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El debate (y combate) sobre los modelos organizativos de los partidos políticos y el conjunto de organizaciones políticas y sociales es una cuestión política y teórica, que no sólo afecta a la parte puramente organizativa, sino a todos los aspectos de un proyecto político.

 

Cuando los marxistas-leninistas defendemos la vigencia del centralismo democrático como la mejor herramienta organizativa no es ni mucho menos por dogmatismo (como suelen acusarnos algunos), sino como conclusión de un análisis objetivo de la realidad, tanto histórica como presente.

NO HAY REVOLUCIÓN SIN PARTIDO REVOLUCIONARIO

Por simplificar la cuestión, el análisis histórico demuestra que no ha habido ninguna revolución obrera (o campesina) que haya triunfado y mucho menos se haya consolidado sin una organización de vanguardia de modelo o influencia leninista. Y si ello fue cierto en el pasado, ningún análisis científico de la realidad presente contradice las herramientas político-organizativas que el centralismo democrático proporciona.

Por el contrario, el proceso de concentración del capital financiero en manos de corporaciones transnacionales, el aumento de la capacidad represiva del Estado burgués y su integración en alianzas imperialistas como la OTAN y la Unión Europea; o el control de los medios de comunicación por parte del gran capital (con su permanente influencia ideológica), reafirman la necesidad de contar con una organización fuertemente cohesionada y organizada, con una ideología revolucionaria y una militancia comprometida y combativa para poder enfrentarnos a un enemigo tan poderoso.

Si es que nuestro proyecto político es enfrentarnos y derrotar a dicho enemigo, claro.

Porque la cuestión de fondo es precisamente esa. Existe una relación dialéctica entre los objetivos estratégicos de cualquier proyecto político, el sujeto social a quien se atribuye el protagonismo de la acción política y el modelo de organización que se adopta. Siendo la organización esencialmente un instrumento, para diferentes tareas y para diferentes sujetos la herramienta apropiada ha de ser diferente.

Por ello, el ataque ideológico al Partido Comunista y a la organización sindical es inseparable del ataque contra cualquier aspiración revolucionaria, contra la identidad de la clase obrera y su acción política independiente.

LAS CRÍTICAS AL PARTIDO COMUNISTA COMO MODELO ORGANIZATIVO

Si bien no hay un corpus ideológico claramente definido y estructurado, sí que existe una coherencia ideológica entre todas (o la inmensa mayoría) de las corrientes que niegan el modelo organizativo comunista y aquellas que rechazan el papel de la clase obrera y el objetivo revolucionario.

Estas corrientes no son en realidad ninguna novedad, a pesar de que haya quien pretenda hacerlas pasar por un brillante descubrimiento. Históricamente siempre hubo tendencias del movimiento obrero y popular que, influidas por el anarquismo, el individualismo o el izquierdismo, derivaron en críticas hacia los partidos comunistas y los sindicatos como formas de organización de la clase obrera.

En los años 60 y sobre todo los 70 comienza el auge en ciertos sectores de la izquierda de corrientes como el autonomismo y el movimientismo entre otras, así como de los enfoques postmodernos o de planteamientos teóricos como los de Toni Negri y Michael Hardt, con sus teorías sobre la “multitud” como sujeto político.

El contexto histórico de los años 70 presentaba elementos tanto objetivos como subjetivos que favorecían la aceptación de estas teorías (crisis de sectores tradicionales de la industria y la minería; deslocalización de esos sectores hacia países con mano de obra barata; la llamada tercera revolución industrial y el crecimiento del sector servicios; mejora de las condiciones de vida de parte de la clase obrera lo que conllevó su acomodamiento al sistema capitalista; amplias y fuertes movilizaciones pero que no fueron capaces en muchos casos de plasmarse en victorias políticas del movimiento obrero; pérdida del carácter revolucionario de los partidos comunistas en países como Francia, Italia y posteriormente España; acceso a la educación superior de amplias capas de la juventud popular; auge y radicalización de movimientos sociales como el movimiento estudiantil, movimientos contraculturales, feminismo, ecologismo, pacifismo, movimiento homosexual, movimiento okupa, etc).

