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Continuamente hablamos del capitalismo, en general, y de su proceso de acumulación, en particular. Pero nunca nos detenemos a reflexionar sobre la acumulación en sí. Hoy lo haremos de la mano de Marx.

Inmediatamente surge una pregunta. La acumulación ¿es consecuencia del propio capitalismo? Marx responde con rotundidad: no, la acumulación es el punto de partida del capitalismo; constituye eso que él llama la “acumulación originaria”.

 

El modo de producción capitalista tiene, como el resto de los modos de producción, un carácter histórico y una forma concreta de nacimiento y desarrollo. Surgió en Europa, de las entrañas del modo de producción feudal, viniendo a revolucionar las fuerzas productivas y las relaciones de producción.

El dinero y las mercancías existían desde antiguo y no por eso constituían capital ni existía el capitalismo. Para su conversión en capital era imprescindible, por un parte, la existencia de propietarios de medios de producción y, por otra, la de una masa a la que se desposeía de ellos y que, en consecuencia, necesitaba vender su fuerza de trabajo para vivir.

Marx lo resume así: “la llamada acumulación originaria no es otra cosa que el proceso histórico de disociación entre el productor y los medios de producción. Se presenta como <originario> porque constituye la prehistoria del capital y de su modo de producción correspondiente”.

Lo que hace Marx en el famoso capítulo XXIV del libro (de donde están extraídas todas las citas) es explicar cómo se desarrolló ese proceso. Marx ilustra todo este complejo y largo proceso tomando como ejemplo Inglaterra, por ser el lugar donde más rápido y completamente se produjo esta transformación.

Resumamos su argumentación.

El punto de partida para el surgimiento del capitalista y el obrero fue la servidumbre de este último. Si su continuación fue un cambio en la forma del sojuzgamiento, transformando la propiedad feudal en capitalista, la base del proceso radica en la expropiación de las tierras del “productor rural”.

Hay dos factores que impulsaron esta “expropiación”. Por un lado, la disminución de las rentas feudales reforzó la opresión señorial sobre el campesinado inglés que, saturado de deudas, se vio obligado (quien aún tenía tierras) a malvender su escasa parcela a su señor. Por otro lado, la competencia de las manufacturas laneras de Flandes impulsó a la terratenencia inglesa a acelerar el proceso de conversión de las tierras agrícolas en tierras de pastos para las ovejas, como forma de impulsar la industria lanera inglesa.

“El saqueo de los bienes eclesiásticos, la fraudulenta enajenación de los dominios públicos, el robo de la propiedad comunal, la transformación usurpadora, efectuada con un despiadado terrorismo, de la propiedad feudal y de clanes en moderna propiedad privada fueron otros tantos métodos idílicos de la acumulación originaria”.

El resultado fue la expropiación de enormes masas de tierras campesinas, la apropiación de las tierras comunales (de las cuales el campesinado era copropietario legal) mediante las Bill for Inclosures of Commons (Leyes para el cercado de las tierras comunales) y la creación de una masa gigantesca de hombres y mujeres desposeídos “libres” para vender su fuerza de trabajo al mejor postor.

Toda aquella población campesina expropiada que el capitalismo naciente no podía absorber se convirtió en un “ejército industrial de reserva” siempre disponible para las propias manufacturas inglesas. Convirtiéndose en el mejor elemento “disciplinador” sobre el comportamiento de la fuerza de trabajo posible.

El proceso de formación del capitalismo esbozado para Inglaterra es trasladable, mutatis mutandis, al conjunto de la Europa occidental. Allí donde el desarrollo de las fuerzas productivas, en el seno del modo de producción feudal, había alcanzado su máximo posible, las relaciones de producción se convirtieron en una traba para ese desarrollo y acaban por cuestionar la existencia del propio modo de producción.

La burguesía jugaba, en aquel entonces, un papel históricamente revolucionario pues era portadora de un nuevo modo de producción, el capitalista, que superaba los límites del antiguo. Consciente de sus intereses como clase, la burguesía no dudó, como demuestra Marx, en utilizar todos los recursos en su mano para romper la barrera al desarrollo histórico en que se había convertido el feudalismo.

Hoy, el capitalismo ha alcanzado su límite histórico y él mismo se ha convertido en una barrera a derrumbar por la única clase ahora netamente revolucionaria: la clase obrera.