La situación de Pandemia ha puesto de relieve la crisis estructural del capitalismo en todo el mundo. En los estados “del bienestar” europeos, si lo miramos con perspectiva, éstos sólo han “funcionado” durante tres o cuatro décadas y, en el caso de España, ni siquiera eso.

Desde la última década del s.XX los partidos de extrema derecha han ido creciendo y desarrollándose en la Unión Europea, proporcionalmente al desmantelamiento de los servicios públicos, al retroceso de derechos en sus países miembros y al cierre de sus fronteras con consecuencias tan bárbaras como la transformación del Mar Mediterráneo en un cementerio. Y la doble moral europea se atreve a criticar las políticas de Trump con la inmigración en EEUU y a presentarlo como una opción de gobierno perjudicial para el mundo.

 

Créanme, no pensaba yo que fuésemos tantos/as en este jodido país. ¡Qué va! Ni siquiera en aquellos días eufóricos que significaron la muerte del sanguinario dictador lo hubiera podido imaginar. “26 millones de rojos”. ¡Manda huevos!, y yo como un mentecato sin coscarme. No tengo perdón de Dios. Vaya, ya se me coló este. Millones de rojos/as malos/as paseando por las calles de la sempiterna “Hispania grande y libre”, así, como si ná. ¡Qué barbaridad!, y nosotros/as, cada mes que pasa, desde estas modestas páginas rebuscando militantes. ¡Hay que ver, dónde tendremos la cabeza! Pero bueno, si estos malditos bastardos (¿todos militares retirados?) lo afirman con tanta mala leche castrense, pues ¡cojones!, sus razones tendrán. ¿No les parece? Aunque vaya usted a saber, de esa gentuza se puede esperar todo. Incluso que no sean todos ellos militares inactivos como nos repiten los medios de desinformación burgueses y que el execrable huevo de la serpiente esté en gestación. Cosa que agravaría considerablemente el tema, pues las pretensiones de estos pirados salvapatrias son las de dar golpes de Estado y como en los tiempos de su añorado “irrepetible”, fusilar a todos/as los/as que ellos consideren rojos/as malos/as. “Hay que fusilar a todos esos hijos de puta con 26 millones de balas”, vomitaban en las redes sociales altos mandos militares fascistas el pasado mes de diciembre; al tiempo que otros energúmenos galoneados de “La XIX del Aire” aseguraban que “hay que extirpar el cáncer”, refiriéndose al gobierno, según ellos, “social-comunista”.

No escribo esta crónica para iniciados/as. Nosotras y nosotros conocemos ya el grotesco espectáculo que son las elecciones presidenciales yanquis, eso que los enajenantes medios de desinformación burgueses llaman con cinismo la “especificidad de la democracia norteamericana”. Escribo por tanto esta terapéutica y fogosa invectiva, primero para arrojar de mí las nocivas dosis de banalidades y memeces recibidas de la televisión hispana (pública y privada) durante la campaña electoral en casa del Tío Sam, y a continuación y sobre todo, para agitar las conciencias de quienes aún enarbolan la presunta ejemplaridad de los comicios “made in USA”.

Ceremonia esperpéntica

Desde que en 1620 el barco Mayflower con 102 pasajeros a bordo pertenecientes a una secta religiosa llamada “Los peregrinos” zarpara del puerto inglés de Plymouth hasta las costas del Estado de Massachusetts, el clamoroso “sueño americano”, el mito de la tierra prometida que deslumbró a millones de personas de todo el mundo haciéndoles creer que en esos territorios del norte de América hallarían una vida mejor, no ha hecho más  que desmerengarse con el paso del tiempo. Hasta el punto de que son pocos hoy los que siguen creyendo en aquella ilusa entelequia, y muchos, sin embargo, los que sufren cruelmente las terribles consecuencias de aquella rentable falacia. Una mentira que acarreaba en sus entrañas la mezquina doctrina de que la iniciativa individual puede conseguirlo todo con sólo proponérselo, y sobre la que se izó toda la mitología triunfadora de la nación yanqui. Y aquel invento funcionó su tiempo. Millones de personas de numerosos países, empujadas por la miseria, los desastres de las guerras y el fascismo, migraron durante los siglos XIX y mitad del XX a un inmenso país y a un sistema capitalista que, después del implacable genocidio indio, precisaba mano de obra para desarrollarse. Después, ya en el paraíso anhelado, el embrujo se esfumaba y la ley del más fuerte golpeaba a los pobres de la tierra. Y así hasta nuestros días.

Después de más de ochenta años del final de la Guerra Civil y cuarenta y cinco desde la muerte del sanguinario dictador Francisco Franco, la verdadera asignatura  pendiente de este periodo llamado democrático sigue siendo la elaboración de una Ley de Memoria Histórica digna de ese nombre. Es decir, una Memoria Histórica entendida como continuidad de un pueblo a través de las diferentes etapas históricas del desarrollo de la lucha de clases. Porque en realidad existen dos clases de memoria histórica: la Memoria Histórica de los pueblos y su clase obrera y la memoria histórica de las clases dominantes. Hasta ahora han sido estas últimas las que, defendiendo sus intereses y en estrecha colaboración con los partidos que gestaron la Transición, han impuesto el silencio y el olvido a las exigencias populares de verdad, justicia y reparación del periodo surgido del golpe de Estado fascista de 1936 y de la derrota de la Segunda República.

El 20 de junio de 1791 los reyes de Francia, el Borbón Luis XVI y María Antonieta, la archiduquesa de Austria, huyeron de un París revolucionario disfrazados de familia aristocrática rusa. Una huida planeada y organizada por el amante de la reina, el conde sueco Hans Axel de Fersen. Con tan mala fortuna para tan refinados prófugos, que la infructuosa fuga sólo sirvió para exacerbar el ardor revolucionario de los sans-culotte (las clases populares) y para, en 1793, decapitarlos en medio de una gran fiesta popular en la Plaza de la Revolución. Cumpliéndose así la marcha inexorable de la rueda de la Historia. En este caso, el paso de la sociedad feudal a la sociedad burguesa, representada en la implantación de su República.

En el último plano de la película “El Gatopardo” (1969) de Luchino Visconti (1906-1976), el príncipe Salina desaparece en las sombras de un lúgubre callejón, abandonando así el escenario de la vida, que será dominado a partir de entonces no por gatopardos sino por hienas y chacales. Es el Risorgimento italiano en la Sicilia del siglo XIX, donde la burguesía toma el poder y el representante de la aristocracia decadente transige, no sólo porque se siente envejecer, sino porque es consciente de que su tiempo, su época, se acaba.

Más de 750.000 contagiados por Covid-19; 41.000 fallecidos (en gran parte negros e inmigrantes latinos); 23 millones de parados en un mes sin apenas derecho al paro; carencia acuciante de hospitales públicos, médicos, enfermeras y material sanitario; 30 millones de personas sin seguridad social; atenciones médicas en clínicas privadas a precios descomunales; centenas de cadáveres no identificados o sin una familia que los reclame enterrados en fosas comunes en la neoyorquina isla de Hart.

Cuando María Isabel Luisa de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, más conocida en su casa a la hora de comer como Isabel II de España, tomó las de Villadiego y se exilió en París en 1868 forzada por una “Revolución Gloriosa” cansada de corrupción, desigualdad social, vacío de poder y otros delirios lujuriosos de su graciosísima majestad, empezó en España, entre el himno de Riego y los gritos de ¡Mueran los Borbones!, el primer intento del capitalismo hispano por dotarse de un régimen político democrático.