En tal contexto se recrudece el ataque ideológico al concepto marxista de clase obrera y su papel revolucionario. Desde teorías sobre la reducción cuantitativa de la clase obrera en la era postfordista o “sociedad de la información” (asimilando de forma errónea al conjunto de la clase obrera con el proletariado industrial) o la invalidez del concepto de clase obrera por la pluralidad de situaciones diferentes entre los trabajadores, hasta críticas por el acomodamiento y consumismo de la clase obrera gracias a las conquistas laborales, sociales y salariales.

Frente a ello, los nuevos sujetos políticos serían “la multitud”, los “movimientos sociales” (como agregado de personas que participan en ellos) o, según se vaya perdiendo el carácter más izquierdista de estas teorías, la “ciudadanía” o la “gente”. La trasposición acientífica de las teorías de los movimientos de liberación nacional (como los movimientos argelino, vietnamita o cubano) será también utilizada por movimientos de izquierda nacionalista como críticas al papel protagonista de la clase obrera frente al concepto de “pueblo”.

Algo similar sucede con el concepto de revolución como toma del poder y construcción de una nueva sociedad. Desde críticas al socialismo real y a la posibilidad de la construcción del socialismo y el comunismo, hasta llegar a la “pluralización” del concepto de revolución, que en la práctica equiparó aspectos parciales como la “revolución sexual”, la “revolución cultural” (no nos referimos al proceso chino, sino al movimiento contracultural occidental), la “revolución ecológica”, etc, con el proceso global y plenamente revolucionario de conquista del poder y construcción del socialismo.

Todo ese amplio, difuso y en muchas ocasiones contradictorio espectro de teorizaciones contra la clase obrera y la revolución dejan de necesitar e incluso se contraponen con las organizaciones históricas de la clase obrera: el partido comunista y los sindicatos. La importancia concedida a muchas cuestiones referidas a la liberación personal fomentó la aparición, en mayor o menor grado, de dosis de individualismo en muchos de esos movimientos, más adaptables a pequeños grupos de afinidad que trabajan sobre cuestiones concretas. Es plenamente lógico que, por ejemplo, el movimiento contracultural, se sienta más cómodo organizado en pequeños grupos de afinidad que crean revistas, radios libres o centros sociales, que aceptando la militancia, disciplina y organización de un partido leninista. Los sindicatos y especialmente los partidos comunistas basados en el centralismo democrático son acusados de burocratismo, dogmatismo y jerarquización.

Pero ¿es posible siquiera imaginarse un proceso revolucionario organizado desde pequeños grupos de afinidad, desde movimientos sociales parciales o desde los herederos directos o indirectos de aquellas teorías como el amorfo y difuso movimiento 15-M o los llamados “partidos abiertos”, expresión tan de moda actualmente?

Obviamente no, y obviamente quienes impulsan esos colectivos o ese tipo de partido (salvo una pequeña minoría que confunde sus deseos con la realidad) ni siquiera se plantean ese objetivo. Asumiendo esos modelos organizativos se renuncia, en la práctica, a cualquier proyecto revolucionario, a enfrentarse al criminal estado burgués, al imperialismo asesino y al explotador poder del capital. A lo máximo que puede aspirar ese tipo de organizaciones es a crear pequeños espacios “liberados”, a victorias parciales de tal o cual movimiento o, en el caso de los partidos “abiertos”, a alcanzar un apoyo social que les permita regatear ciertas migajas con el verdadero poder. El ejemplo de los primeros meses de gobierno de Syriza y sus negociaciones con la Unión Europea y la Troika dan buena prueba de ello.

La falsedad y superficialidad de aquellas críticas que pretendían superar al movimiento obrero y a la ideología comunista queda de manifiesto ante la incapacidad de movilizar masas (salvo en circunstancias muy concretas) y la mayoritaria burocratización e institucionalización de aquellos movimientos que en los 70 se presentaban como radicales, como el feminismo o el ecologismo.

¡Combatiendo a la nueva socialdemocracia!

(Continuará...)

Eloy Baro