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El último año y medio está siendo bastante convulso e interesante en el panorama general de la política española. Día tras día se suceden declaraciones, propuestas pretendidamente innovadoras, salidas de tono varias y debates acalorados en las televisiones, radios y redes sociales que dan una sensación de efervescencia política sin precedentes en los últimos 30 años.

Curiosamente, esta efervescencia es superficial, puesto que ninguna de tales declaraciones, propuestas, salidas de tono o debates aborda los temas de raíz, ni las causas reales de los problemas, sino que nos quiere entretener con debates sobre el diferente color de las hojas de un árbol que lleva podrido muchos años, como es el capitalismo español.

 

La irrupción de nuevas organizaciones políticas, con propuestas viejas que parecen nuevas y con un objetivo declarado como es convertirse en el recambio de los partidos que han apuntalado la dictadura burguesa desde finales de los años 70, ha traído consigo un considerable desarrollo en eso que algunos llaman el “marketing político”, y ciertos cambios en las estrategias de comunicación.

Esta realidad, que no es nueva, parte de la concepción de la política como un espectáculo, de una sociedad en que todo debate político, social o económico está mediatizado por la atención que genera en unos medios de comunicación que, en su inmensa mayoría, están en manos de grandes monopolios. La desbordante atención a los tuits de un concejal madrileño contrasta con el escaso eco mediático de la vergonzosa detención del joven Alfon o con el silencio ante las luchas que se están llevando a cabo en la minería leonesa.

La aparición de fenómenos como las redes sociales, donde el filtro editorial no existe en la misma medida, permite hoy que circule por la red gran cantidad de información, aunque muchas veces se trate de información no contrastada, sensacionalista o, simplemente, falaz y engañosa.

En todo caso, lo que prima en la política española actual es elaborar una “narrativa”, un discurso construido, incluso lo que algunos teóricos del mundo empresarial denominan una “marca personal”, que identifique al político de turno y lo haga amable para las grades masas consumidoras del producto informativo.

Igualmente, gracias a la repetición sistemática, hay determinados términos que se han popularizado, que suenan bien al gran público, o a una parte considerable de él, y que se están instalando en los debates y discusiones de la calle. “Primarias”, “unidad popular”, “confluencia” o “convergencia”, son algunos de ellos. Por cómo este tipo de debates afectan a nuestro entorno, y se encaminan hacia la puesta en duda de nuestros principios organizativos y políticos, es necesario que en las páginas de Unidad y Lucha se reflexione sobre ellos, se sitúen claves para mantener una postura comunista independiente.

Las primarias.

Partidos como Ciudadanos o PODEMOS se han convertido en los abanderados de los procesos de primarias. Han logrado presentarse ante la sociedad como adalides de nuevos mecanismos supuestamente más democráticos y más participativos, acordes con un momento en el que participar se entiende desde la perspectiva de hacer “click” en una página web o mediante el envío de un mensaje de texto.

Ciudadanos, por ejemplo, ha conseguido, gracias a la necesidad de sus votos para asegurar gobiernos del PP en muchas localidades y alguna Comunidad Autónoma, que este partido suscriba declaraciones en el sentido de revisar sus mecanismos internos para elegir a los candidatos mediante primarias, incluso que revise la forma de elegir a sus responsables internos.

Demasiado fácil. Aparte de que, estando a punto de perder importantes plazas, el PP es susceptible de firmar prácticamente lo que sea con tal de seguir manteniendo poder institucional, este tipo de pactos parecen más de cara a la galería que otra cosa.

Las primarias, en todo caso, son una adaptación de los mecanismos internos partidarios al omnipresente marketing político que antes se comentaba, y contrasta con la escasa democracia interna de los sujetos económicos que las promocionan en sus medios de comunicación.

La pregunta fundamental que debemos hacernos es si realmente es tan “democrático” el que un candidato aparezca sistemáticamente en los medios de comunicación de masas y el resto no, y para qué sirve que distintos representantes de un mismo partido político aparezcan públicamente mostrando sus diferencias, que en teoría deben ser sólo de carácter y personalidad dado que los programas se suele entender que se comparten por quienes militan en el mismo proyecto político. ¿O no es así?

Cuando se postulan varios miembros para encabezar una candidatura, y para ello tienen que diferenciarse de otros compañeros y compañeras de partido, lo que en el fondo trasluce es que la política es cuestión de individualidades y no de colectividades, algo que los y las comunistas no compartimos.

Se está incorporando al imaginario de la sociedad, con mucha fuerza, que lo fundamental es elegir a las personas adecuadas, y no a los proyectos adecuados. Como si la corrupción del PP dependiera de quién lo preside. Esta tendencia ya estaba presente en la política burguesa, pero ahora se agudiza hasta límites insospechados.

¿Alguien piensa que Albert Rivera o Pablo Iglesias no serán elegidos candidatos de sus respectivos partidos en los procesos de primarias que se van a celebrar? Es muy difícil que ocurran sorpresas, fundamentalmente porque ambos están permanentemente en los medios de comunicación y se les ha dado una proyección mediática tal que no sólo sus propios militantes, sino el resto de la sociedad, los ve ya como vencedores antes de comenzar ningún proceso. 

¿Quién dudaba de que Iglesias saldría elegido Secretario General de Podemos, o que su equipo sería el que copase la dirección en otoño del año pasado? ¿Quién dudaba, hace poco más de un año, que los candidatos para la lista de ese partido al Parlamento Europeo serían los mismos cinco que Iglesias publicó que había votado tres días antes de que se cerrasen los procesos de votación?

Difícil es que haya democracia cuando las distintas opciones están sometidas a una brutal desigualdad, lo que hace aún más irónico que, además, se favorezca la participación de quien no es miembro del partido correspondiente y, por tanto, desconoce qué hace o qué dice tal o cual candidato en su organización. Este tipo de procesos favorecen al personaje mediático, al que más aparece en los medios burgueses, y adopta cada vez más la apariencia de un caudillismo plebiscitario que tiene muy poco de democrático.

Hay que decir abiertamente que las nuevas tendencias que se están dando en la política española son reaccionarias, individualistas y engañosas. Hemos sido testigos de casos, como el de La Rioja, en que la candidatura electa tras el proceso interno de primarias para las elecciones autonómicas del pasado 24 de mayo, era anulada por supuesto fraude en las votaciones telemáticas y, además, se disolvía la dirección autonómica, encabezada por esos mismos supuestos defraudadores, quienes curiosamente habían expresado sus divergencias con la dirección estatal de PODEMOS.

Este fenómeno demuestra dos cosas: por una parte que los procesos “novedosos” son tanto o más susceptibles de manipulación, dado que no se sabe exactamente quién participa, quién vota o quién es quién; por otro lado, que las primarias valen cuando interesa, y cuando no interesa se prescinde de ellas. Lo mismo que ha hecho el PSOE en otros casos como el de la candidatura autonómica para Madrid.

¿Vamos a seguir dejando que nos engañen y nos vendan motos? ¿Vamos a dejar que se genere un clima social que vea como antidemocrático nuestro método organizativo? Nos importa poco lo que hagan PP, PSOE o el resto de partidos burgueses, pero nosotros tenemos la obligación de poner en valor el centralismo democrático, de dar la batalla ideológica en nuestro entorno sobre lo importante de la militancia diaria, del compromiso con la organización y de la elaboración colectiva de las posiciones políticas, peleando a contracorriente lo que haga falta para no ser presos de discursos vacíos que pretenden legitimar la política del marketing, la elección de responsabilidades por empresas de comunicación.

Ástor García