreta adoptar en cada momento, pretendiendo dar lecciones a quien está a pie de fábrica y de barrio, a quien sigue organizando incansablemente al pueblo trabajador griego bajo una consigna muy clara: sin engaños y sin atajos.

Es aún probable que en el futuro próximo, cuando SYRIZA y Tsipras se conviertan en innecesarios para la oligarquía, surjan otros actores. Varoufakis parte de una buena posición, tras el ataque de “dignidad” que ha tenido tras su cese, incluso ese famoso “sector de izquierdas” dentro de SYRIZA que pulula entre el troskismo y el maoísmo, incluso otras coaliciones como Antarsya. Hemos sido testigos de que se puede levantar un partido desde el 3% hasta el gobierno en poco tiempo, y no tenemos por qué dudar de que eso se pueda repetir.

La clave de todo este asunto es que el KKE mantiene una posición firme y clasista que no casa con las soluciones inmediatas ni fáciles, pero que tampoco abandona los objetivos inmediatos y la satisfacción de las necesidades más acuciantes de la mayoría trabajadora. El gobierno de SYRIZA-ANEL ha rechazado las múltiples propuestas legislativas, concretas, del KKE en estos seis meses, pero de eso no se ha informado en ningún medio español y ello mantiene la interesada ficción que sostienen algunos acerca de que el KKE sólo propone “el socialismo-comunismo”.

No hay salida fácil para el pueblo griego, como tampoco la hay para el de nuestro país o de cualquier otro país en manos de los capitalistas. Queda la ruptura con la UE y con euro, así como con el resto de herramientas imperialistas ideadas para someter a la clase obrera y a los sectores populares, como la OTAN. Pero esa ruptura no es el Grexit, ni la vuelta a la peseta sin más, entendidos como la desvinculación del euro pero manteniéndose todos los demás parámetros capitalistas. La  desvinculación del euro, de la UE, son pasos que, para tener un verdadero sentido progresista y emancipador, tienen que darse en un proceso de toma del poder por la clase obrera, por quienes generan la riqueza que expolian los capitalistas, por quienes podrían tener sus necesidades absolutamente garantizadas si cambiase el modelo económico y social. Para ello hace falta que la clase obrera esté organizada y no haga caso de los engañaobreros ni los fantasiosos.

Para fantasía, como decía Tsipras, ya tenemos al Barça, ¿no?

Ástor García