Después de más de ochenta años del final de la Guerra Civil y cuarenta y cinco desde la muerte del sanguinario dictador Francisco Franco, la verdadera asignatura  pendiente de este periodo llamado democrático sigue siendo la elaboración de una Ley de Memoria Histórica digna de ese nombre. Es decir, una Memoria Histórica entendida como continuidad de un pueblo a través de las diferentes etapas históricas del desarrollo de la lucha de clases. Porque en realidad existen dos clases de memoria histórica: la Memoria Histórica de los pueblos y su clase obrera y la memoria histórica de las clases dominantes. Hasta ahora han sido estas últimas las que, defendiendo sus intereses y en estrecha colaboración con los partidos que gestaron la Transición, han impuesto el silencio y el olvido a las exigencias populares de verdad, justicia y reparación del periodo surgido del golpe de Estado fascista de 1936 y de la derrota de la Segunda República.

El 20 de junio de 1791 los reyes de Francia, el Borbón Luis XVI y María Antonieta, la archiduquesa de Austria, huyeron de un París revolucionario disfrazados de familia aristocrática rusa. Una huida planeada y organizada por el amante de la reina, el conde sueco Hans Axel de Fersen. Con tan mala fortuna para tan refinados prófugos, que la infructuosa fuga sólo sirvió para exacerbar el ardor revolucionario de los sans-culotte (las clases populares) y para, en 1793, decapitarlos en medio de una gran fiesta popular en la Plaza de la Revolución. Cumpliéndose así la marcha inexorable de la rueda de la Historia. En este caso, el paso de la sociedad feudal a la sociedad burguesa, representada en la implantación de su República.

En el último plano de la película “El Gatopardo” (1969) de Luchino Visconti (1906-1976), el príncipe Salina desaparece en las sombras de un lúgubre callejón, abandonando así el escenario de la vida, que será dominado a partir de entonces no por gatopardos sino por hienas y chacales. Es el Risorgimento italiano en la Sicilia del siglo XIX, donde la burguesía toma el poder y el representante de la aristocracia decadente transige, no sólo porque se siente envejecer, sino porque es consciente de que su tiempo, su época, se acaba.

Más de 750.000 contagiados por Covid-19; 41.000 fallecidos (en gran parte negros e inmigrantes latinos); 23 millones de parados en un mes sin apenas derecho al paro; carencia acuciante de hospitales públicos, médicos, enfermeras y material sanitario; 30 millones de personas sin seguridad social; atenciones médicas en clínicas privadas a precios descomunales; centenas de cadáveres no identificados o sin una familia que los reclame enterrados en fosas comunes en la neoyorquina isla de Hart.

Cuando María Isabel Luisa de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, más conocida en su casa a la hora de comer como Isabel II de España, tomó las de Villadiego y se exilió en París en 1868 forzada por una “Revolución Gloriosa” cansada de corrupción, desigualdad social, vacío de poder y otros delirios lujuriosos de su graciosísima majestad, empezó en España, entre el himno de Riego y los gritos de ¡Mueran los Borbones!, el primer intento del capitalismo hispano por dotarse de un régimen político democrático.

¡Huy, yu, yui! todo lo que íbamos a ver cuando llegara Unidas Podemos al codiciado poder. Iba a ser la hostia, lo nunca visto. Por fin la maldita “casta”, tan vilipendiada por los chicos del 15M, sería historia del pasado, y estos insurrectos prestos a comerse el mundo en 2011 asaltarían cielos y tutti quanti. La expectación era enorme, pero la prudencia se imponía esperando los frutos de los acuerdos entre “las organizaciones de izquierdas”. Fueron días de auténtica zozobra.

 

Los listillos de nuestros días, esos que dicen estar de vuelta del sitio al que nunca fueron: renegados, oportunistas, reformistas y socialdemócratas de todo tipo, deben comerse las uñas cada vez que vean, oigan o lean lo que está sucediendo en el país vecino desde hace 47 días cuando redacto estas líneas. Una huelga interprofesional indefinida contra la contrarreforma de las pensiones presentada por el gobierno neoliberal de Emmanuel Macron que rompe esquemas preestablecidos. Los de los consensos, pactos y demás triquiñuelas para preservar la “paz social”.

Han pasado tres años ya desde que el 30 de noviembre de 2016 emprendieras un viaje en sentido inverso al que, en enero de 1959, hizo la “Caravana de la Libertad” trayéndonos tu Revolución victoriosa hasta La Habana. Hace ahora 61 años. Un recorrido de unos 1000 kilómetros de distancia entre la capital habanera y Santiago de Cuba, en el que miles de cubanos/as y revolucionarios/as del mundo entero te acompañamos conmovidos/as hasta tu última morada en el cementerio de Santa Ifigenia, donde una sobria y sólida roca recuperada de la mítica Sierra Maestra, y presidida por una sencilla placa de color verde olivo con tu nombre, guarda tus cenizas para la eternidad. Un lugar y una tumba cerca del mausoleo del héroe nacional cubano José Martí, que, con esmero, escogiste tú cuando caíste gravemente enfermo en 2006.

Nada de marear la perdiz. Directo y al grano. Durante muchos años (lustros que parecían siglos) yo desee la peor muerte para el rollizo dictador de voz atiplada; sí, para el que llaman todavía caudillo de España por la graciosa voluntad de un dios particular. La misma deidad y el mismo cabecilla que muchos/as fascistas vindican hoy con impasible ademán. En concreto yo ansié aquel óbito que tanto se hacía esperar desde que por genes y enseñanzas paternas se me abrieron puertas y ventanas por donde poder arrojar miedos, ignorancias y absurdas supersticiones castradoras. Fue a partir de entonces cuando comenzó para mí el principio del fin del túnel.