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Tanto por la elevada mortalidad como por la sintomatología el ébola ha sido una enfermedad muy temida por los profesionales de la medicina. El primer brote documentado de ébola ocurrió en 1976, simultáneamente en Zaire y Sudán, donde se detectaron 3418 casos y 2830 muertes. Desde el primer caso en 1976, y sin contarlo,  hasta 2013, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha reportado 1.716 casos, todos registrados en el continente africano.

 

Durante este tiempo las investigaciones sobre la enfermedad prácticamente se han restringido a ámbito militar, ya que se considera al virus como un agente bioterrorista de nivel A. Siendo el ejército estadounidense el que más interés y experimentación ha realizado. A nivel médico los avances en cuanto a un método diagnóstico específico, un tratamiento o una vacuna eficaces han sido prácticamente nulos hasta el pasado año,cuando diferentes empresas, vinculadas al ejército estadounidense, han considerado, a raíz del actual brote, sacar a la luz algunas de sus publicaciones.

El actual brote, originado en diciembre de 2013 en Guinea, y extendido posteriormente a Liberia, Sierra Leona, Nigeria, Senegal, Estados Unidos y España. Es hasta la fecha el mayor brote de la historia, según la OMS el 10 de octubre de 2014 se habían registrado 8400 infecciones y 4033 muertes en todo el mundo, ocurriendo la mayoría en los países del África Occidental.

Esto se debe a que la gran mayoría de la población en estos países no posee educación o cobertura sanitaria, salvo aquella que se brinda desde las ONG, por lo que se carece  de las medidas preventivas y de higiene básica. Asimismo los hospitales no poseen equipamientos o profesionales suficientes como para tratar de manera eficaz muchas enfermedades.

Por otra parte, los laboratorios y las empresas farmacéuticas desarrollan una serie de métodos diagnósticos, basados en detección de genes o antígenos específicos del virus, y un tratamiento el ZMapp, 3 anticuerpos contra el virus desarrollado inicialmente para el ejército estadunidense  que suponen un coste de varios miles de dólares. Así pues la actuación clínica necesaria para poder garantizar la máxima supervivencia de los pacientes, un rápido diagnóstico y una rápida aplicación del tratamiento, queda restringida a países o personas con un elevado nivel adquisitivo que pueda permitirse costearlo.

La enfermedad ha suscitado estos meses una preocupación creciente en la mayoría de la población a nivel internacional. Los medios de comunicación han empleado gran parte de su cuota informativa en transmitir a la población unos datos alarmantes contribuyendo a crear un clima de pánico general. En España esto se ha acrecentado desde el caso de contagio a la auxiliar de enfermería Teresa Romero.

Cabe destacar que este nivel de alarma social se da cuando los laboratorios farmacéuticos compiten a marchas forzadas por elaborar una vacuna eficaz contra el Ébola. Caso similar al del virus de la gripe H1N1 o gripe A en el 2009 donde se generó una alarma sanitaria para garantizar el éxito de la comercialización del tratamiento de la gripe y la posterior vacuna.

A día de hoy los presupuestos para el desarrollo y compra de los tratamientos y vacunas se están disparando en la UE y EEUU mientras que los medios para paliar la crisis sanitaria en África oriental son irrisorios o directamente se dejan en manos  de las ONGs. Solo países con una profunda tradición internacionalista y de solidaridad, como Cuba, prestan ayuda de forma desinteresada enviando a centenares de profesionales sanitarios para poner fin a esta epidemia en el punto donde se originó.

El actual modelo sanitario se rige por criterios de eficiencia económica y eso nos lleva muchas veces a observar difíciles dramas humanos; enfermedades tratables como la malaria y la tuberculosis matan a millones de personas anualmente sin que los medios de comunicación pongan el grito en el cielo.

En España la actual crisis del sistema capitalista ha destruido lo poco que quedaba de “la sociedad del bienestar” en materia sanitaria. Profesionales sobresaturados de pacientes, con medios obsoletos son obligados a trabajar una cantidad ingente de horas, dejando el bienestar del paciente en segundo plano. En este estado es imposible pensar que una epidemia pueda ser controlada con todas las garantías. Cada día se hace más evidente la necesidad de un cambio en el sistema socioeconómico que garantice un servicio sanitario al servicio de la población.

Pau Román